Propuestas para una reforma de la Constitución

Hace algo más de 37 años que fue aprobada en referéndum la Constitución Española. Desde entonces, sólo dos reformas: una en 1992 para adaptarse a los criterios del Tratado de Maastricht sobre el derecho a voto de los ciudadanos comunitarios y la de 2011, pactada por PSOE y PP para anteponer el pago de la deuda a cualquier otro gasto de las administraciones públicas. Cada vez son más las voces que piden una reforma del texto de 1978, pero no todos coinciden ni en lo que se quiere cambiar ni cómo. Nuestros púgiles se suben hoy a la lona para defender qué cambiarían o cómo les gustaría que fuera la Constitución Española.

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Test constitucional

Borja Palacios

¿La Constitución Española aprobada en 1978 instituyó un régimen político más o menos homologable al de otros regímenes “democráticos de nuestro entorno europeo”? SÍ. ¿La CE de 1978 fue votada por una mayoría democrática de españoles? SÍ. ¿Sirvió para otorgar un amplio nivel de autogobierno a las nacionalidades históricas? SÍ. ¿Fue negociada en un contexto de ensordecedor ruido de sables y de actuación “incontrolada” de los grupos de extrema derecha parapoliciales? SÍ. ¿Fue aprobada gracias al entreguismo pactista del PSOE/PCE y a la marginación de la izquierda radical? SÍ. ¿Dotó de una cierta legitimidad retrospectiva al régimen franquista al no existir una ruptura democrática plena? SÍ. ¿Aseguró la pervivencia de las élites oligárquicas franquistas? SÍ. ¿Desmanteló el aparato judicial y policial represivo del franquismo? NO. ¿Permitió que la ciudadanía se manifestara libre y expresamente sobre la dicotomía república vs. monarquía? NO. ¿Blindó jurídica e institucionalmente al Jefe de Estado designado por el franquismo? SÍ. ¿Otorgó una preponderancia injustificada a la Iglesia Católica en lugar de establecer un Estado laico? SÍ. ¿Vino acompañada de una normativa electoral destinada a favorecer la consolidación de una democracia formal bipartidista? SÍ. A partir de todo esto saquen ustedes sus propias conclusiones sobre lo que tenemos y lo que deberíamos tener.

Orgullosa de ser yo misma

Manuel Gallego López *

Recuerdo perfectamente aquel diciembre de 1978 en el que vi la luz por primera vez. Mi aparición simbolizó la reconciliación de derechistas, socialistas, comunistas y nacionalistas, ya que todos ellos consensuaron mi creación. La población, ilusionada con mi nacimiento, salió a las calles con la sensación de que había llegado la ¡democracia! y la ¡libertad! Y yo, claro, con un orgullo que no me cabía en mis 169 artículos.

Sin embargo, hoy en día, los jóvenes, que poco o nada saben de la vida, me llaman vieja. Vieja era la de 1876, pero yo… ¡si no llego ni a los cuarenta! También me acusan de no adaptarme a los nuevos tiempos, de no cambiar; qué olvidadizos son, no recuerdan aquel septiembre de 2011, en el que la Unión Europea pasó a formar parte de mi vida. Cierto es que la presentación no fue como esperaba, pero supe que había hecho una amistad perpetua.

Puedo reconocer que comienzo a tener achaques derivados de la edad, pero yo soy de otra época. Sinceramente, a mí que me reine una mujer me chirría. Y a esos catalanes, que hablan de acabar con la integridad de España, les mandaría el Ejército sin pensármelo dos veces.

Pero también me gustaría preguntar a todos aquellos que me cuestionan: ¿hasta qué punto la culpa es mi forma de ser o es de ciertas personas que no me permiten ser como soy? A los primeros les pido que exijan que me apliquen sin censura, así sabría exactamente en lo que tendría que cambiar, pero, mientras tanto, no me critiquéis tan alegremente.

Ya os he dado libertad de expresión, sindicación o de libre enseñanza, derechos de asociación, manifestación, e incluso la participación directa en los asuntos públicos. ¿Qué más queréis de mí? Quejaos a otros, yo no puedo hacer más.

* Manuel Gallego López es historiador y de Fuencarral.

Una constitución sin miedo

Tomás J. López *

Como todo texto, las constituciones son producto de su tiempo. La del 78 se promulgó tres años después de la muerte del dictador y apenas dos y medio antes de un golpe de Estado. En aquel año, ETA mató a 65 personas y, según calcula Mariano Sánchez Soler en La transición sangrienta, la violencia política se cobró 591 víctimas en los ocho que rodearon la promulgación de la Carta Magna; en casi un tercio de ellas estarían implicados los múltiples resortes del propio Estado español.

Que la Transición española pudo despertar ilusión es cierto; que para narrarla se ha terminado echando mano del ilusionismo y el maquillaje, también. Aquel fue, entre otras cosas, un tiempo de miedos: entre los más fuertes, a la verdadera ruptura democrática y a los demonios que esta pudo desencadenar.

El primer ejemplar que se imprimió de la Constitución se abre con un águila imperial, escudo del franquismo. Además, en ella, el derecho a la formación religiosa aparece antes que la gratuidad de la educación (artículo 27); el derecho a la sanidad gratuita ni siquiera está, mientras la unidad de Estado está garantizada por las Fuerzas Armadas, en vez de la voluntad de los pueblos y la gente.

Casi 40 años después, en un fin de ciclo marcado por unas crisis económica e institucional sin precedentes, quizás los españoles merezcan un texto magno construido sin miedos, que corrija todo eso. Si quisieran salvar, además, los órdagos que comprometen la integridad del Estado, el proceso constituyente debería ser de abajo hacia arriba, preguntando a los pueblos y sus gentes qué España quieren, antes incluso de redefinir España. Claro que persiste una España que sigue sin estar dispuesta. Y por eso, salvados los miedos que contuvieron a la otra, pareciera que solo queda hablar del famoso “choque de trenes”.

* Tomás J. López es licenciado en Historia y periodista. En la actualidad, consejero del Cabildo Insular de Lanzarote por Somos Lanzarote.

Montesquieu en la Constitución

Miguel Ángel Malavia

Se habla mucho de la reforma de la Constitución, pero todo queda en tal generalidad que muchos aprovechan para promover otro debate: donde dicen “reforma” en el fondo quieren decir “ruptura”, pretendiendo abolir la Constitución. Así que mejor hablemos al fin y de un modo real de la necesaria reforma de la Carta Magna, la más fructífera en toda nuestra historia por una esencia a salvaguardar: que no es de derechas ni de izquierdas. En ella cabemos todos.

Mi propuesta es anular algo que le resta enormemente credibilidad democrática. En el punto 3 del artículo 122, dentro del Título VI, que regula el Poder Judicial, se dice así: “El Consejo General del Poder Judicial estará integrado por el Presidente del Tribunal Supremo, que lo presidirá, y por veinte miembros nombrados por el Rey por un periodo de cinco años. De estos, doce entre Jueces y Magistrados de todas las categorías judiciales (…); cuatro a propuesta del Congreso de los Diputados, y cuatro a propuesta del Senado, elegidos en ambos casos por mayoría de tres quintos de sus miembros, entre abogados y otros juristas, todos ellos de reconocida competencia”. El punto 2 del artículo 123 recoge esto: “El Presidente del Tribunal Supremo será nombrado por el Rey, a propuesta del Consejo General del Poder Judicial, en la forma que determine la ley”. Y el punto 4 del artículo 124 dispone de este modo: “El Fiscal General del Estado será nombrado por el Rey, a propuesta del Gobierno, oído el Consejo General del Poder Judicial”.

Podría citar a Montesquieu, pero lo voy a reclamar de otro modo: señores políticos, representantes del Poder Ejecutivo, ¡alejen sus sucias manos del Poder Judicial! Una democracia en la que no haya una absoluta y radical separación de poderes es una falsa democracia.

Una constitución blindada

Javier Moya G.

La cosa entre España y las constituciones no empezó muy bien, por mucho que se haya dicho después. Fue en Cádiz, un mes de marzo de 1812 y con Napoleón intentando hacer un coitus interruptus. Tampoco hizo falta. Quizá ninguna de las dos partes estaba preparada para una relación como la que se proponía en La Pepa. La vida siguió y después llegaron otras: en 1837, en 1845, en 1856 –frustrada antes de la primera cita–, en 1869, ese amor duradero pero dañino que comenzó en 1876 y la de 1931, que empezó llena de pasión pero que una parte de la familia nunca aceptó y acabó en una ruptura de la que todavía ninguna de las dos partes se ha recuperado del todo.

Después de 40 años de abstinencia nacional-católica, llegó 1978. No había que precipitarse, los padres en este caso colaboraron en que la cosa funcionara aunque hubo alguno que intentó torpedearla. No fue fácil, se podría haber hecho mejor, pero aquí estamos acercándonos a los casi 40 años de relación aunque parece que últimamente se nos está rompiendo el amor.

Lógico. Suele pasar cuando una de las partes cambia y la otra se empeña en seguir como el primer día. Esa constitución que se hizo en una situación de emergencia no vale tal cual está para la España de hoy. Tampoco creo que haya que demolerla, pero sí hacerla más flexible para adaptarla a los cambios de la sociedad española. Esa es la clave: quitarle el blindaje y permitir que evolucione. Abrir un melón de manera ordenada para poder decidir qué forma de Estado queremos, si queremos seguir siendo esclavos del artículo 2, cuántas cámaras hacen falta para legislar o si hay que mostrar el mismo celo para aplicar el 128 y 129 como para el 135. Sentarnos y hablar de nuestras cosas. Sin traumas.

Condicional constitucional simple del verbo “poder”

Guillermo Llona

La Constitución podría fijar un sistema electoral realmente proporcional por el que los ciudadanos españoles estuvieran mejor representados que hasta ahora en el Congreso de los Diputados. Podría establecer la circunscripción única para las elecciones generales y que, verbigracia, los escaños a repartir en la cámara baja fuesen 200 y sentarse en uno costase el 0,5 % de los votos. Podría prescindir del Senado, ese michelín legislativo habitado por mindundis y elefantes moribundos en cuyo fuero ha encontrado refugio algún que otro bellaco. Podría evitar que los “imputigados” pudiesen calentar cuero en la Carrera de San Jerónimo. Podría consolidar la independencia del Poder Judicial cargándose el CGPJ e imponiendo en el Congreso mayorías muy amplias –de dos tercios de sus señorías, por ejemplo– para el nombramiento del fiscal general del Estado, el presidente y resto de magistrados del Tribunal Supremo y los doce magníficos del Constitucional. Podría reconocer a los pueblos que hoy integran el Reino el derecho a decidir si quieren seguir formando parte del mismo. Podría permitir la celebración de referéndums vinculantes al respecto en aquellas regiones en cuyos parlamentos autonómicos una mayoría cualificada de diputados –¿tres quintos?– lo solicitase. Y podría admitir la secesión de los territorios en los que esa misma mayoría cualificada de votantes decidiese abandonar el proyecto común.

La Constitución también podría reconocernos el derecho a irnos al otro barrio en condiciones dignas, cuando y como lo decidiéramos o lo decidiesen nuestros seres queridos en caso de que nosotros no pudiéramos hacerlo. Podría reconocer el derecho a vivir del no nacido, y el de la gestante a interrumpir el embarazo siempre y cuando éste pusiese en riesgo su vida, fuera fruto de una violación o cuando el feto sufriese graves malformaciones. La Constitución podría hacer de este tinglado un proyecto más razonable, más decente, más atractivo. Podría, si España no fuera España.

Sobre la Constitución española

Albert Hammond *

Habiendo escrito un artículo serio y meditado sobre las modificaciones que considero oportunas que habría que hacer a la Constitución, me he percatado, a medida que lo escribía, que da bastante igual cómo se compone dicho texto si, a fin de cuentas, lo importante no es el texto sino el juez. Vamos, que poco importa el calibre de la pistola porque importa más quien la esgrime.

Leyendo artículos de nuestra Carta Magna uno se encuentra perlas como las siguientes:

Los poderes públicos establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción. ¿Se imagina usted a Cayetana de Alba rasgándose las vestiduras porque dicho artículo no se aplica en sus latifundios? ¿Se habrá dedicado alguna columna en algún periódico al respecto?

Nadie podrá ser privado de sus bienes sino por causa justificada de utilidad pública o interés social. ¿Se referirá a que OHL arrample con el huerto del tío Manolo para hacer una autopista “de utilidad pública” o para que Banco Santander ceda sus generosos ingresos a paliar la desnutrición infantil?

Las Fuerzas Armadas, tienen como misión, defender la integridad territorial y el ordenamiento constitucional. ¿Con la ley en la mano, nuestros capitanes amenazarán a las tropas invasoras de Estados Unidos, o al parlamento de Cataluña elegido según la ley?

Los partidos, los sindicatos y las asociaciones empresariales […] su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos. Cualquier funcionamiento democrático de dichas organizaciones es pura farsa.

Creo que jugar a modificar la constitución en este punto o en aquel otro, incluso si esto fuera una realidad, sería un esfuerzo estéril. Una constitución es el tejado legal y no los cimientos de una sociedad y, por supuesto, ampara a una parte de la sociedad y no a su conjunto.

Albert Hammond es licenciado en Historia y analista político de barra de bar.

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7 pensamientos en “Propuestas para una reforma de la Constitución

  1. Yo en primer lugar obligaría a aplicar la Constitución actual con plenos derechos y a partir de aquí la actualizaría, no puede ser que en el artículo 15 todavía ponga: “Queda abolida la pena de muerte, salvo lo que puedan disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra”, aunque años después la aboliesen en la Ley Militar. O que todavía aparezca el servicio militar, mili. A mi, quizás, el artículo que más miedo me da es el 8: “Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional”.
    En cuanto a que cambiaría es muy dificil aparte de las actualizaciones propias, quizás intentaría defender por Constitución el “Estado de Bienestar” o las necesidades básicas de las ciudadanos, dependiendo si eres clase media u obrero.

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  2. Espero que a mis contrincantes no les siente mal este comentario: en sus piezas echo en falta algo más de concreción. ¿Dónde están sus propuestas para reformar la Constitución? Más allá de que de nuestra Carta Magna les guste mucho o no les guste nada este punto o el otro, ¿qué cambios harían en el texto constitucional? Cambios concretos. No quiero que me cuenten todos los que a ustedes les gustaría hacer, pero por lo menos sugieran alguno. No sé… un par. (Y ahora me aseguro de que tengo puesto el protector bucal. Ya está. ¡Listo para recibir!)

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    • Reitero lo dicho en mi articulo… de poco serviria cambiarlo. Más aún considerando que a cada ley, su trampa.
      De todos modos creia mejor comentar dicha realidad que realizar un articulo trufado de lugares comunes (república, separación de poderes, ley electoral…)

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      • Camaradas, este de los comentarios es un espacio cojonudo para bajar a la arena y seguir concretando propuestas. Yo me he centrado en la separación de poderes real, pero añadiría más. Por ejemplo: igualdad de género en el acceso a la Jefatura del Estado. Increíblemente, se beneficia al varón frente a la mujer.

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    • Referéndum sobre monarquía o república, derecho de autodeterminación, nacionalización de los sectores estratégicos y salario mínimo garantizado de 1200€ al mes.

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      • tienes uno aun mejor en la actual “Los poderes públicos establecerán los medios que faciliten el acceso de los trabajadores a la propiedad de los medios de producción”

        aun no doy credito a mis ojos… “medios de produccion”!!!

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