Tiempo de pactos o de nuevas elecciones

Las elecciones generales del 20 de diciembre dejaron muchas cosas en el aire y un Parlamento en el que el bipartidismo pierde bastante terreno pero aguanta el envite de los emergentes. El Partido Popular (123 escaños) volvió a ser la fuerza más votada y el PSOE (90) salvó los muebles gracias a su fiel Andalucía. Podemos y sus marcas territoriales (69) se quedaron cerca en votos de los socialistas y Ciudadanos (40) no cumplió con las expectativas anteriores a la campaña. Ahora se abre un periodo para negociar una investidura sin mayoría absoluta con la sombra de unas nuevas elecciones en la mente de todos. Para analizar las posibilidades de futuro se suben a nuestro ring dos auténticos pesos pesados.

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No es la segunda Transición

Miguel Ángel Malavia

Mariano Rajoy no es Adolfo Suárez, Pedro Sánchez no es Tierno Galván y, desde luego, Pablo Iglesias no es Santiago Carrillo. Me encantaría formar parte de la explosión de algarabía que algunos ostentan y felicitarme porque esta es la oportunidad idónea para que nuestros políticos demuestren que son personas con altura de miras y entrarán en una dinámica de pactos que salvaguarde, ante todo, el mínimo y esencial bien común.

Será que soy un gruñón, pero soy de los convencidos de que dentro de tres meses estamos votando de nuevo en unas elecciones generales. En ellas, por cierto, cuando la mayoría de la gente vaya a “asegurarse” y no haya tanto voto fraccionado, creo que los sufragios se van a concentrar en dos opciones: en la derecha, el PP; en la izquierda, aunque la lógica dicte que se opte por “lo malo conocido”, tengo la sensación de que Podemos se comería a un PSOE liderado por un timorato Pedro Sánchez.

Precisamente, en el líder socialista está la clave de bóveda de los próximos acontecimientos. Y es cierto que su posición es complejísima: si se abstiene con Ciudadanos y deja gobernar a Rajoy, el PSOE muere por una década, siendo muy pocos los que le reconoceremos su generosidad por asegurar un Ejecutivo estable en un tiempo convulso (y que no tendría la barra libre de la mayoría absoluta, sino que habría de vérselas con su función fiscalizadora). Si trata de aglutinar a la izquierda, entonces también se arroja al vacío: no solo es que Podemos sería su gran sustento y a la vez su gran devorador de apoyo popular (salvo que Pablo Iglesias se empeñe en lo contrario, como hace ahora, haciendo ver que su prioridad es un referéndum en Cataluña y no un conjunto de políticas sociales de choque); no solo es que IU habría de aliarse al fin con el liderazgo podemita que los acaba de rechazar como pareja de baile; no solo es que deba contar con los independentistas catalanes de ERC o la antigua Convergencia que se están saltando la ley a la torera; no solo es que, como mínimo, habría de contar con la abstención de un PNV que no se ha echado al monte con Urkullu pero sí está en sus antípodas ideológicas… Es que habría de lidiar con todo eso a un tiempo. Ahora y durante una legislatura. Porque, por si faltara poco, debería sacar cada ley de mínimos con efecto retardado, pues le sería devuelta tristemente por un Senado con mayoría absoluta azul.

Haga lo que haga, Pedro Sánchez está abocado al fracaso. Obviamente, no es la solución ideal, pero lo más razonable sería volver a convocar a los españoles y que estos opten por la brocha gorda. Es triste, sí, pero toca aceptar un drama: ni somos Suecia ni nuestros políticos actuales tienen la capacidad de consenso de los que pergeñaron la Transición desde el empuje de un pueblo ilusionado.

Una reválida para la izquierda

Javier Moya G.

Si usted no votó al PP y piensa que el resultado de las elecciones del 20-D fue malo, quizá debería hacerse esta pregunta: ¿habría firmado yo este resultado hace dos meses? Yo, desde luego, lo habría firmado. Por eso no creo que sea un mal resultado. Evidentemente, tampoco fue bueno. Que una banda mafiosa liderada por un cacho de carne con ojos y barba vuelva a ser la fuerza más votada en España nunca puede ser buena noticia, aunque en el camino se hayan dejado tres millones y medio de votos.

El PSOE sigue de derrota en derrota hasta el batacazo final. Si no ha llegado ya esa debacle es porque en Andalucía la maquinaria del clientelismo sigue bien engrasada. Los socialistas tienen ahora la pelota en su tejado para abstenerse y dar el gobierno al PP, en lo que sería una gran coalición low cost, o forzar nuevas elecciones. En ninguno de los casos me gustaría estar en el pellejo del PSOE. La opción de abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy o Soraya Sáenz de Santamaría sería difícil de vender a su electorado, aunque Pdro Snchz tendría cuatro años para recuperar imagen, con la inestimable colaboración de los medios de masas y los mercados, que le convertirían de la noche a la mañana en todo un hombre de Estado por su sacrificio en pos de la gobernabilidad. Esta es, para mí, la opción más probable y la peor de las dos.

En el otro supuesto, más improbable, el PSOE vota en contra de la investidura de Rajoy, desbarata la Operación Menina para hacer presidenta a Soraya y hay que convocar nuevas elecciones en primavera. Las dos opciones tienen sus ventajas y sus riesgos. Sin embargo, estoy convencido de que si la izquierda entiende que unos nuevos comicios serían una reválida para redimir sus estúpidas luchas cainitas, este es el mejor escenario posible. Porque entonces, sí que sí, saldrían a ganar. Y eso en muchas provincias tiene un efecto multiplicador con la cosa del voto útil.

Permítanme que la opción de un gobierno de Pedro Sánchez apoyado por la izquierda española y catalana ni la contemple. Con el panorama salido del 20-D y el quilombo que hay en Cataluña sería peor el remedio que la enfermedad, un suicidio.

La opción de repetir las elecciones también tiene sus riesgos. Los mercados se pondrían nerviosos y contribuirían a alimentar el clima de desgobierno para forzar al PSOE a pactar la gran coalición low cost. Además, una vez comprobado que la burbuja de Ciudadanos estaba inflada con gaseosa y demasiada cocina demoscópica, el PP se pondría morado (metafóricamente, por supuesto) a fagocitar a los naranjas en muchas provincias y subiría de los 123 diputados actuales casi seguro. Con lo larga que se le ha hecho la campaña, me da en la nariz que Albert Rivera es el que menos ganas tiene de que se repitan las elecciones.

En todo caso, nos esperan meses de globos sonda, de cenas en reservados, de mercadeo y de mucha propaganda. El PP hará cualquier cosa por gobernar, pero habrá que ver hasta dónde llega el cheque que le pone encima de la mesa al PSOE.

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