Los límites a la libertad de expresión

Hace unos días el Papa Francisco sorprendía con unas espontáneas declaraciones en las que advertía a cualquiera que osara mancillar el honor de su progenitora de que probaría sus pontíficos puños. De esta manera, la máxima autoridad de la Iglesia Católica daba su opinión sobre un asunto del que se ha hablado mucho tras los ataques al semanario francés Charlie Hebdo. Cuatro pesos pesados se ponen los guantes para debatir sobre libertad de expresión y sus límites.

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Zombis en la marquesina

Guillermo Llona

Allí estaba, magnífico, bien podrido. Un zombi de tamaño natural anunciaba en el cartel de la marquesina la nueva temporada de The walking dead. Admiré excitado su decrepitud, hasta que advertí que las señoras que esperaban conmigo la llegada del autobús no mostraban el mismo entusiasmo. Entonces, me acordé de mi madre. ¿Por qué narices ella, que mira para otro lado cuando aparece en la tele el monstruo de los Chocoflakes, tendría que soportar la amenazante presencia de aquel muerto viviente?

Creo que la clave para conciliar libertad de expresión y derechos del prójimo –ese olvidado límite– podría estar en el porno italiano. Que no “panda el cúnico”, me explico. En Roma me llamó la atención la forma en que muchos quioscos vendían las revistas de este género: tapaban con una cartulina negra la parte de las portadas donde se encontraba el tomate, dejando al descubierto la cabecera y poco más. Así, el cliente interesado en comprar o echar un vistazo a una sólo tenía que demandarla al quiosquero. Un buen criterio aplicable a las publicaciones especializadas en cine gore o a las que llevaron en primera plana al ahora Rey tirándose a su señora y a Mahoma prometiendo cien latigazos a quien no se riese.

Quiero poder disfrutar de la provocación cuando me apetezca sabedor de que no se la han impuesto a nadie. No me hace gracia que los niños puedan ver porno, pero tampoco que a ningún musulmán le restrieguen la cara con una portada protagonizada por Mahoma, reina del desierto. O que a mi madre le asalte un zombi.

Me gustaría que los periódicos llevasen las imágenes más sensibles sólo en las páginas interiores, que los telediarios siempre avisasen antes de emitirlas y que la calle dejase de ser una barra libre en la que unos muestran fotografías de fetos humanos destrozados mientras otros parodian en pelotas a la Virgen María. Quiero que se publique todo, sin censuras, pero también sin imposiciones, en el lugar apropiado. Si aplicamos el sentido común evitaremos tanto ofendido, y algún que otro gancho de inspiración papal.

Libertad y coexistencia

Borja Aranda *

La libertad de expresión. Una de las exigencias básicas en cualquier democracia y uno de los derechos más reclamados en cualquier dictadura. Algo totalmente necesario. ¿Por qué no va a poder alguien expresarse libremente y opinar sobre política, economía, religión o cualquier otro tema?

El discurso, con su importancia y capacidad de influencia, siempre ha intentado ser coartado desde las clases dirigentes, que pretenden monopolizarlo para mantener un mayor control. Rompo una lanza a favor de la libertad de expresión como un derecho fundamental.

Y aquí empieza un extenso debate sin fin aparente. ¿Libertad total de expresión? ¿Se puede decir todo? ¿Libertad de expresión aunque ofenda? ¿Y… quién decide qué ofende y qué no? ¿Quién tiene derecho a ofenderse? Como sostiene Joe Sacco en su viñeta de opinión en ‘The Guardian’ tras el atentado en la sede de ‘Charlie Hebdo’, “cuando dibujamos una línea, habitualmente cruzamos otra”. Ahí entra, o debería entrar, la voluntad de cada uno de expresar sus comentarios y críticas de una manera respetuosa, con el objetivo de trabajar a favor de una coexistencia.

Así, cabe preguntarse si las críticas, las denuncias, las sátiras, etc. pueden ser planteadas de una forma que no necesariamente implique un “insulto” u “ofensa” voluntario. Es decir, todo lo que se escriba o diga es susceptible de herir sensibilidades, pero quizá hay que pedir que no se haga de forma intencionada, de una manera que, ya de forma previa, se sepa que va a suponer un insulto que no aporte nada al fondo o contenido de dicha crítica, siempre necesaria.

En esta línea se pronunció el Papa Francisco, defendiendo que la libertad de expresión “tiene un límite”. Como cualquier otra libertad. Siempre se ha dicho que “tu libertad termina donde empieza la de otro”. El problema es que en este caso ese límite es demasiado difuso y está excesivamente abierto a la interpretación. Hay que asumir además que sería prácticamente imposible escribir algo que no ofendiera absolutamente a nadie en todo el mundo, teniendo en cuenta creencias religiosas o políticas, por lo que parece también necesario establecer unos límites al “derecho a ofenderse”, que podría ser utilizado para censurar opiniones contrarias a las del afectado.

Por ello, sería interesante abrir un debate en torno a este tema, teniendo claro desde el principio que cualquier limitación innecesaria de la crítica sana y necesaria será un paso atrás que quizá lleve a un tropiezo.

Borja Aranda es periodista especializado en mundo árabe e islámico.

¿Dónde está el límite del límite?

Isabel Pérez del Puerto

El derecho a la libertad de expresión se analiza estos días desde todos los ángulos posibles, no solo sobre el grado de defensa que merece, sino también sobre cómo debe ser ejercido. Tras los primeros días de impacto, se ha institucionalizado, en mayor o menor medida, el punto medio de este debate: el que defiende la libertad de expresión pero admite que deben existir ciertos límites, que eviten que ejercerla provoque, ofenda o insulte a otras personas. No niego que este sea un planteamiento atractivo, en parte por la tolerancia y empatía que conlleva, pero me surge una duda: ¿quién va a establecer esos límites y cómo vamos a ponernos de acuerdo en que son los necesarios?

Reconozco que el Papa Francisco me gusta y, pese a que seguro cometerá errores, estoy convencida de que su paso por el Vaticano será una revolución tan saludable como necesaria para la Iglesia. Sin embargo, ¿será él quién establezca los límites de la libertad de expresión que ha defendido? ¿Qué criterios utilizará para hacerlo, los de la fe católica? ¿Serían suficientes y adecuados esos criterios para los creyentes de otras religiones o para los que no creen en ninguna? Pensando en la respuesta a todas estas preguntas, creo que es mucho más fácil decir que hay que poner límites a plantearse cómo ponerlos y, por ello, me parece irresponsable quedarse solo en la primera parte.

Estoy segura de que todos, en alguna ocasión o en muchas, hemos comprobado que el sentido común es, tal y como se dice, “el menos común de todos los sentidos”. Lo que significa que no solo es difícil poner límite a un derecho universal, sino que además será más complicado limitar después ese límite ya establecido. ¿Qué pasará cuando ese límite no sea suficiente para algunos? Sobre todo porque hablamos de ofensas que no todos entendemos igual. Una ofensa a la religión del otro es algo que, en muchas ocasiones, solo siente el ofendido y no el que ofende. Una pintura, unas viñetas, un libro o unas declaraciones pueden desatar la ira de quien las escucha sin que ese fuera el objetivo. Y en ningún caso creo que recibir una ofensa requiera necesariamente de una respuesta violenta, mucho menos cuando es referida a algo íntimo que uno mismo debe encargarse de cuidar y mantener a salvo. Mi madre me lo ha dicho mil veces de pequeña: “Ni se te ocurra nunca pegarte por mi culpa. Que me insulte quien quiera, tú sabes que no tiene razón, y yo estaré en mi casa riéndome de esas palabras sin sentido”. Lo siento, pero pegarse porque insulten a tu madre siempre me ha parecido una macarrada, aunque sea un Papa quien lo haga.

En definitiva, no creo mucho en los límites a la libertad de expresión porque al final, existan o no esos límites, “no ofende quien quiere sino quien puede” y, al final, sea como sea esa ofensa, creo firmemente que “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio”. ¡Qué sabio es el refranero español!

El Papa lo tiene claro: libertad y responsabilidad

Miguel Ángel Malavia

Dio igual que antes repitiera en varias ocasiones que matar en nombre de Dios es una “barbaridad” sin justificación. El titular interesado sobre Francisco ya no se podía cambiar: “El Papa ve comprensibles los atentados de París”. Y ya si encima lo ilustramos con un “puñetazo”… ¡Ea, a vender periódicos a mansalva! Pero no cuela. Los que nos tomamos la molestia de leer sus declaraciones completas extraemos la única conclusión real: lo primero de todo, que ninguna violencia tiene justificación. Lo segundo, que vivimos en un mundo de carne y hueso en el que, desgraciadamente, hay gente que mata sin razón si se siente ofendida. La tercera, que la libertad de expresión tiene un límite.

Estoy de acuerdo con las tres impresiones. Y, entrando en el meollo de la tercera, que es la más compleja, añado: no sé si el límite ha de estar o no recogido en un código penal (¿todos aceptaríamos “bromas” que legitimaran la pederastia o negaran el Holocausto?), pero sí que ha de estar incrustado en el cerebro de las personas con representatividad y un mínimo de sentido de la responsabilidad. Porque hay consecuencias… Como desgraciadamente padecieron los redactores de Charlie Hebdo y, a los pocos días, los cristianos de Níger, que fueron atacados por una turba enfurecida que les hizo pagar la ofensa a Mahoma y el que el presidente de su país acudiera a la manifestación de París en la que se repudiaron los atentados. Al menos diez personas fueron asesinadas en unas horas en el país africano, perdiendo sus casas y trabajos varias decenas más que tuvieron que partir como refugiados.

No pido que aceptemos las reglas de juego de los fanáticos y nos amedrentemos (tenemos una bella cultura de libertades que defender) con sus amenazas, pero sí que actuemos con prudencia y racionalidad a raudales: hay muchos modos de hacer pensar a los que rodean a los odiadores. Si les convencemos (en vez de ofenderlos), tal vez los que desvirtúan sus creencias se queden algún día solos.

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10 pensamientos en “Los límites a la libertad de expresión

  1. Totalmente de acuerdo con Javier, al pensar en cuál sería mi punto de vista sobre este tema no logro ser del todo coherente.

    Me parece buena idea lo que comenta Guillermo, que todo se publique pero en el sitio adecuado. Claro, pero que eso no sirva para acallar a nadie… Hay que darle una vuelta a eso… Ante la duda, que se publique, libertad de expresión en definitiva.

    Lo que dijo el Papa vale para mi barrio, pero no lo veo aplicable a la violencia política o religiosa. De hecho, el propio Papa dijo que no justificaba lo de Paris, así que… Si habló literalmente, ok, si le metes una hostia a quien llama puta a tu madre perfecto, merecido. Si, por contra, no habló literalmente, me suena a eso de que es mejor no llevar minifalda o andar tarde en la noche cuando se habla de violaciones…

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  2. Reconozco que es un tema que me provoca muchas dudas y pocas certezas. Esto me pasa porque intento establecer un criterio sobre los límites de la libertad de expresión que me sirva en todos los casos y no tener un doble rasero, que cada día aguanto menos.

    Somos fans de Charlie y nos ponemos sus viñetas en Twitter porque creemos en la libertad de expresión. Ahora, eso que hacen los irrespetuosos de Mongolia con la Virgen de la Macarena debería ser delito. Debe de ser que como no soy de ningún equipo en esto del sentimiento religioso me río de una cosa y de la otra. Porque lo difícil es hacerlo con gusto. Y para mí, el buen gusto sí es un límite entre lo que vale y lo que no vale. Pero el gusto es como los culos: cada uno tenemos el nuestro.

    Al final sigo dándole vueltas a lo mismo y sólo saco en claro lo que han comentado Guillermo e Isabel: el límite a la libertad de expresión debe ser el sentido común. Pero también el sentido común o lo que parece de sentido común se puede manipular para disfrazar de ofensa un mensaje que alguien no quiere que se extienda. Dos ejemplos: allá por el año 2003 unos tipos vinieron a mi facultad a proyectar el documental de Medem “La pelota vasca”. No cabía un alma en el salón de actos, allí estábamos más de cien personas esperando a ver aquella película a la que tanto se había demonizado porque “ofendía a la memoria de las víctimas”. Al acabar la proyección la mayoría comprendíamos todavía menos el revuelo que el documental había causado y yo, al menos, no encontré la ofensa a las víctimas.

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  3. El problema de la libertad de expresión es que todo el mundo la defiende pero nadie la ejerce. Y la única manera de defenderla es ejerciéndola. Decir que se defiende la libertad de expresión para luego hacer propias las opiniones más comunes, tópicas, ignorantes, descafeinadas o correctas no sólo es contraproducente, sino que además es miserable e hipócrita. Cosas como condenar los atentados de París para seguido apostillar que se siente respeto por la religión musulmana; decir que no se siente una inclinación especial por ningún partido político pero recalcar que en cualquier caso se es un convencido demócrata; cuestionar actuaciones determinadas de la Iglesia católica pero no la misma esencia de su religión ni de su mesías; discrepar de algunos de los métodos más grotescos de las feministas más radicales pero estar de acuerdo con su ideología de fondo. En los países más atrasados, para el control de la libertad de expresión, además de la gente, están sus diversos gobiernos con sus tiranos al frente; en los países más avanzados, como el nuestro, se deja esta labor únicamente a la población, siempre esbirro complaciente de los más poderosos. Y para endulzarnos la vida, se nos permite hablar y criticar cualquier gran asunto, conflictos internacionales, dictaduras extranjeras, el gobierno, la Iglesia, debates estos que se quieren implantar incluso en las escuelas (“conciencia del mundo” o algún nombre similarmente pomposo le quieren poner), para que uno, mientras habla de cosas de las que ni se entera ni sobre las que pinta nada, sienta que está haciendo algo, mientras no reflexiona ni en la miserable vida que lleva ni en la basura de gente que le rodea: familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, compatriotas. Olvidando que es mucho más fácil insultar al papa o al rey que a un amigo, criticar una hambruna que criticar a un familiar, decir lo que se piensa del gobierno que de los compañeros de trabajo. Olvidando que hace falta mucho más coraje para dejar de forma digna a la pareja que para abandonar un país. Olvidando que oprime mucho más un familiar o un amigo que un alcalde, un alcalde que un presidente autonómico, un presidente autonómico que el del gobierno. Que nadie se mete con un grupo si previamente no se ha afiliado a otro; que no hay valor de hacer nada si no es a través de un colectivo o asociación; que no existe nadie que hable o actúe con el único escudo de su nombre y apellido, y por y para sí mismo.

    Decía Orwell que si algún día la libertad sirve para algo será para poder decirle a la gente lo que no le gusta o no quiere oír. Jamás se ha llegado a eso en ninguna parte ni se llegará, por causa de la gente. Ni siquiera es uno capaz de ser libre consigo mismo. Sólo se puede hablar de algo con personas inteligentes y sensibles. Como tales personas no existen, o si existen no se sabe dónde se esconden, las únicas alternativas con el resto, la masa necia, es hablar a su mismo nivel o callarse.

    Respecto a lo de tener que mostrar respeto a la hora de hacer la crítica, me parece algo peligroso, cuando estamos hablando de ideologías, religiones, personas, etc., que ellas mismas constituyen una falta de respeto para con los demás. ¿Por qué hay que ser respetuoso con lo que no merece ningún respeto?

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    • “Cosas como condenar los atentados de París para seguido apostillar que se siente respeto por la religión musulmana”… Andima, yo condeno los atentados de París y siento respeto por el islam. ¿Soy un blandengue por ello? ¿Soy menos apasionado en esta vida por defender que las barbaridades son culpa de los bárbaros y no de las creencias o ideas en las que estos dicen inspirarse? Ya no hablo de tolerancia… Hablo de que no me siento gilipollas por pensar así.

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      • Veamos, haré un poco más del ejercicio que ya hiciera Iñigo, aunque no sirva para nada. Partamos de que el Corán no es, a diferencia de la Biblia, una colección de historietas más o menos infames y sandias con muy poco donde agarrar escrita por no se sabe cuántos escritores anónimos y otras tantas miles de interpolaciones, sino una especie de código de conducta. Pues bien, cojo mi Corán y empiezo a subrayar: Sura II, Ley del talión: “¡Oh, los que creéis! Se os prescribe la ley del talión en el homicidio: el libre por el libre, el esclavo por el esclavo, la mujer por la mujer”. Matrimonio: “No desposéis a las asociadoras hasta que crean. Una sierva creyente es mejor que una asociadora, aunque esta os guste. No desposéis a vuestras hijas con los asociadores hasta que crean”. Repudiación: “Las repudiadas se esperarán tres menstruaciones antes de volverse a casar. […] Sus esposos son más justos cuando las recogen en ese tiempo si desean la reconciliación. Las mujeres tienen sobre los esposos idénticos derechos que ellos tienen sobre ellas, según es conocido; pero los hombres tienen sobre ellas preeminencia […] Si él la repudia por tercera vez, ella no le es lícita después hasta que se haya casado con otro esposo. Si este la repudia, no hay pecado para ellos si vuelven a reunirse, si creen que seguirán las prescripciones de Dios”. Esto sólo en un azora, y dejándome todos los apartados con estos títulos: “Contra los prevaricadores”, “Contra los politeístas”, “Contra los cristianos”, “Contra judíos, cristianos y politeístas”, “Incitación a la guerra contra los habitantes de Medina”, “Contra los impíos”, “Incitación a la guerra santa”.

        En fin, podría pasarme así hasta el infinito. No digo que todo lo que haya en el Corán sea rechazable, de todo se puede aprender algo, pero está claro que esta lectura requiere cierto armazón interior que por desgracia no mucha gente tiene. Y ahora, lo que tú seas si sientes respeto por esta religión, dítelo tú mismo; en cualquier caso te has interesado por algo que puse en mi comentario simplemente para argumentar el fondo y que me interesa bastante poco.

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      • Es que, Andima, yo me fijo en los cientos de millones de musulmanes, cristianos, judíos, budistas o hindúes que hay repartidos por el mundo: la inmensa mayoría de la gente, da igual su credo, vive su vida como todo hijo de vecino, queriendo estar bien consigo mismo y con los que les rodean. Y ya está.

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  4. En la sociedad en la que vivimos hoy en día hay muy poca libertad de expresión, que no nos vendan la moto. Mientras uno se mantenga dentro de los límites de la corrección política todo va bien pero, ¡ay de aquel que abandone el camino! Cuando no se habla con las cuatro personas con las que se tiene mucha confianza hay que hacer grandes esfuerzos mentales para no ser tachado de raro-facha-homófobo-misógino-misántropo etc. Pero de todas formas, esto de meterse con la religión no debería ser un derecho, sino una obligación. Aquí de lo que hablamos es de una sarta de imbecilidades, a cada cual mayor, ideadas por unos pastores de la edad de bronce que no tenían ni idea prácticamente de nada. La naturaleza es mucho más imaginativa e interesante que todos esos cuentos pueriles de vírgenes, costillas y caballos alados, y aquel que no tenga alma de esclavo tiene el deber moral de luchar contra todo eso, aunque solo sea dando su opinión al respecto. La única razón por la que se respeta es porque millones de personas creen en ello; si a Francisco lo siguieran cinco señoras y a Carlos Jesús dos mil millones, éste nos parecería un ser sublime y aquél un bufón travestido. Por amor de Dios, si hasta para ser presidente de los EEUU se tiene que estar continuamente diciendo god bless esto, god bless lo otro aunque en su fuero interno se sea ateo… ¿Semejante falta de libertad de expresión en el país más libre del mundo? Si alguien me censura este comentario, SI ASPETTI UN PUGNO, MA È NORMALE!!!

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  5. A mí no me gustaría que se pusiesen “pegas” a ningún contenido. No quiero límites en los contenidos, pero sí en la forma en que se presentan al público. Como digo arriba, quiero que todo se publique, pero en su debido lugar. Es decir, no deseo que se censure nada, pero tampoco que se obligue a ver nada. No creo que por respetar el derecho de todos a no ver, oír o leer algo sensible nos convirtamos en iraníes. Ojo, que sé que Borja no se refería en concreto a nada de lo que comento en mi artículo. Sólo quería aclarar mi punto de vista.

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  6. El comentario del Papa me recuerda al de una “amiga de Facebook” que profesa la fe musulmana y que tras los atentados de París escribió una sucinta frase en su muro condenando los atentados y añadiendo “PERO que dejen en paz a mi Dios de una vez”. Es el mismo PERO del Papa Paco, el mismo PERO de los tiempos en que ETA asesinaba a sangre fría pobres parias proletarios y muchas veces se decía “condeno PERO algo habrá hecho”. Pues que quieren que les diga, entiendo lo que quiere decir el Papa Paco PERO me da puto asco. Cuando vi lo que dijo y el tono agresivo del vídeo me vino a la mente la discusión que mantuvimos aquí sobre si la religión EN SÍ genera fanatismo, no es por auto-citarme PERO creo que voy a tener un poco de razón al menos. En el caso de cualquier ideología o religión no veo razón alguna para modular lo que se dice. Empezamos poniendo pegas a EL JUEVES y acabamos como en Irán o con el cerebro frito por la dictadura de lo (progre) políticamente correcto.

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