España se juega su unidad en las elecciones catalanas

El próximo domingo 27 de septiembre se celebran elecciones autonómicas en Cataluña. Unas elecciones que mostrarán cuál es el grado de apoyo al proyecto independentista de Artur Mas, que ha planteado estos comicios como un plebiscito. Si la lista de Mas, Junts pel Sí, consigue una mayoría suficiente el proceso de constitución de Cataluña como Estado seguirá en marcha. El 27-S servirá además para ver con qué fuerza entra en el parlamento autonómico Catalunya Sí que es Pot, si Ciudadanos se confirma como el primer partido unionista, qué grado de apoyo mantienen PP y PSC y si la CUP tendrá la llave de la independencia.

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Nuevo tiempo para Cataluña, a pesar de todo

Tomás J. López *

Lo primero, confesar que sigo el proceso catalán con la serenidad, a veces distanciamiento, del extranjero. Está interesante, pero no es mi vaina. Y no me disculpo. Al contrario: desde dentro, desde el independentismo catalán, de un lado, o el españolismo, del otro, lo más que se ven son vísceras.

Dicho lo cual, a Cataluña le desearía que fuese aquello que su gente, democráticamente, decida ser. ¿Tan difícil es de asimilar que los pueblos deben elegir su futuro? ¿Y qué quiere ser la gente de Cataluña? Por lo pronto, no hay encuesta que no refleje, no tanto la victoria de la independencia, que pudiera resultar ajustada, como la existencia de una aplastante mayoría que desea votar sobre su estatus: que los dejen decidir, así sea para seguir como están.

En esta tesitura, y tras unas elecciones que posiblemente alumbren un parlamento catalán con mayoría independentista, las instituciones de aquel país deberían negociar con las españolas la fórmula y fecha para un referéndum de autodeterminación, como lo hubo antes en Escocia o en el Quebec. Creo que solo la capacidad del Estado de desatascar el conflicto por vías democráticas, junto con una buena propuesta hecha desde Madrid para un nuevo marco de convivencia, podría dar un resultado similar al escocés o quebequés: la permanencia de Cataluña en este Estado. Y aun así, se inauguraría un nuevo tiempo para Cataluña, para España y para sus pueblos: un tiempo en el que las relaciones y vínculos son por voluntad democrática y no por obligación.

Sin embargo, dudo que Rajoy, Sánchez, ni siquiera Iglesias, sean capaces de sentarse a negociar sobre el derecho a decidir de los catalanes. El nacionalismo español, el más potente de la península ibérica y tierras de ultramar, no lo permitirá a nadie que ocupe La Moncloa. Así que, con un parlamento catalán mayoritariamente independentista, lo más probable es que se siga avanzando hacia el choque de trenes. Cataluña podría estirar la cuerda hasta una declaración unilateral de independencia y en España se les podría llegar a ocurrir la derogación de la autonomía. Mojo con morena, que decimos aquí abajo.

Y aun con todo, a pesar de lo traumático de esta fórmula, el 27-S abrirá un nuevo tiempo para Cataluña. Por más que hablen de Artur, como si él solito hubiese montado esto, lo cierto es que Convergencia no se presenta, y Unió podría quedar en nada. El PP será más marginal que nunca, y el PSC, ni el recuerdo vago de lo que fue. Habrá un verdadero cambio del sistema de partidos, con Ciutadans, Sí que es Pot o la CUP de protagonistas. El pujolismo será materia para la Historia (y los tribunales). Punto y seguido a la larga etapa que va de la Transición a la gran crisis. Con la independencia como tótem, con la agitación de las diadas como símbolo, Cataluña está viviendo su particular e inexorable cambio de época. Da hasta pena imaginar a España de frente, de antagonista, como si no necesitase lo mismo.

* Tomás J. López es licenciado en Historia y periodista. Consejero y portavoz del grupo Somos Lanzarote en el Cabildo Insular de Lanzarote.

Cataluña, más que una nación, es un régimen

Miguel Ángel Malavia

Parto de una base: salvo que seas David de Gea, si eres futbolista y quieres irte de un club, al final te vas. Con Cataluña pasará lo mismo: si realmente el pueblo catalán, en su mayoría, no quiere ser España, al final dejará de ser España. Eso sí, ya que nos embarcamos en tamaña aventura (no deja de serlo desgajar a una sociedad de un miembro esencial), comprobemos al menos que, efectivamente, el proceso es limpio.

Permítaseme que lo dude. Varios síntomas así me lo hacen ver. El principal: si los soberanistas catalanes llevan años exigiendo un referéndum (“lo que quiera como mínimo la mitad más uno”), ¿por qué ahora, ante lo que quieren vendernos como un plebiscito y no unas elecciones autonómicas, ponen el listón en la simple suma de escaños? ¿Será porque las encuestas no indican que la mitad más uno de los catalanes que votarán el 27-S están realmente por la independencia? Y, ya de paso, ¿por qué, si todos sabemos que Artur Mas lideraría el proceso postelectoral, se esconde en el cuarto lugar de una lista? ¿El 28-S habrán de renunciar el primero, el segundo y el tercero de dicha lista? ¿Y esto no es una chapuza disfrazada de consenso?

Por cierto, ¿vieron al teórico número uno de la lista independentista, Raül Romeva, entrevistado en la BBC hace unos días? Hablo como ciudadano y periodista devorador de entrevistas a políticos de toda condición: hizo el ridículo. No tanto por lo que dijo entre balbuceos (que también), sino por un momento clave. Cuando el riguroso entrevistador (así son los periodistas de verdad, casi siempre británicos) le citó a Jordi Pujol, él se rió, como diciendo “ya me imaginaba que iría por ahí”… ¿Y qué esperaba? El otrora prohombre de Cataluña, líder de un clan envuelto en mil corruptelas, siguió el mismo patrón de los tunantes marca España que, cuando su poltrona se extiende durante décadas, se creen que un territorio es patrimonio personal (el PSOE en Andalucía o el PP en Valencia). ¿Lo peor? El sincero desgarrarse la camisa de una inmensa mayoría de la sociedad catalana, que se quedó boquiabierta cuando supo que su patrón había sido un ladrón. ¿De verdad resultaba tan extraño?

Tamaña ceguera solo la predispone un régimen, aunque sea plenamente democrático. Educación manipulada (y no hablo de la lengua), medios controlados (lo de TV3 supera las desfachateces de todas las televisiones autonómicas juntas, pues, a su servidumbre de un partido, suma el ser instrumento que alumbre el surgimiento de un Estado), equiparación de sus políticos con mesías que, en caso de ser investigados por la Justicia (de una democracia), reflejan un “ataque a la nación”… En definitiva, un estado de ceguera colectivo. Concluyo con otro guiño deportivo: ¿cómo se entiende, si no, que la simple apelación a que una Liga catalana integre a todos sus clubes de fútbol sea vista como un estrambote españolista? Porque, digo yo, ¿para qué quiere ser el Barça campeón de España pudiéndolo ser de la anhelada Cataluña?

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Un pensamiento en “España se juega su unidad en las elecciones catalanas

  1. Parece que Junts pel Sí (habilísima maniobra de Mas para fagocitar a ERC, que estaba subiendo como la espuma en las encuestas) ha perdido un plebiscito que nunca fue tal. Interpretaciones interesadas aparte, a día de hoy, parece que Mas -más que amortizado para la causa- va a tener que ser sacrificado para seguir adelante con el proces. Siempre y cuando las CUP sean fieles a lo que llevan diciendo toda la campaña (y de momento no hay motivos para pensar que no vayan a serlo). Personalmente, me parece una locura seguir adelante con un quilombo de tal magnitud visto el porcentaje de las fuerzas independentistas. Aunque también tengo claro que sin una convocatoria con una pregunta clara es estéril calibrar qué porcentaje de catalanes está realmente a favor o en contra de tener un estado propio.

    En todo caso, hay, catalán arriba catalán abajo, 2 millones de personas que no quieren ser españolas. Y el Gobierno español reacciona imputando a Mas. Me parece una situación que requiere una altura política que no veo por ningún sitio ni a un lado ni al otro del Ebro. Y así, nos espera cada vez más matraca patriotera retroalimentada por ambas partes. En condiciones normales pensaría que la burguesía catalana acabará reculando en cuanto vea su cortijo peligrar, llamados a filas por el capital (ya hay ejemplos similares, que no iguales, en la historia reciente de España). Pero veo posiciones cada vez más encastilladas. El Gobierno central tampoco se puede permitir perder el granero de votos de la extrema derecha y va a seguir con la estrategia de no hacer nada pero de decir mucho sin decir nada y judicializarlo todo.

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