La dependencia occidental de la inestable economía china

Las dudas sobre la salud de la economía china han hecho temblar a muchos analistas occidentales. Se teme que el frenazo que está sufriendo el gigante asiático tenga consecuencias desastrosas en nuestras sociedades, que sea el origen de una profunda crisis global. “Cuando miro a los mercados financieros, me recuerdan a la crisis de 2008″, ha dicho George Soros. ¿Qué está ocurriendo en China? ¿Y cómo nos va a afectar? Nuestros tres economistas de referencia dan su punto de vista al respecto.

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El modelo chino se agota

Luis Carlos Grandal *

Lo primero que nos asalta al pensamiento cuando nos referimos a China es que es un país de grandes contrastes. Frente a la actual ampulosidad en la que viven unos cuantos millones, muchísimos millones más experimentan las más degradantes miserias. China es la segunda economía mundial por PIB (9,8 billones de dólares) pero es también uno de los países más miserables del mundo (7.600 dólares de renta per cápita). Difícil papeleta tiene su presidente Xi Jinping, del ala más liberal del PCCh, obligado a hacer profundas reformas en donde los cambios económicos no se pueden llevar a cabo sin tener en cuenta los cambios políticos. Los desafíos son ímprobos: las desigualdades sociales, las crecientes protestas de la población, la corrupción, los problemas medioambientales, las tensiones con sus vecinos en Asia, las ascendentes peticiones de reformas políticas de los ciudadanos, los derechos humanos y, en particular, la ralentización de la economía, que los expertos consideran como el agotamiento de un modelo económico. Las contradicciones económicas y sociales chinas parecen estar acercándose a un límite.

Los dos grandes bloques regionales que tienen más transacciones comerciales con China son la UE y EEUU. La UE tiene un comercio con China superior a los 300.000 millones de euros, según datos de la Comisión. Alemania es el país más beneficiado, con unas exportaciones de unos 20.000 millones de euros. Para Estados Unidos, las exportaciones de bienes y servicios a China representaron en 2014 un total de 167.000 millones de dólares, un 545 % y un 733 % más, respectivamente, que en 2001, según el informe del presidente Obama al Congreso, de diciembre de 2015. Para España, las relaciones comerciales son poco relevantes, poco más de 3.000 millones de euros en 2013, según la Secretaría de Estado de Comercio.

Es evidente que por razones de globalización, lo que sucede en China nos afecta. Pero no directamente, sino por el comercio que China mantiene con Latinoamérica, especialmente con Brasil o Argentina, donde sí tenemos intereses comerciales fuertes. China ha crecido desde 1979 a una media del 9 % del PIB, aunque en el último año lo ha hecho al 6,8 %. Si compra menos materias primas en Latinoamérica las economías de países emergentes crecen menos y eso nos afecta a nosotros. Por otro lado, el estallido de la burbuja inmobiliaria y financiera ha repercutido en varias devaluaciones del yuan. En Europa, Alemania es el país más afectado, dado que exporta el 50 % de lo que produce y China es un mercado relevante para sus bienes y servicios. Si Alemania decrece, Europa decrece. Esta es la verdadera cuestión de fondo. Pero hay más.

China incumple sistemáticamente los acuerdos de la OMC que firmó en 2001. Sus productos en el exterior se venden con dumping y, por el contrario, somete a trabas irregularmente proteccionistas a las inversiones y los productos extranjeros que se venden en su mercado. El espionaje industrial en tecnología y software es otro caballo de batalla. Así las cosas, no parece que las reglas de juego que quiere imponer sean recíprocas. Aquella famosa frase pronunciada por Deng Xiaoping, “qué importa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones”, solo beneficia a los chinos, pero no al libre comercio mundial. En algún momento habrá que poner sobre el tapete otras reglas que beneficien a todas las partes y mantenerse firmes en que no todo vale.

* Luis Carlos Grandal es profesor de Periodismo Internacional y Periodismo Económico en la Universidad Carlos III de Madrid.

China es el problema

Tte. Giovanni Drogo *

Esta parece ser la conclusión de la mayoría de los economistas que creen que un fantasma recorre el mundo de nuevo, una recaída en la crisis que comenzó en 2007 y que se va desplazando dejando heridas abiertas allí por donde pasa.

Sin duda China tiene una gran cantidad de problemas acumulados. Una burbuja financiero-inmobiliaria ante la que palidece la española, un exceso de capacidad fabril que no puede dar salida a sus productos porque el comercio mundial se está encogiendo, una demografía insostenible a medio plazo que va a combinar una población envejecida con la insuficiencia de la generación que ha de sostenerla debido a la política del hijo único… Los síntomas más evidentes de esos problemas serían la voluntad del Gobierno chino de cambiar el modelo económico basado en las exportaciones por otro basado en el consumo interno, las abruptas caídas de sus bolsas, las sucesivas devaluaciones del yuan y las dudas de que su crecimiento real sea del 7 %, ya que esta cifra no es coherente con otras como el consumo de energía, de hierro, de cemento o de transporte. La cristalización de todo esto podría tener consecuencias en el ámbito político en un futuro próximo, porque lo único que legitima al régimen chino es su promesa, hasta ahora cumplida, de que sus ciudadanos mejorarán sus condiciones de vida. (Conviene recordar que durante el siglo XX fue el país más convulso del planeta).

Que los problemas de China se pueden transmitir al resto del mundo es claro, estamos hablando de la primera potencia comercial. ¿Cómo? La respuesta fácil sería que de igual manera que se han transmitido los problemas de las economías avanzadas a China debido al alto grado de integración. Pero una respuesta más específica nos obliga a pensar en lo que ya está pasando en Latinoamérica y en otras economías emergentes, que vivieron años de expansión gracias a las importaciones chinas de materias primas, y esto afectará a otros países que, como España, tienen allí importantes inversiones y mercados. Las sucesivas depreciaciones del yuan harán sus exportaciones más baratas, lo que redundará en los peligros deflacionistas de las economías avanzadas. Las bolsas de estas economías siguieron en buena medida las bajadas de las chinas, y pueden seguir haciéndolo. Pero la posibilidad más inquietante es que China deje de ser el gran financiador de la deuda de los estados, especialmente de EEUU, ya que posee el 20 % del total de sus emisiones.

En un momento en que las economías avanzadas no acaban de despegar, el que se consuma una crisis en China es calificado por algunos economistas de “aterrador”. De aquí la incertidumbre que se vive en estos momentos. Nadie sabe lo que va a pasar, pero muchos se temen lo peor.

* Tte. Giovanni Drogo es economista. Y escribe desde la Fortaleza Bastiani.

Se traspasa

Juan Llona *

Cultura milenaria, reencuentro espiritual, medicina alternativa y artes marciales. China, un gran país en donde podrás encontrar todas estas cosas y, además, fabricarán todo lo que tus necesidades banales de corte occidental abarquen. Un imaginario colectivo lejos de la triste realidad del país.

De su cultura milenaria podríamos decir justo eso, que data de hace mil años, y o no ha evolucionado o ha muerto. La cultura china es la del juego y el consumo limitado pero desproporcionado. El reencuentro con uno mismo en viajes espirituales parece funcionar sólo en los foráneos, y de su medicina alternativa qué vamos a decir… Para quedarme “agustito” un masaje o unas agujas clavadas a lo Hellraiser son pasables, pero para curarme de verdad prefiero nuestra medicina tradicional, la del método científico.

No me voy a atrever a responsabilizar a nadie de la situación de pobreza material, cultural y de valores que sufre la población china. No sé si es la herencia de la dinastía Qin, de Mao o de Mahou. Lo cierto es que, en gran medida, el destino de más de 1.400 millones de chinos depende de los planes quinquenales diseñados por una corrupta casta política pseudocomunista.

Básicamente, la estrategia en las últimas décadas ha sido la siguiente: Occidente genera tremendos déficits que debe financiar. China ofrece mano de obra barata y la posibilidad de albergar industrias que funcionan con unos niveles de seguridad laboral y medioambiental que cortarían la respiración a cualquiera que viva a este lado de los Urales. Además, ofrece hábitos de consumo poco exigentes. Neto, China financia los déficits generados por los altos estándares de vida en Occidente acumulando el mayor reservorio de bonos y divisa extranjera del mundo (cuatro billones de dólares americanos en 2014). La población abandona el campo atraída por un plato adicional de arroz en la ciudad, que puede que lleve algo de carne. Y perder un brazo en la acería o disminuir la esperanza de vida 20 años por la inhalación de gases tóxicos durante la jornada laboral, aunque nada improbable, no supone mayor riesgo que desechar la idea del plato adicional y algo de esperanza. Hay mucho déficit que financiar, muchas fábricas que levantar, muchos millones de chinos que atraer a las nuevas ciudades industriales. Y como una flor destaca más en el desierto que en un campo de flores, las tasas de crecimiento del PIB se disparan hasta el doble dígito.

Llega 2008, y toda la deuda acumulada es una bola de nieve demasiado grande apunto de estrellarse contra un muro de hormigón. Pero, ¿quién decide la hora de reventar la bola? Los mercados, claro. Ellos lo guisan y ellos se lo comen, y si está intoxicado, también. Problema: los mercados, como Hacienda, somos todos. El statu quo mantenido con China pasa a ser de “desequilibrio macroeconómico” –aunque lo fuese desde su mismísima concepción–, y hay que empezar a ahorrar. China debe, por tanto, empezar a consumir y abandonar las viejas industrias que ya no rinden como años atrás. De hecho, muchas fábricas sobreviven gracias a las subvenciones estatales. Ahora Occidente está reculando y quiere recuperar parte de la capacidad de manufactura perdida. Y se hace necesaria una nueva decisión sobrevenida sobre la redistribución de la riqueza y la locación del capital. El capital…

Después de todo China acaba siendo esclava del capital. Lo fue desde el comienzo. Más que nadie.

Así que, por la presente, lamento comunicarles que no puedo aceptar la oferta para mi traslado y el de mi familia a la ciudad de Shanghai. Atentamente. Un ciudadano europeo.

* Juan Llona es gestor de fondos de inversión.

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