La guerra civil en el PSOE se lleva por delante a Pedro Sánchez

Tras casi doce horas de tensión en Ferraz, el pasado sábado Pedro Sánchez dejaba de ser secretario general del PSOE. Su derrota en el comité federal fue la culminación de un golpe de timón que había empezado tres días antes con la dimisión de 17 miembros de su ejecutiva. Hasta que haya un Congreso Federal donde se elija a un nuevo secretario general, el PSOE estará dirigido por una gestora, tal y como querían los críticos a Sánchez, encabezados por Susana Díaz.

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Desastre socialista, victoria del bipartidismo

Eva María Sánchez

En mi opinión, lo ocurrido esta semana y desde hace un año es solo las ganas de un socialista de querer hacer bien las cosas aunque derivara en desesperación; paso a explicarme. Demostrado ha quedado que el bipartidismo no se puede romper ni desde dentro. Pedro Sánchez hace poco más de un año decidió acabar con lo que del PSOE tanto asqueaba a la población: corrupción, nepotismo, clientelismo, elefantes políticos, etc. Empezó por el PSM para después ir poco a poco a las demás comunidades y sus agrupaciones.

No sabía aún que ese sería su final, pues los grandes barones y sus fieles seguidores no le iban a dejar, como así se ha demostrado. Esta área del partido apretó, apretó y apretó a Sánchez, hasta tal punto que la sinrazón se apoderó de él.

Partidario de regenerar el PSOE y convertirlo en un partido nuevo, más joven y libre de EREs, corrupción y demás chanchullos, él vio cómo esa idea no se podría llevar a cabo y entonces tuvo una mala solución. Para mí, debería haberse quedado en la oposición, liderándola y, al mismo tiempo, regenerar su partido y hacerlo más fuerte con el apoyo de la militancia. Socialistas de corazón y no socialistas de chanchullos y de sillón, que son los que querían acabar con él.

Pero se equivocó y empezó un camino hacia la Moncloa creyéndose impune y sin importarle con cuántos aliados debería hacerse por el camino y su condición. Y esto, querido Sánchez, te ha matado; no se puede intentar gobernar con amigos de los asesinos o de los que quieren fracturar el país.

De esta manera despertó la ira de los que de verdad mandan. Los dueños del bipartidismo han hecho gala de su poder y de su pacto oculto y, por eso, esta semana hemos visto lo que hemos visto: a un expresidente bien reputado diciendo en la tele que Sánchez lo había engañado y, a partir de ahí, una serie de dimisiones perfectamente dirigidas cual fichas de ajedrez.

Sí, yo creo que ese perfecto movimiento ha sido planeado por los barones no sólo del PSOE sino del bipartidismo, los que nunca dejarán que España cambie. Los que piensan que las instituciones son suyas y que la ley la pueden manejar a su antojo; y hasta ahora no les ha ido tan mal.

Pedro Sánchez debió haber sido ZP

Miguel Ángel Malavia

Pedro Sánchez debió haber nacido en otro tiempo. Incluso habría bastado con un puñado de años antes. Al igual Mariano Rajoy, que debió haber sido Francisco Franco (lo digo sin connotaciones políticas) y dedicarse a inaugurar pantanos y a susurrar a sus íntimos que a él en verdad no le gustaba la política, o Albert Rivera, que hubiera sido un gran Adolfo Suárez, gozando del suspiro histórico en que ser de centro era mucho más que una quimera en estos lares ibéricos, Pedro Sánchez tendría que haber llegado a la élite socialista al filo del segundo milenio y haber sido Zapatero.

A ZP le valió heredar una España enfadada de golpe con el PP porque entendió que le había querido engañar en un momento dramático como el 11-M. Eso le bastó para, en virtud de la buena salud del bipartidismo aquellos años, gobernar nada más y nada menos que durante dos legislaturas. Con una derecha hundida, era cuestión de lógica; no había más opciones reales. El roto que quedó al final del mandato de ZP, con una crisis que era global pero que en nuestro país ha sido más aguda por erigirse sobre una burbuja y mucho caradura, llevó fundamentalmente al 15-M: a la quiebra del bipartidismo. UPyD y Ciudadanos abrieron brecha en la oferta de un modelo patriota, liberal y progresista, pero llevan camino de perderse en el desierto (si hay terceras elecciones, el PP se comerá esa mitad del pastel entera). Por la izquierda, Podemos ha absorbido casi todo: se ha comido a IU, ha apadrinado a movimientos que reclaman revertir directamente nuestra sociedad (como las Mareas o Compromís) y le ha pegado un zurriagazo en las costillas al PSOE.

En definitiva, el partido de Pablo Iglesias (el de verdad, el padre fundador), hasta ahora gigante de la izquierda española, podría estar disfrutando de una posición hegemónica. Con un PP timorato, ciego y que es visto por buena parte de los españoles como un nido de chorizos, Pedro Sánchez habría sido presidente durante más años que Felipe González. Incluso, como a él en su día, muchas y muchos le habrían votado por guapo. Pero esos años dorados se han quedado en ensoñación. Podemos, destinado también en un futuro a descomponerse en las luchas intestinas que hoy apuntan (ya saben, si el cainismo es made in Spain, en la izquierda española es eje esencial), es hoy el Pepito Grillo que azota a los prebostes socialistas. Hasta el punto de haberle pegado un baronazo en toda regla a su secretario general. ¿Las consecuencias? Sea quien sea la cabeza del PSOE en los próximos años, solo volverán a ser referentes cuando Podemos se desplome.

Ironías del destino: Podemos tuvo en su mano haber hecho presidente a Pedro Sánchez en la anterior legislatura. Esa negativa, a la larga, acabará llevando a que un PP devastado continúe en La Moncloa. Y, sin embargo, en medio de tantos navajazos internos entre las dos almas de Podemos y las del PSOE, el primero que pierde su trono es Pedro Sánchez. Ya saben, tuvo la desgracia de nacer en un tiempo que le conduciría al laberinto de Pablo Iglesias II. En España todo es burbuja, ensoñación.

Golpe de régimen

Javier Moya G.

El pasado miércoles, cuando se supo que había estallado el motín en la ejecutiva del PSOE, me llegaron varios comentarios que comparaban ese movimiento de los críticos con un golpe de estado. Yo creo que la cuestión va mucho más allá: se trata de un golpe de régimen, una reacción del establishment político y económico patrio para cerrar una vía que amenazaba con convertirse en un galimatías que lo pusiera todo patas arriba.

Igual soy un poco conspiranoico, pero me cuesta creer que detrás del quilombo que se ha montado en el PSOE sólo estén “los críticos”. Por muy críticos que sean, los susanistas sabían que un enfrentamiento como este iba a dejar a un partido que ya lleva unos años en modo Walking Dead en la UCI. Ya que nos subimos a la nave del misterio, quizá tendríamos que plantearnos otras preguntas: ¿Y si resulta que la crisis del PSOE se ha gestado en otros despachos que no están en Ferraz? ¿Y si alguien realmente se creía eso del gobierno del cambio con Unidos Podemos y todo tipo de nacionalistas y se puso nervioso? ¿Y si se ha querido cortar por lo sano cualquier intento de abrir un melón que no sabemos a dónde habría conducido a España?

Las consecuencias electorales para el famélico PSOE están por ver. Supongo que los instigadores del motín, dentro y fuera de Ferraz, han calculado los riesgos. Cuatro años en la oposición para seguir actuando como la orquesta del Titanic hasta que el agua les llegue al cuello. Aún así, con esta crisis, lo que queda del PSOE habrá cumplido su cometido de salvar intacto el régimen del 78. Y todo ello solamente a cambio de algún que otro millón de votos en un partido que dejó de ser alternativa de gobierno hace unos cuantos años. No es un precio tan alto. Además, va en la línea de la que le está cayendo a la socialdemocracia en toda Europa. Algún día la plutocracia sabrá agradecerle a lo que quede del partido los servicios prestados.

Una máxima infalible cuando hay un crimen del que no se conoce al culpable en las películas, es preguntarse quién es el principal beneficiado de que el fiambre haya sido quitado de en medio. En el corto plazo, la decapitación de Pedro Sánchez es vitamina para Rajoy y el PP. Lo que pasará a la larga es más difícil de prever pero seguro que llegado el momento habrá “un sector crítico” del que echar mano para que todo vuelva a su sitio.

Malo para el PSOE y malo para España

Sara Martín Melgarejo *

Reconozco que en las primarias convocadas en 2014 voté a Eduardo Madina en razón de su mayor experiencia en el partido. Craso error. Ha demostrado desde el principio del legítimo mandato de Pedro Sánchez una deslealtad que no comparto. En un partido democrático, y más en uno que tiene posibilidad de gobierno, las formas y el respeto a una mayoría me parecen fundamentales. Y empeora la situación que esos movimientos desleales se hayan llevado de forma oculta y vergonzante, torpedeando cualquier iniciativa del secretario general elegido democráticamente. Esa actitud que desembocó en el desastroso Comité Federal del sábado no ha producido nada bueno, ni para España ni para el PSOE.

Se preguntarán qué me ha llevado a cambiar de opinión con respecto a Pedro Sánchez. En resumen: su respeto a la opinión de la inmensa mayoría de la militancia, el mantener su negativa a facilitar la investidura de un partido y un gobierno que huele a corrupción por todas partes. El hecho de su dimisión, tras un golpe ejecutado desde dentro de su partido por aquellos que en su día no supieron perder, me viene a reafirmar en que no me he equivocado con él.

Algún día se estudiarán y explicarán las presiones mediáticas que ha sufrido Pedro Sánchez desde el minuto uno de su nombramiento. Se ha llegado a hacer causa pública de linchamiento que un señor se tomara 15 días de vacaciones en una playa española en agosto. ¿No se dan cuenta de lo ridículo que suena?

Ya entrando en materia política, le ha defenestrado el mismo comité federal que le ordenó, por unanimidad, llevar a cabo exactamente lo que ha hecho. A saber: no pactar con independentistas ni con Rajoy, ni aceptar referéndums ilegales como condición para una investidura. Si lo hubiera hecho, Pedro Sánchez sería presidente desde marzo. Y no lo es. ¿De qué se quejan entonces los que le cesaron? Yo no lo sé y me temo que ellos tampoco.

He leído en Twitter una opinión que refleja lo que pienso de lo que pasó el sábado: “Echemos a Sánchez y ya veremos lo que pasa”. Triste.

Llámenme romántica pero creí que las presiones –inaudítas en una democracia supuestamente consolidada como la española– de medios de comunicacíön y sus intereses, de compañeros de partido con más ganas de revancha que otra cosa, de antiguos cargos del partido que no saben ver que su tiempo ya pasó, sin olvidar a una dirigente que se ha constituido ella sola en la “única autoridad” del partido tras observar que Pedro Sánchez no era un pelele a su servicio, no podrían con la voluntad de los 180.000 militantes. Pero parece ser que sí.

¿Qué va a pasar después de todo esto? No lo sé porque los que ganaron el sábado no nos han querido decir lo que van a hacer. Quizás porque, como ya he dicho antes, no lo saben o lo saben tan bien que si nos lo dicen a los militantes y votantes, no nos iba a gustar. Visto lo visto, casi prefiero lo primero.

* Sara Martín Melgarejo es militante del PSOE.

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