El libro de mi vida

Con ocasión de la 74º Feria del Libro de Madrid, que hasta el 14 de junio tendrá lugar en el Parque del Retiro, cuatro maestros en el arte de juntar palabras con precisión y belleza recomiendan en Cuadrilátero 33 las obras de su vida, aquellas cuya lectura les marcó a fuego. Además, nuestros púgiles nos sugieren leer otras de reciente publicación que igualmente podremos encontrar en los estands de la Feria.

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Esa primera vez…

Espido Freire *

No me escandalizo cuando alguien me confiesa, con una nota de vergüenza, que no ha leído a los clásicos. A quien se indigne, que alguna deidad piadosa le conserve la inocencia, la furia y la ceguera. Yo, por mi parte, les envidio: como una espía clandestina, imagino la experiencia de leer por primera vez Hamlet, o La Odisea, cuando se es adulto.

Me resultaría imposible elegir un único libro si el mundo ardiera. Sin duda, Ulises, de isla en isla. HamletLa vida es sueño o Fuenteovejuna. La historia en Galdós, sesgada en Los episodios nacionales, retratada en un espejo terso y costumbrista en Fortunata y JacintaRayuela, un intento literario de rasgar lo real para descomponer una vida ya podrida.

Pienso en quienes aún aguardan la sorpresa de la lectura. Son afortunados. Esa vida paralela, infinita, larga como las horas del día, aún espera a ser iniciada. Ya sin presiones ni nada que demostrar, qué maravillosa experiencia ha de ser abrir los ojos a ella. Los clásicos se encuentran en cualquier librería, por poco dinero, o incluso de manera gratuita, como respuesta sonriente a la demanda de cultura libre de cargas que protagonizan. Nunca hará falta recargar un libro, ni sustituirlo por un modelo nuevo. El libro que llega difícilmente se va.

El fanfarrón Ulises, el buscavidas ingenioso, sabe de Internet más que cualquier navegante: de pantalla en pantalla, descifrando contraseñas, idea un videojuego de acción, con maravillosas mujeres de novela negra: de regreso a su mísera Ítaca, se prepara para la crisis de los cuarenta, para los relatos de las aventuras pasadas entre viajes y amoríos.

Soy Ulises, superviviente, harto de batallas, pero no de experiencias. Soy una Penélope que hace camas y cocina cenas para que el trabajo se deshaga durante la noche. A la espera. Soy también Hamlet, el eterno aspirante, el estudiante resentido, cuyas bromas sólo comprenden del todo sus amigos de universidad. O Segismundo de La vida es sueño, o un estudiante Raskolnikov de Crimen y castigo, un ser al límite.

No saben distinguir entre lo que viven, lo que sueñan y lo que les conviene. Mimados, torturados. Imposible no enamorarse de Hamlet. Es la semilla que llevamos dentro, a la espera de un florecimiento. Nos alerta de que es muy posible terminar mal si se espera demasiado, si la teoría sirve sólo para destrozar la cabeza y los ánimos y la acción para arremeter contra quien se encuentra alrededor.

Otra Hamlet misteriosa, contradictoria, es la linda Catherine en Cumbres Borrascosas. Su amor por lo oscuro, por quien le hace daño, como las rocas que no se ven bajo las flores, le resulta destructivo e imprescindible. Es su única franja de libertad. En sus emociones no manda nadie.

Envidio descubrirlos de nuevo; el deslumbramiento primero, la certeza de que nos cuentan lo que somos, lo que seremos, que nos hablan seres sabios, muertos y generosos. Envidio ese paso, que yo di cuando no era consciente de acometerlo. Los veo acercarse a los libros con recelo, a la espera de que los convenzan.

* Espido Freire es escritora, galardonada con numerosos premios, como el Planeta.

McEwanismo

Lara Hermoso

Me piden que escriba sobre mi libro favorito, sobre el que me cambió la vida. Y me siento como una de esas famosas que tiene que contestar al típico cuestionario sobre cuál es su película, novela, canción y hasta marca de calcetines predilecta. Y me empiezan a sudar las manos. ¡Demonios!

En el principio de los tiempos estuvo Matilda. Tenía once años y aquella pequeña rata de biblioteca que leía para sobrevivir me encandiló. Activó algún mecanismo secreto de mi cerebro y a partir de entonces recorrí un camino tortuoso que me llevó de Bram Stoker a Milan Kundera, pasando por Sartre y Camus. Digamos que tuve una adolescencia existencialista que desembocó en un amor desmedido por la literatura británica contemporánea. El famoso British Dream Team de Jorge Herralde. Ese hombre, que dice que “la vida es demasiado corta para leer libros malos”, ha editado a los tipos que más feliz me han hecho: Hanif Kureishi, Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro e Ian McEwan. Y esa es la clave, McEwan.

Vaya por delante que creo que el McEwanismo debería ser declarado como una religión, que he leído todos sus libros con la misma devoción que siente una quinceañera por Justin Bieber y que suelo decir que mi vida es eso que pasa entre novela y novela de McEwan. Y ahora supongo que tocaría hablar de la elogiada Expiación, de la agridulce Chesil Beach, de la arriesgada Sábado. Pero no. A mí me voló la cabeza Amsterdam.

El planteamiento es bastante sencillo: en el entierro de Molly Lane se reúnen los cuatro hombres más importantes de su vida: Vernon Halliday, periodista y director de uno de los grandes periódicos de Inglaterra; Clive Linley, músico famoso; Julian Garmony,  el ministro de Asuntos Exteriores y candidato a primer ministro; y George Lane, el poderoso y multimillonario viudo de Molly. En ese momento de duelo todos se preguntan qué vio ella en cada uno de ellos. Será una fotografía la que arroje luz sobre el asunto y, a la vez, ponga en marcha una trama en la que se entremezclan las relaciones personales y el estado del país.

McEwan traza la figura de Molly a través de la vida de sus amantes. Unos amantes carentes de toda ética que se precipitan a un final inesperado con los canales de Amsterdam de fondo y que culmina una de esas novelas redondas. Perfecta. El lugar al que siempre quiero volver. El final de aquel viaje que comenzó con Roald Dahl.

Y ahora, aléjense de la pantalla, vayan a la Feria del Libro y compren todas las novelas de McEwan, lean sus libros de relatos. Y, además, apuesten por la literatura española contemporánea. No hablo de Javier Marías, ni de Pérez Reverte. Apuesten por esa generación de jóvenes talentos que no se adscriben a ningún movimiento, que ni siquiera viven de la literatura. Háganse un favor: compren Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez, y Cicatriz, de Sara Mesa. Les prometo que no se arrepentirán.

Cien años de soledad

Esther Ginés *

No hay mayor dilema para un lector que invitarle a elegir un único libro y que resuma los motivos que lo convierten en su obra favorita. Hay flechazos que se convierten en amores eternos, y eso es lo que me pasó a mí con Cien años de soledad. Para comenzar, es justo decir que no podría contar con los dedos de las manos los libros que han dejado una huella indeleble en mi vida. Al mismo tiempo, me emociona pensar en todos los que aún no han llegado a mí y marcarán las etapas venideras, los éxitos y fracasos, los días gloriosos y los que amanezcan turbios. No hay lugar en este texto, me temo, para Camus y Cortázar, para ese Nada, de Carmen Laforet, que me dejó helada a los quince años, ni tan siquiera para comentar ese momento nostálgico en el que, gracias a La historia interminable, supe que ser escritor debía ser el oficio más maravilloso del mundo.

Si elijo la obra cumbre de García Márquez –aunque no su predilecta, todo hay que decirlo– es por ciertos vínculos sentimentales que desde la primera lectura establecí con ella. En primer lugar, tenía dieciocho años, estaba recién llegada a la capital (procedente de un lugar de La Mancha de cuyo nombre me temo que sí quiero acordarme) y comenzaba una carrera que pronto me decepcionaría. Esa edición de bolsillo negra, de Cátedra, en aquel entonces impoluta –ahora está ajada y curtida tras no sé cuántas mudanzas–, pertenecía a un chico del que estuve enamorada.

Cuando uno vuelve la vista atrás, a veces se sorprende al recordar estas cursilerías. Y dejarlas por escrito no ayuda mucho, pero, siguiendo una máxima periodística: así fueron los hechos. El libro, un préstamo que jamás devolví (esa es otra historia, me temo), apenas me duró cuatro días. Fue la primera vez que me pasé de parada en el metro, absorta en la saga familiar de los Buendía, en las manos de gorrión del gitano Melquíades, en ese recorrido por la historia latinoamericana a través de unos personajes fascinantes. Pensé, en aquel momento, y ahora, tantos años después, que era una novela total. Porque creo que, más allá del realismo mágico y de lo que supuso para la literatura, su gran acierto es que es una novela total: todo lo retrata, aborda los grandes temas de la literatura universal a través de una crónica familiar. Cuando lo cerré por vez primera, pasé días en los que no pude empezar ningún otro libro. Al cabo de una semana, volví a él, esta vez saboreándolo más. Y lo tengo a mano para los momentos difíciles, puesto que la literatura es para mí una tabla de salvación.

Me esperan y nos esperan muchos libros. Recomiendo a un autor de esos que nadie debería perderse: Ignacio Ferrando. Aunque acaba de presentar Nosotros H (Tropo), como aún no he tenido ocasión de leerlo, recomiendo sin dudar su anterior novela, La oscuridad. Una historia  con un fuerte componente cinematográfico que sitúa al lector en un país nórdico de ventiscas, escasa luz y aparente armonía vecinal donde nada es lo que parece…

* Esther Ginés es escritora, autora de ‘El sol de Argel’.

Cumbres Borrascosas

Andima Hermosilla

Cumbres Borrascosas (1847) es la única novela de Emily Brontë. Emily es una de las figuras más enigmáticas y fascinantes de la literatura y aun de la humanidad. No tuvo amigos, trató a pocas personas más allá de las de su casa, solía evitar hablar con la gente e incluso mirarles a los ojos, y hasta en su propio círculo era parca en palabras.

De entre los episodios más apabullantes que conocemos de su vida, está el modo en que afrontó la tuberculosis: su hermana Charlotte escribía que Emily se imponía el mismo ritmo de vida que si estuviera sana, sin consentir que la viera un médico ni aceptar compasión ni cuidados de nadie, así hasta el mismo día de su muerte, a los 30 años.

Emily despreciaba al hombre, al que consideraba hipócrita, débil y cobarde, y reflejó este desprecio soberano en Heathcliff, acaso el personaje más pavoroso de la literatura universal. Cumbres Borrascosas, escrita con un rigor implacable, es una obra única, a pesar de que se pueda rastrear una semilla en el Manfredo de Byron y, en ocasiones, se la ubique dentro de la tradición literaria gótica, de terror o romántica. Carece de servilismos morales. No hay ninguna pretensión utilitaria o positiva. Se trata más bien de una exploración de los límites de la angustia. La acción, de una intensidad insoportable, transcurre en un paisaje yermo y enloquecido, entre dos casas aisladas del mundo, cuyos habitantes descargan sus pasiones entre sí, con Heathcliff como tirano supremo.

Si alguien deseara leer más sobre Emily Brontë y Cumbres Borrascosas, recomiendo el ensayo La literatura y el mal de Bataille, la introducción de Paz Kindelán para Cátedra y la biografía de Winifred Gérin. Para quien no pueda leer la novela en inglés, me ha parecido que, de las traducciones que he leído y cotejado, acaso la de Rafael Santervás para Valdemar sea la que más fielmente refleje la fuerza del original.

Y uno de los autores que más me ha conmovido entre los últimos descubrimientos es el japonés Osamu Dazai. Si bien es un escritor que se suicidó junto a su amante en 1948, poco antes de cumplir 39 años, creo que su obra no se ha empezado a rescatar para el lector en español hasta hace pocos años. Lo mejor que he leído de él es Indigno de ser humano (1948), una obra escrita a tumba abierta.

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6 pensamientos en “El libro de mi vida

  1. Pues qué queréis que os diga. Más que de un libro soy lector de autores. Desde la infancia hasta la adolescencia me gustaron: Amicis, Twain , Tagore, Boixcar y, sobre todo, Víctor Mora, sin olvidar las historias maravillosas de Pulgarcito (Mortadelo y Filemón, Carpanta, las hermanas Gilda, Zipi y Zape, etc) y TBO.

    Después, hasta los 18 años: Dostoievski, Salgari, Cervantes, Galdós, Hugo, Dickens, Stevenson, Waltari, Malavasi, A. Machado, Jiménez, Cernuda, M. West, Guareschi, Camus, y otra vez Mora, Pulgarcito y TBO.

    Después ha habido de todo pero, por resumir, me quedo con: Chesterton, Ortega, Vasconcelos, Unamuno, Papini, , Shakespeare, Green, Le Carré, Waugh, Tolkien, Cela, Knox, Lewis, Ceram, Camba, Flórez, Cunqueiro, Joyce, Mann, Sánchez Albornoz, Madariaga, Kempis, y por finalizar con los clásicos, Aristóteles y Platón.

    Un apunte: no comparto con Borja que Orwell fuera un verdadero socialista. Él mismo, en su complejo pensamiento político, se autodefinió varias veces como un tory anarquista. Personalmente creo que era un liberal.

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  2. Tal vez no lea todo lo que se supone uno debería leer para poder hacer grandes citas con los colegas e impresionar a las chatunguis un sábado noche, bueno, ejem, este último tal vez no sea el ejemplo más adecuado. En todo caso, uno de los libros que más he disfrutado es sin lugar a dudas Rebelión en la Granja.

    Libro que ofrece una primera interpretación como crítica implacable de la dictadura estalinista, pero que en cualquier caso va mucho más allá, ya que esta pequeña joya nos revela la degradación moral que produce el poder, las contradicciones inherentes a todo proceso revolucionario y, lamentablemente, lo miserable de la condición humana. Porque ya se sabe: todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros. Curioso además que un libro escrito por un socialista de los de verdad fuera utilizado en USA como propaganda anti-comunista. Una delicia para cualquier tarde de verano.

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  3. Admiro vuestra memoria. Yo soy incapaz de recordar los nombres de los personajes de casi todos los libros que me marcaron. Debe de ser porque los devoré con ansiedad, o porque simplemente los devoré, desaparecieron y ya sólo son parte de mí. Aunque como nos recordaba Steve Jobs, “luego todo vuelve”, y uno es capaz de conectar puntos que parecían inconexos. Entre los escritores hacia los que siento agradecimiento están algunos ya mencionados como Baroja o Unamuno. Con este último he andado uniendo puntos inconexos últimamente. Desde que soy padre quizá. En buena hora leí “Amor y pedagogía”. Es para troncharse. Os lo recomiendo.

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  4. Si de entre los libros de mi vida tuviese que escoger uno, creo que me quedaría con El árbol de la ciencia, y con las discusiones filosóficas de su protagonista, Andrés Hurtado, con su tío Iturrioz. Ahí descubrí la palabra “ataraxia”, que designa una realidad –peligrosa– por mí bien conocida.

    Tomo nota de las recomendaciones que hacen los participantes en el debate, y apunto en un rincón especial Cumbres Borrascosas. La semblanza que Hermosilla hace de su autora me ha parecido… interesante.

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  5. He gozado absolutamente este combate… Gracias, de verdad, a los cuatro: nos han regalado textos para bucear, paladear, soñar.

    Si tuviera que decir un libro que me ha marcado, apostaría por uno que me noqueó las entrañas: ‘San Manuel Bueno, mártir’, de Unamuno. Sobre todo, por lo muchísimo que identifico con el protagonista, en el fondo el gran Unamuno: ese cura que quiere creer y no puede… Pero que revoluciona a toda su comunidad con lo más hondo de esa fe no vivida. Esa paradoja, a modo de puñal nostálgico, es la esencia del autor más admirado y a quien siempre llamo San Unamuno.

    Tampoco quiero dejar de citar otro que me removió mucho: ‘La sonrisa etrusca’, de Sampedro. Es otro libro a fuego lento… Es otra grandísima revolución, en este caso de la ternura, del amor más vivo.

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  6. Mi voto tiene que ser obligatoriamente para Esther Ginés porque menciona dos de mis tres novelas favoritas: Cien años de Soledad y La historia interminable. Sin embargo, tomo buena nota de las recomendaciones de todas y corro al Retiro a bucear entre casetas.

    ¡Impresionante combate!

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