Eutanasia y sedación terminal: derecho o fracaso

La semana pasada, la Asamblea Nacional francesa aprobaba por una amplia mayoría la ley de sedación terminal. Aunque la ley no habla de eutanasia, autoriza la sedación profunda de aquellos enfermos terminales que no quieran continuar con su tratamiento. El consenso alcanzado por los dos grandes partidos franceses (PS y UMP) no contenta ni a defensores ni a detractores de la eutanasia. Tres púgiles se suben a la lona para debatir sobre el derecho a la vida y el derecho a la muerte digna.

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¿Eutanasia? Los suicidios no se juzgan, se lloran

Miguel Ángel Malavia

Eutanasia, ¿sí o no? Pues, buscando en lo más hondo de cuanto soy…, no lo sé. Antes de nada, hay que aclarar una cosa: el Congreso de Francia ha aprobado la “sedación profunda y continua” de los pacientes en estado terminal que así lo soliciten. No es la eutanasia, sino el verdadero “morir en dignidad”, dejando a un lado las medicinas (que no los alimentos) que ya no sirven para curar, sino para sostener a un muerto en vida. Este dejará de serlo solo cuando su cuerpo lo decrete. Es doloroso, pero creo que este es el mejor camino.

No rehúyo en este debate la eutanasia en sí: el suicidio de un impedido que necesita de otros para llevarlo a cabo. Como católico, se me presupone que debo condenarlo categóricamente, al igual que el aborto. Pero yo aquí sí quiero introducir la brocha fina, repleta de matices: en un aborto, una persona toma una decisión sobre la vida o no de la que considero que es otra persona. En la eutanasia, es la persona misma la que toma la decisión sobre su (remarquemos el “su”) destino. No es lo mismo. Claro que aquí también se destroza “un don regalado por Dios” (el más importante, el milagro de vivir), pero ¿quién tiene valor para enjuiciar moralmente a un suicida? En los casos que he conocido, jamás he pensado: “Ha hecho mal”. Solo me ha salido un susurro: “Pobre, cuánto debía de sufrir…”. Lo siento, pero pido por favor que no se me pida juzgar a un suicida ni a quien ha ayudado a otro a morir. Y mucho menos en los casos de personas que carecen de fe: sin ni siquiera tener esperanza en una vida mejor y más allá de este mundo, ¿cómo se puede exigir a alguien, desde un punto de vista ético, que siga amarrado a un infierno diario y sin salida?

Dicho esto, reclamo que la eutanasia se ciña única y exclusivamente a la decisión íntima de quien la reclame con toda su convicción. En Bélgica, donde esta lleva años aprobada, los obispos han pedido que se huya de un riesgo: que no se aplique a las personas con demencia. Y es que aquí entramos en otro campo: es el Estado o la familia la que decide o fuerza una decisión en el enfermo que no es la que él expresa con indudable certeza. Ojo, y mil veces ojo: la eugenesia (dar una inyección letal a las personas con discapacidad) ya la inventaron los nazis… No podemos echar a un lado a los “sobrantes” que no concuerdan con lo que hoy algunos entienden como “dignidad humana”.

Sí, con todo el dolor del corazón, a quien clame al cielo y a la tierra para que le dejen irse. No, jamás, a quienes fuercen o hagan ver lo que no son decisiones personales, sino prejuicios y comodidades de otros.

La eutanasia quiere ser la dueña del amor

Pablo H. Breijo * 

Hay una canción bellísima del gallego Andrés Suárez que se titula “Rosa y Manuel”. En ella, el cantante dedica unos versos a sus abuelos. Él, Manuel, a causa de la enfermedad de alzheimer, olvida dónde vive y quiénes son los que le rodean. Ella, Rosa, cuida de su esposo y aplica con entrega aquel compromiso que hizo hace años. Ese dulce contrato que hoy es cada vez más vilipendiado por cristianos y profanos. Ese sello verbal que reza: “Me entrego a ti y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida”. De eso va la vida, de la entrega a los demás. Del amor.

La eutanasia busca adueñarse del amor. Quienes ya han mentado a la Antigua Grecia para definirla, afirman que es la “acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él”. Por supuesto que ni usted, ni yo, ni ningún académico somos quién para decidir sobre la vida de otra persona. ¡Solo faltaría! Pero, ¿y decidir sobre la muerte?

Me pondré la toga de académico y mentaré también a la vieja cuna de la democracia hoy gobernada por la izquierda radical. La palabra eutanasia tiene origen en el término griego “euthanasía”, que significa “buena muerte”. ¡Viva la muerte!, gritan los legionarios. Yo no me atrevo a tanto, aunque como católico debería, ya que creo en la vida eterna.

Creo que si una persona está enferma terminal y pide la eutanasia por voluntad propia, lo que está solicitando es que lo maten. Si, en otro caso, usted o yo acudimos a un abogado e incluimos en el testamento que nos apliquen la eutanasia en caso de perder la voluntad para decidir sobre una enfermedad propia, estamos firmando nuestro suicidio. Asistido, pero suicido.

Pero, oiga –dirá usted–, que yo no quiero que si mi familiar está terminal o en coma lo ceben sin sentido a medicamentos para mantenerlo con vida. Una cosa es renunciar a tratamientos terapéuticos y otra es desenchufar la máquina del oxígeno, ojo. Dejemos que la vida, si se acerca a la muerte, transcurra con naturalidad.

La vida nos fue dada y no tenemos derecho –ni siquiera nosotros mismos– a acabar con ella. Recuerden que la vida y el amor son uno. Piensen ustedes en los abuelos Rosa y Manuel. El amor entregado y la vida es lo más bello que tenemos. Que el sufrimiento y el dolor no acabe con ninguno de ellos. Que la muerte no se adueñe del amor.

Pablo H. Breijo es periodista.

Si agonizas, reza

Albert Hammond *

Diversas culturas han considerado el suicidio (ya sea voluntario o inducido) como una forma de enfrentar la muerte de una forma digna. Ya sea como medio de salvaguardar el honor propio y el de la familia, o como una forma decorosa de adelantar la propia desaparición.

Por regla general, la persona analizaba la situación, sopesaba los pros y los contras de tan irreversible decisión. En su libre capacidad de raciocinio aceptaba que la rápida muerte, afrontada con valor y dignidad, era más valiosa que alargar una existencia repleta de patetismo y miseria. De ahí que los griegos acunaran la expresión “eutanasia” (buena muerte).

En la actualidad, aquellos enfermos terminales que buscan enfrentar a la muerte con prontitud y dignidad, en vez de alargar un sufrimiento innecesario (tanto para ellos mismos como para sus familiares), no sólo tendrán que superar el miedo a la desaparición física y a comprender que se acaba la partida.

Aquellos que elijan ese camino tendrán que superar una sociedad y una legislación basada en preceptos religiosos y morales que no son necesariamente compartidos por quienes se ven en tan complicada situación. Es posible que se vean obligados a solicitar ayuda a sus familiares, haciéndoles cómplices de “auxilio al suicidio”, penado con dos a cinco años de cárcel. Es posible que un paciente, incapaz de conseguir dicho auxilio, esté sentenciado a años de sufrimiento innecesario. ¿No es acaso esto mismo otro tipo de condena, en este caso, aún más injusta e inmerecida?

Todo ello gracias al poso inalterable de siglos y siglos de creencias piadosas según las cuales el administrador de la vida propia no es uno mismo sino los que se denominan como representantes de Dios, ahí es nada. Defensores de la vida a ultranza y de una eutanasia alla cristiana que consiste en el misericordioso “reza, reza, que yo te aviso”.

No es ya el debate del aborto, en el que claramente las adolescentes se convierten en fornicadoras infanticidas, ni el debate sobre si la organización internacional con más solteros del mundo debe definir los límites del matrimonio civil. En este caso se trata de algo mucho más cruel y es el encadenar a un enfermo terminal a su sufrimiento.

Albert Hammond es licenciado en Historia y analista político de barra de bar. Actualmente vive en Francia.

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8 pensamientos en “Eutanasia y sedación terminal: derecho o fracaso

  1. ¿Cuáles cultura de la vida y cultura de la muerte? Si ambas son lo mismo: la cultura del horror. Lo contrario a la cultura del horror es la cultura de la nada. Oyendo a algunos parece que aun a día de hoy, cuando sabemos perfectamente cómo se concibe la vida y conocemos docenas de métodos para evitarlo (aunque se pueda producir algún error puntual, en general sabemos evitarlo), la vida nos sigue cayendo del cielo. Se dice también que la diferencia entre el aborto y la eutanasia es que en el aborto se está decidiendo sobre la vida de otra persona. Sin embargo, nadie es capaz de retroceder un poco más, al momento en que dos personas deciden sobre la concepción de una vida nueva. A ninguno nos preguntaron, antes de ser concebidos, si queríamos tal cosa, ni siquiera se nos pidió nuestra opinión. No: la vida se nos impuso. Crear vida donde antes no había más que la placidez de la inexistencia es crear nuevas posibilidades de hambre, sed, frío, calor, soledad, miseria, tedio, absurdo, padecimientos físicos y mentales, enfermedad, vejez y muerte. Nadie es feliz, eso no es más que un cuento para justificar la perpetuación del horror, y quien cree serlo no es más que por neurosis y egoísmo. Y aunque alguien fuera feliz, no se puede saber el destino de nadie a priori y no se debiera apostar con destinos ajenos.

    Y al horror de la vida humana hay que añadir el horror de la vida de los animales, a los que la humanidad hace la vida tan dura. Hay películas que han mostrado de manera notable el horror cotidiano de los animales, sin hacer otra cosa que situar al hombre en su lugar, como El malvado Zaroff, El increíble hombre menguante o La matanza de Texas. Sin embargo, los hombres hacemos lo mismo diariamente a millones de animales cuyo sistema nervioso coloca sus padecimientos físicos y su angustia mental a niveles muy similares a los nuestros. Y cuantos más hombres haya mayor será el horror.

    El debate sobre la salida de la vida no hace más que soslayar la cuestión principal: la entrada en la vida.

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  2. “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” (hombre humano soy, nada me es ajeno) dijo Terencio. Por eso participo en este nuevo reto. ¡Y menudo reto! Nos proponen los promotores de este proyecto que pensemos y digamos algo sobre lo que es el “bien morir”. Para empezar, lo que sugieren los supervisores de esta página es lo que ha acontecido en la Asamblea Francesa. ¿Son los signos de los tiempos? No lo creo. Son los tiempos de siempre: cultura de la vida versus cultura de la muerte. Los tres pensadores son magníficos en sus planteamientos. Pero es un asunto difícil: el bien morir. Y qué es el bien morir. Todos estamos abocados a morir. Nacemos para morir. Esta es una realidad inexorable. ¡Ah!, pero aquí planteamos otra cosa. Primera premisa: si uno quiere dejar de existir, adelante. Se suicida y ya está. ¿Solo o asistido? Si es solo, me merece todos los respetos. No debe ser fácil tomar esa decisión. Pero lo respeto y no me atrevo a juzgarlo. Es lo que hizo Sócrates tomando la cicuta. ¿Asistido? Segunda premisa. Ya estamos hablando de otra cosa. Un amigo médico me dijo una vez que los familiares de un hombre con cáncer de próstata, terminal, con muchos dolores, le pedían la muerte. Él les respondió: “Mátenlo ustedes, yo no. No me carguen a mí esa responsabilidad”. Al final, el paciente se murió por sí mismo, sufriendo, sí. Recientemente, se murió la madre de un amigo mío. Tenía 97 años y llevaba muchos años mal. No era consciente y era un problema para su familia. Se murió de muerte natural. Tenía siete hijos y ninguno se atrevió a matarla antes de tiempo. Hace un mes se murió un familiar mío de un cáncer gravísimo, con metástasis, otro amigo médico me dijo que si salía de la operación iba a pasar un calvario puesto que tenía metástasis en hígado y no le daban más de seis meses, le operaron, la medicina cumplió el protocolo. No salió de la sedación. Murió a finales de febrero. Son casos reales. Extremos.

    Me importa un bledo lo que han legislado en Francia. Lo mismo que en Holanda, Bélgica o Suiza. No tengo la responsabilidad médica ante un hecho límite, Pero no tendría dudas. No soy partidario del escarnio y sí de la decisión personal y libre. Respeto al suicida, no al homicida. Como no tendría dudas si fuera ginecólogo ante la cultura de la vida o la cultura de la muerte por un caso de aborto inducido. En esto no hay término medio. No existe. O se es partidario del aborto, de la defensa del nasciturus, o no. Me importan un bledo las leyes. Otra vez la cultura de la muerte frente a la cultura de la vida. Mi opción está clara: la cultura de la vida. En esto soy radical.

    Lo que sí sé es que la Organización Médica Colegial de España dice que toda forma de eutanasia se opone a la deontología médica. Me quedo también con lo que dice la Asociación Médica Mundial, máximo órgano en ética profesional, cuando en su definición de 1987 dice: “La eutanasia, es decir, el acto deliberado de dar fin a la vida de un paciente, aunque sea por requerimiento de este o a petición de su familiares, es contraria a la ética”. ¡Ojo con los legisladores y con los grupos de presión! O sea con los leguleyos sin escrúpulos. Son los nuevos “gatekeepers”.

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  3. Lo que no sabía que había tanto católico con los guantes puestos.

    Interesante la escurridiza ambigüedad de Miguel y Pablo con ese “tú ve yendo que yo ya ye”.

    Muy interesante el debate. gracias a los tres.

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  4. Veo que el duelo de titanes continúa fuera del ring, en los comentarios. He de confesar que me cuesta decidirme. En general coincido más con los argumentos de Monsieur Hammond, pero el artículo de Miguel Ángel me ha parecido extremadamente honesto y valiente. Acierta de lleno en señalar que es un tema complejo y que requiere de aguja e hilo para un análisis de todos los matices que se pueden poner sobre la mesa. Por eso me ha chirriado un poco que sea tan categórico a la hora de excluir siempre y en cualquier caso a los familiares de la persona enferma.

    En todo caso, debate de altura.

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  5. ¿Por qué, compañero? La eugenesia existió, es un hecho histórico. Y la advertencia de los obispos belgas es una noticia de estos días… Insisto, delimitemos un asunto tan delicado a la conciencia de cada persona, jamás a familias y a Estado.

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  6. Le tiro un guantazo a Miguel Ángel.

    Ojo, y mil veces ojo: usar a los nazis como recurso argumental se llama Ley de Godwin. Has matado ese párrafo. Si me permites la licencia poética diría que le has practicado la eugenesia a tu propio párrafo.

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