El “Brexit” interpela a toda Europa

El pasado 23 de junio, un 51,9 % de los británicos votaron en contra de permanecer en la Unión Europea. Reino Unido se convierte así en el primer Estado que se va de la UE y deja una profunda crisis en el seno de los ahora 27. En el país británico el referéndum también ha creado una profunda división social y territorial. Varios días después del “Brexit”, dos de nuestros pesos pesados se suben al ring para intercambiar golpes sobre las consecuencias de la salida del Reino Unido.

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Miedo

Miguel Ángel Malavia

Miedo. Miedo que paraliza. Miedo que te lleva a votar con los ojos cerrados y la nariz tapada para evitar que ascienda algo que temes más aún de lo que te asquea (lo acabamos de comprobar en España). Miedo que estalla, como lo hizo en los años 20 y 30 del pasado siglo. Miedo que te lleva a encerrarte en ti mismo, que devuelve a las sociedades a la caverna del egoísmo para exhalar un grito gutural, primario.

De ese miedo se alimentan los populismos. Han clavado sus garras en la Unión Europea (UE). La presa está atenazada con sus fauces, que ya reciben la sangre ajena. El Reino Unido ha dado un portazo a la República Europea Unida. Y lo peor es que no solo lo ha hecho porque la UE haya quedado desnuda en su mentira: el proyecto humanista que soñaron Robert Schuman y el resto de padres fundadores se ha convertido en un ente frío y sin alma, un instrumento enfocado en buena parte a privilegiar a las élites para que estas sean más ricas de lo que lo eran ayer. Lo dramático es que el pueblo británico lo ha hecho en buena parte por xenofobia, por odio al extraño. Por miedo.

En una UE anclada realmente en sus supuestas raíces (ya saben, los derechos humanos por bandera) se debería debatir con rigor y afán constructivo si los estados miembro han de recuperar parte de su soberanía o no o si las decisiones de Estrasburgo han de ser inapelablemente aplicables o no. Pero no, llevamos meses comprobando cómo la UE es mentira: ante la mayor crisis migratoria de la Historia, con decenas de miles de refugiados clamando ante nuestras puertas para sobrevivir, la respuesta ha sido repetir imágenes que, al verlas ya en los libros de Historia, nos horrorizaron: campos de concentración, trenes conduciendo a seres humanos como si fueran ganado, vallas de espinas, muros… Miedo, mucho miedo.

Por si esto fuera poco devastador, aún nos encontramos en nuestras propias sociedades a esa minoría creciente y opositora a mayoría que señala a esas personas migrantes como un chivo expiatorio. Ya saben, los ingleses, franceses o españoles primero. Y, si esa UE nos impide forzar la máquina de expulsión todo lo que podamos, pese a hacerlo con cumbres de “emergencia” inservibles (salvo para consolar falsas conciencias) o multas por incumplimiento de los acuerdos conjuntos que se convierten en un modo de “pago por quitarme de en medio un problema”, lo mejor es irse. El Brexit es el triunfo del egoísmo, de la mentira. Lo celebran los populistas. Marine Le Pen y compañía ya reclaman referéndums de salida para sus países. Donald Trump, el lobo que acecha, descorcha el champán.

Vamos, otra vez, hacia un mundo regido por el miedo. El hombre, el único animal que tropieza una y otra vez en la misma piedra… Maldita sea.

Mind the gap

Guillermo Llona

Puedo entender a los pescadores de Sunderland, pero lo de los vejetes no tiene perdón. Gente con los días contados pasó en moto del vasto futuro que tenían por delante las generaciones más jóvenes. En el referéndum del “Brexit” el 73 % de los electores entre los 18 y los 24 años votó in. En la horquilla 25-34 años el 62% y en la de 35-44 años el 52%. Sólo a partir de los 45 años empezó a ganar el out, que lo petó entre los jubilados: el 60 % de los mayores de 65 optó por abandonar la Unión Europea. Y además, de los 30 condados con menor porcentaje de licenciados, 28 votaron a favor de marcharse. Resumiendo: ancianos e iletrados se han ciscado en el porvenir de los britons más prometedores. “There’s no future for you”, cantaban los Sex Pistols.

Tarde o temprano, cuando buena parte de los que dieron su apoyo al “Brexit” esté bajo tierra, los británicos querrán volver. Pero entonces nosotros pondremos unas condiciones que, a buen seguro, no recogerán los privilegios de los que han gozado hasta ahora. ¡Si es que el Reino Unido sigue existiendo! Algo cada vez menos probable. Es lo irónico de todo esto: que el “hooliganismo” que ha llevado a muchos viejos a procesionar detrás de Nigel Farage puede acabar con tres siglos de UK. Patriotismo suicida. Escocia (62 % “Bremain”) no piensa bajarse en la próxima estación y su ministra principal, Nicola Sturgeon, ya ha pedido un nuevo referéndum de independencia.

Ni tan mal. Como ha recordado el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, “lo que no te mata, te hace más fuerte”. Ahora el resto podremos avanzar en la federalización y desburocratización de la Unión sin el lastre británico. Y también tendremos una oportunidad de oro para ordenar y armonizar de una vez la política migratoria de los países miembros; no olvidemos que la nefasta gestión de la inmigración ilegal y del tsunami de refugiados ha dado muchos votos al leave. ¡Y que abandone el tren quien no se sienta a gusto! Vaya, que “in is in, out is out”, que diría el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble.

En fin… El premier Cameron, un adicto a los órdagos que desde hacía años vivía pensando “esta es mi noche”, se pegó un tiro no en el pie, sino en el cielo del paladar. Mientras, el líder laborista, Jeremy Corbyn, seguía con el dedo metido en la nariz, a verlas venir. Las voces más autorizadas, dentro y fuera del Reino Unido, advirtieron del desastre que supondría para el país abandonar la Unión Europea. “Mind the gap”, insistían. Pero los británicos prefirieron el abismo. Que tengan una feliz caída.

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Un pensamiento en “El “Brexit” interpela a toda Europa

  1. Aunque se le atribuye a Lenin la frase un paso adelante, dos atrás este aforismo nos puede venir al pelo para definir el terremoto que ha causado el “brexit” en la UE. Aunque bien mirado, en los casi 60 años del Tratado de Roma, Europa siempre se ha movido para mejorar no con un paso adelante y dos atrás sino con un paso atrás y dos adelante. Fue precisamente el Reino Unido el que impulsó la creación del espacio EFTA de libre comercio, en 1960, para contrarrestar la fortaleza de la entonces Comunidad Económica Europea. Y no hay que olvidar que aunque pidió el ingreso en 1961 –jugando a todos los palos- fue De Gaulle quien vetó su incorporación. Desaparecido De Gaulle, por fin el Reino Unido ingresó en 1973. Fue un buen momento porque la guerra de Yon Kippur dio al traste con la energía barata y Gran Bretaña no hubiera resistido sola los drásticos cambios que se avecinaban en su tejido industrial, obsoleto y caro. El descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte le salvó por la campana de entrar en una grave recesión económica.

    Que los británicos son euroescépticos no es nada nuevo. Forma parte de su esencia, como llevar bombín o paraguas aunque salga el sol. Los socios europeos cedieron en su momento con el cheque británico ante la fulgurante dama de hierro cuando GB era uno de los países más pobres de la Unión en términos de renta per cápita. Es lo mismo que pretenden hacer los nacionalistas catalanes con la falsa argumentación de las balanzas fiscales para contribuir menos a la financiación del Estado. Con los británicos coló por su endeble sector agrario, y los europeos cedieron. Pero hoy las cosas han cambiado: hay más países pobres incorporados y GB tiene una renta per cápita media superior al 100% de la Unión. Sin el cheque los británicos tendrían que pagar más. Y si tienen que pagar más han aprovechado la coyuntura circunstancial de la emigración para montar el cirio y reclamar más soberanía.

    Cameron quiso reformar la Unión para tener competencias transferidas sin molestar al resto. En esa aventura le apoyaban más o menos Hungría, países escandinavos y Holanda. La pregunta es: ¿no supone esto ir en otra dirección? Probablemente, la Europa a dos velocidades es factible y sostenible; la Europa de ir por caminos distintos, no. Cameron ya había dado algunos avisos alarmantes antes de amenazar con el referéndum: primero capitaneó a los tories para abandonar el PPE y luego torpedeó la elección del presidente de la Comisión, se opuso al pacto fiscal y a la integración bancaria. Para coronarlo y antes incluso de la avalancha de los refugiados de Siria, Iraq o Afganistán siempre se opuso a que la contribución británica sirviese para pagar los rescates de la inmigración africana en el Mediterráneo. La solidaridad con España, Italia y Grecia brillaba por su ausencia. O sea, a las maduras sí y a las duras, que se aguantasen los perjudicados. Pero Cameron se encontró con la dama de bronce, Ángela Merkel, que puso pie en pared y de ahí no se ha movido: la libre circulación en Europa es una línea roja. No habrá restricciones.

    Un paso atrás dos adelante, decíamos. La Europa que soñaron Shuman, Adenauer, Monnet y De Gasperi sigue viva… y añadiremos: afortunadamente. Berlín fue capital dividida y una parte de la ciudad era de la Unión y la otra del bloque comunista. Argelia, país no europeo perteneció a la Unión hasta su independencia en 1962, Groenlandia, perteneciente a Dinamarca, primero estuvo en la Unión y luego se salió, lo mismo que Noruega, en los territorios de ultramar de Holanda y Francia hay de todo y Alemania, tras engullir a la RDA, no necesitó de ningún acuerdo comunitario para presentarse como un solo estado aunque más grande. Rusia se frota las manos y EE.UU se lleva las manos a la cabeza porque Ucrania o Georgia lo tienen más difícil ahora para entrar en la UE. Pero mientras el eje Berlín-París aguante todo irá bien, sin duda con el apoyo firme de España e Italia. La Unión sigue siendo todavía mucha Unión. El “brexit” es un paso atrás para todos, pero sobre todo para los británicos que se han pasado de listos, de frenada y de egoísmo. Un paso atrás y dos adelante. Algún día, no tengo la menor duda, volverán a la casa común de la que nunca se tenían que marchar. Y los europeos, como en la parábola del hijo pródigo, estaremos con los brazos abiertos para acogerlos de nuevo.

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