¿Cambiará algo en el fútbol español?

Han pasado dos semanas de la muerte de Francisco Romero Taboada, Jimmy, en una pelea entre ultras del Deportivo y del Atlético de Madrid. Dos jornadas en las que medidas de seguridad, sanciones, expulsiones e insultos han tenido más cobertura mediática que lo acontecido en el césped. La Liga de Fútbol Profesional está decidida a erradicar la violencia del fútbol y ha anunciado sanciones para los clubes en cuyos estadios se escuchen insultos. Esta semana, tres púgiles se suben al cuadrilátero para debatir el fenómeno ultra y la violencia en las gradas.

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Fútbol como excusa

Mauro Picatoste

Sporting-Levante de la temporada 2010-2011. Caicedo, ecuatoriano y negro como el tizón, adelantaba a los granotas. Era uno de mis primeros partidos a pie de campo y, a mi espalda, unas voces infantiles se desgarraban al grito de “¡mono de mierda! ¡Puto negro!”. Eran chavales de menos de 13 años. Desde ese día no he dejado de ver insultos, amenazas y animaladas en todos los estadios.

Y es que el fútbol se ha convertido en excusa para todo. Hasta para quitarle la vida al que no comparte colores o ideología. Aglutina a la sociedad para desfogarse de la crueldad vital. En el fútbol se llaman ultras; supuestos amantes de un escudo dispuestos a matarse entre ellos. Esa es la punta de una pirámide que en su base soporta el supuesto derecho del que acude a un campo para comportarse como le da la gana. Ahí es donde germina la violencia.

En Inglaterra, los hooligans camparon a sus anchas hasta que ocurrió la tragedia; hoy, los estadios británicos suelen ser ejemplo. Y ahora le toca a la LFP, que, tarde y mal, saca la vara para despellejar al que se salga del camino con medidas exageradas y de condicionantes subjetivos complicados de aplicar.

Lo he visto en todos los campos, sin excepción. Incluso me han insultado en el estadio al que acudí desde pequeño a ver a mi equipo porque, supuestamente, era un periodista llegado de la ciudad rival. En esa ciudad rival, mi última parada, lo mismo.

El fenómeno ultra es un indicativo del nivel de educación del país. Los hay acérrimos a sus equipos, y los hay que aprovechan las circunstancias para curarse en salud de sus vidas vacías. Pero no se engañen, si la masa disfrutase de la ópera, veríamos en los alrededores del teatro blandir cuchillos a los defensores de los tenores contra los fieles a los barítonos, como lo hemos visto en Madrid Río.

Las mil caras de la pasión

Miguel Ángel Malavia

Lisboa. Real Madrid y Atlético se encuentran en la final de la Copa de Europa. El partido agoniza y los rojiblancos, con 0-1, tienen asida con las dos manos la ansiada orejona. Su hinchada saca pecho y humilla a la rival con todo tipo de cánticos. Se trata de celebrar y, de paso, roer el orgullo del vecino. Minuto 93. Gol de Sergio Ramos. Prórroga y orgasmo merengue con un 4-1 que se resume en una palabra: Décima. En la grada blanca, todos son felices, muchos lloran de emoción y algunos cantan ofendiendo a los atléticos. Al final, todos los madrileños vuelven a casa. Sin incidentes destacables. Eso sí, cada uno recordará este partido de un modo muy diferente el resto de su vida.

¿Están mal los insultos? Sí. ¿Son un pésimo ejemplo para los niños? Totalmente. ¿Hay que combatirlos? Por supuesto, pero con sentido común, pues la pasión tiene mil caras y solo hay que matar una: la realmente violenta. Gritar “puta Atleti” o “puta Madrid”, aunque esté mal, nunca puede llevar a que se retire el carnet de un socio. Insultar a alguien por su raza, sus ideas, su credo o su orientación sexual ha de estar penado siempre. Arrastrar la memoria de un fallecido o “echar en cara” la enfermedad de un ser querido a un jugador es una villanía que ha de estar penada siempre. Hacer la vida imposible a un árbitro, en Primera y en Tercera División, ha de estar penado siempre.

La labor es compleja, pues hablamos de un fenómeno con muchos vértices y hay que sacar la escuadra y el cartabón. Con lo que no hay que calcular nada es con los ultras. Escoria delincuente que se organiza en grupos paramilitares y que pone al deporte como excusa para ensalzar su ideología política totalitaria (sea diestra o zurda), no tiene cabida en los estadios. Que los clubes les nieguen entradas, viajes y espacios propios en los campos. Que se les impida vender su merchandising en sus alrededores. Que los jugadores no compren sus aplausos durante los partidos con prebendas. Que la prensa no les dé voz y sí cuente todas sus barrabasadas. Aquí la acción será costosa y demandará la implicación de todo el mundo del deporte. Pero al menos no hay dudas: urge erradicarlos.

Violentos no, ultras por qué no

Javier Moya G.

Aunque en la definición de la RAE de la palabra ultra no se incluye su acepción futbolística, sí se define como alguien “que extrema y radicaliza sus opiniones”. Así pues, no necesariamente violento. Y digo esto porque no tiene nada de malo apasionarse con un equipo de fútbol, seguirlo dondequiera que juegue o dedicar tiempo de tu vida a dar colorido a una grada. Siendo puristas (o un poco ingenuos), asumiríamos que, por lo tanto, un ultra es simplemente alguien que asume una forma de vida distinta, volcada en sus colores. Como un trekkie o un heavy.

También es cierto que cada vez resulta más difícil encontrar grupos ultras que rechacen abrumadoramente la violencia, y aquellos que sí lo hacen huyen precisamente de la etiqueta de ultras. Por eso no creo que sirva de nada que los clubes expulsen a sus grupos ultras, como si éstos no fueran una agrupación de individuos, incluyendo a algunos delincuentes y violentos. Sería mucho más efectivo y saludable para todo el mundo separar el grano de la paja y mantener a esos violentos fuera de los estadios. No soy nada optimista en que algo así vaya a ocurrir. El historial de connivencia entre directivas y violentos excedería los objetivos de este artículo. Pero ahí está.

Ya sabemos que en España tiene que morir alguien para que se tomen medidas. LFP, prensa, clubes, policía y muchos otros se suben ahora al carro de ese bonito eslogan “tolerancia cero”. Mientras tanto asistimos a la charlotada de sancionar insultos y confundir las cosas. Y si no comulgas con ese discurso hipócrita, tendrás que rendir cuentas ante el tribunal del buen gusto presidido por los hooligans de la TDT. Y al final, lo que podría haber sido una buena oportunidad para erradicar a la gentuza de los fondos de los estadios, quedará en un circo. Uno muy ruidoso, eso sí.

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6 pensamientos en “¿Cambiará algo en el fútbol español?

  1. Querido Mauro, podemos quedar para dirimir nuestras diferencias a mamporro limpio cuando gustes, mucho ojito que aquí hay gente muy peligrosa, yo mismo he estado en 3 centros de menores!

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    • De la masa podemos formar parte todos en un momento dado. El futbol de hoy es como las pruebas de gladiadores en tiempos…eso es todo, cumple ese papel. Personalmente me gustaria que la gente se desfogase en masa en pruebas de running y no a ostias insultos y navajazos

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      • A eso me refería con lo de la ópera; era una exageración. Que se concentren 2000 personas para correr una maratón no es “lo mismo”, es una prueba deportiva en la que mucha gente compite contra si mismo, no contra el dorsal 146. Lo que quería decir es que lo que provoca el fútbol se convierte en excusa para desfogarse como quiera y cuando quiera y contra quien se quiera. En otros países, el baloncesto es un cebo para ultras. Sólo hay que buscar una excusa para pegarte. Llámalo fútbol o llámalo que no me ha gustado tu comentario y te voy a pegar un puño. Avisado quedas, Borja.

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