La Iglesia frente a los abusos a menores

La semana pasada se conocía la detención de tres sacerdotes y un laico en Granada por presuntos abusos sexuales a menores. Todos ellos pertenecían al clan de Los Romanones, un grupo de una docena de personas a las que un antiguo monaguillo denunció mediante una carta al Papa Francisco. Este caso ha reabierto el debate sobre el alcance de los casos de pederastia en la Iglesia española y la reacción de la institución ante ellos. Esta semana cuatro púgiles intercambian sus golpes a propósito de los abusos sexuales a menores cometidos por religiosos.

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Delitos, no pecados

Rafael Soto Guarde

Más allá de la falta de pudor eclesiástico, del juicio paralelo que ningunea la presunción de inocencia o de la posible verdad que arrastran palabras ajenas, es evidente que la realidad sexual y psicosocial de estas víctimas de la fe pide a gritos ser examinada rigurosamente. Y es igual de obvio que la tan necesaria solución no puede llegar si desde la Congregación para la Doctrina de esa misma Fe, instalada en una realidad “conspiranoica” muy conveniente, se apuesta por armar una defensa sibilina de su integridad moral.

Se supone que esas personas humildes y cercanas se presentan como guías espirituales, la luz que ilumina el mundo, aquellos que propagan el mensaje del hijo de Dios y, a su vez, se les supone humanos y, por tanto, con habilidad para errar. Pero claro, hablamos de sanadores espirituales, de pescadores de almas, de aquellos que abren su casa al perdón y a la misericordia. ¿No es, por ello, su equivocación más trascendental? ¿No es esa traición reiterada al mensaje divino lo suficientemente importante como para que los que se nombran responsables de ese religioso que ha “pecado” actúen desde el análisis, la compresión y el cambio y no solo desde el perdón?

La Autoridad eclesiástica prescribía, con su legislación canónica bajo el brazo, los asuntos que debían ser barridos en casa y aquellos que podían ser aireados, y, por lo tanto, establecía que la justicia civil que protege la dignidad humana y los derechos fundamentales no era ni universal ni prioritaria. De ese modo, el delito se escondía bajo toneladas de faldas púrpuras y escarlatas hasta asfixiarlo. Ratzinger, por cuestiones de guión, rasgó suavemente esa aberrante ley vaticana del silencio, pero lo hizo reescribiendo ese mismo texto, lo que coartaba cierta creatividad. Y ahora Don Francisco le ha dado cuerpo a esa ruptura, instando a una supuesta víctima a que denunciase a sus supuestos agresores ante el obispo y ante esa misma justicia civil que su Iglesia lleva maniatando centurias.

Y entonces volvemos al jaleo. A esa mezcla del bravo a Francisco, argentino desaparecido, y del mea culpa tardío de la Iglesia española, única e indivisible. Volvemos a ese españolismo de caspa y bandera, a ese españolismo de orgullo ignorante y represalia que se viste de mona, luciendo sotana, uniforme militar o cargo político, y que nos sigue perturbando y manchando. Ese perfil rancio al que debemos agradecer que nuestras manos sigan doliendo, que sigan anhelando puños cerrados en caras ajenas y que sigan recordándonos que no solo la fe mueve montañas.

Y al final de todo este encontronazo entre medios e infelices, la noticia se vuelve anécdota, terrible y desamparada, y el vocero papista se vuelve más grande y más blanco.

Dolor y miedo

José Luis Loriente Pardillo *

Al final de su vida, el cardenal Tarancón expresaba su pesar por los casos de corrupción política del momento. A los pocos días, un dirigente del Gobierno espetaba que una institución que había colaborado con el franquismo no tenía nada que reprochar a los políticos actuales. Algo parecido podría pasar hoy: si la Iglesia –los obispos, en este caso– reaccionaran con contundencia contra el grave escándalo de la corrupción, no faltaría quien, en ese momento, le echase en cara los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes o religiosos que tristemente jalonan la actualidad informativa.

Escribo desde el más hondo dolor y pesar, alternados con el miedo. No tengo vergüenza en confesarlo. Todo este asunto ha determinado muchas veces mi actividad pastoral y la de muchos de mis compañeros. Hoy en día me replanteo cada acción pastoral con niños y jóvenes con suma prudencia. Jamás confieso a un niño en la sacristía de la iglesia y en la capilla del cole dejo siempre las puertas abiertas. No suelo tener con ellos gestos de cercanía y siempre les doy la mano, como a los adultos… No quiero ningún malentendido.

No tengo palabras para calificar un abuso, pero sé que airear estos escándalos suscita oscuras ganancias ideológicas y que, además, hagamos lo que hagamos, siempre habrá alguien que estará dispuesto a retorcer el argumento para nuestro desprestigio. No puedo pedir otra cosa que mano dura, aunque siempre se me plantea el problema de conciencia de la presunción de inocencia y la difusión de posibles falsas acusaciones. La Iglesia y la Justicia tienen que coordinarse bien en estos casos y tener protocolos de actuación muy claros y públicos en la medida en que las investigaciones judiciales lo permitan. Una vez confirmado el daño, a la sentencia civil debe seguirle siempre el más alto repudio religioso.

* José Luis Loriente Pardillo es sacerdote de la Diócesis de Alcalá

Obviedades, certezas e interpretaciones sobre la pederastia

Javier Moya G.

Voy a empezar por lo obvio: el abuso de menores es uno de los crímenes más despreciables de cuantos existen. No sólo por lo que tiene de asqueroso el propio acto en sí; también porque implica que alguien en una posición de fuerza con respecto a otro (menor de edad) se aprovecha de ella para infligir a su víctima un daño físico y, sobre todo, moral. Por eso, no es raro que esos crímenes nunca salgan a la luz o lo hagan cuando ya han pasado demasiados años y la víctima ha conseguido sacar fuerzas para denunciarlo.

A tenor de los muchos casos que han salido a la luz en varios rincones del mundo, parece que algunos miembros de la Iglesia Católica se aprovecharon de su posición de autoridad y de la cercanía a los menores que les proporciona su cargo para cometer este crimen. Parece también que estos casos -que en un primer momento fueron fáciles de tapar, usando la estrategia de invisibilizar a las víctimas- fueron silenciados para que lo que había pasado en el seno de la Iglesia, no saliera de ella.

No creo que la pederastia en la Iglesia Católica sea algo generalizado, pero tiene toda la pinta de que lo que conocemos es sólo la punta del iceberg. Ésa que ha salido a flote cuando era imposible seguir silenciando a las víctimas y trasladando o retirando (en el mejor de los casos) a los criminales. Según el investigador Pepe Rodríguez, en 1995 de una muestra de 354 clérigos españoles el 7 % habría cometido abusos graves contra menores.

A mí, que lo veo desde fuera, me indigna la tibieza de la Iglesia Católica con los pederastas. Pero imagino que a millones de fieles, esos que la consideran su iglesia, les debe de hervir la sangre. Porque apartar a quienes han cometido abusos no es suficiente. No lo es porque lo han hecho amparados en la institución a la que representaban, y esa institución es la que debería poner todos los medios a su alcance para que los culpables paguen su crimen. Y no esperar a que las víctimas pongan la otra mejilla.

Ratzinger y Bergoglio no miraron para otro lado

Miguel Ángel Malavia

Evidentemente, los abusos sexuales a menores han existido desde siempre en la Iglesia. Como en la educación, en la sanidad… En definitiva, como en toda institución sostenida por seres humanos. Dicho esto, nadie puede negar que en los últimos años ha llegado la respuesta rigurosa y estructurada desde la Iglesia para combatir esta lacra inmunda, liderando dicha acción los dos últimos Papas. Ratzinger impulsó la tolerancia cero, acabó con la práctica vergonzante de ocultar los casos registrados y se reunió en numerosas ocasiones con víctimas para pedirles perdón por este crimen. Con Bergoglio se ha ido un paso más allá: se han creado departamentos vaticanos que están asumiendo esta lucha a tiempo completo y se está ahondando en el necesario trabajo en la prevención.

Todo paso se da ya desde la transparencia: ahora, como hemos visto con los lamentables hechos acontecidos en Granada, se puede producir un hecho ilusionante: una víctima escribe al Papa y este, tras horrorizarse con su testimonio, le llama por teléfono, le ofrece el consuelo de un pastor, le pide perdón en nombre de la Iglesia y le anima a que denuncie los hechos ante la Justicia y ante el propio obispo. Para asegurarse de que hay una respuesta real, al momento, es el propio Papa el que llama al obispo y le reclama que tamaña abominación no quede sin ser saldada con la justa reparación de la dignidad mancillada.

En mi opinión, el reto está ahora en el pueblo llano creyente que puebla las parroquias y comunidades. Los tiempos en que un cura o religioso pedófilo era trasladado a otro ámbito eclesial para que no se enteraran los fieles de lo ocurrido y así “se evitara el escándalo”, ya están felizmente superados. Para los Papas. Y para muchos cardenales, obispos y superiores de congregaciones religiosas. Pero no por todos. Aún quedan temerosos que olvidan que a veces la gran injusticia está en una omisión. Olvidémonos del escándalo. Este será sangrante cuando se comprueben casos recientes y se observen no ya los crímenes, sino los ocultamientos. Esto va por todos: empezando por los fieles.

No es tiempo de cacerías ni de estigmatizaciones. Sí de denuncias claras de los indicios turbios.

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3 pensamientos en “La Iglesia frente a los abusos a menores

  1. Borja, eres libre de manifestarte con tanta visceralidad y tachar de “lamentable, patética, descorazonadora o cruel” la acción de la Iglesia frente a los abusos, pero te invito a que seas más justo y hagas el esfuerzo de analizar los hechos como son: las cosas han cambiado, y mucho. Con Francisco… y con Benedicto XVI, que asumió con un gran coraje esta lacra y puso en marcha una respuesta organizada. Te animo también a que te leas su Carta a los Católicos de Irlanda. Como mínimo, te hará ver que no miró para otro lado… En absoluto.

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    • Reconozco que las cosas están cambiando, pero la ignominia de décadas y décadas no se borra tan fácilmente. Esto es como si felicitasemos a la Policía por dejar de hacer la vista gorda con los violadores. Además está la cultura estructural de celibato y represión sexual, hasta que eso no cambie, el tema de la pedofilia en la Iglesia no va a poder ser erradicado.

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  2. Dejando a un lado la perogrullada de que evidentemente no todos los curas son pederastas, resulta más que sorprendente la ingente cantidad de pederastas que al mismo tiempo son curas.

    Así, por un lado, cabe plantearse qué fue primero, si la gallina o el huevo. Puede que haya un poco de todo, si bien personalmente me inclino a pensar que la pederastia se desarrolla una vez el seminarista ingresa en la Iglesia Católica, aunque tampoco es descartable que haya pederastas que elijan la profesión de cura, como cualquier otra que posibilita un frecuente contacto con menores por razones profesionales.

    En segundo lugar, es necesario preguntarse las razones por las cuales el porcentaje de pederastas se dispara entre los prelados, en comparación con cualquier otra profesión. En fin, mire usted, dudo de que en el sector de los ultra-congelados haya tantos pederastas como en la Iglesia. Los motivos a mi juicio son evidentes: ese muy católico mix que combina homofobia, represión sexual y celibato. Dicho coctel explosivo es el caldo de cultivo perfecto para que muchos curas se conviertan en deplorables depredadores sexuales. Sería interesante conocer cuántos curas pederastas hay entre los pastores protestantes.

    Finalmente, la actitud de la Iglesia Católica, pues no sé, lamentable, patética, descorazonadora, cruel, elija usted el epíteto que más le convenga. Cabe preguntarse en primer lugar cuántos curas pederastas están en el maco en estos momentos. Lamentablemente, menos de los que debieran, si es que hay alguno, por el comportamiento de la Jerarquía Eclesiástica firmemente oscurantista durante décadas y décadas.

    Las cosas están cambiando con el actual Papa, afortunadamente. Veremos lo que sucede en el futuro y si realmente los curas pederastas acaban con sus huesos en el trullo (lo mismo que pediríamos para cualquier pederasta sin alzacuellos), denunciados por sus propios jefes y apartados de toda función eclesial.

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