El mundo reacciona dividido a la muerte de Fidel Castro

El líder de la Revolución cubana murió el pasado 25 de noviembre y, vaya a ser juzgado por la historia o no, lo cierto es que las valoraciones que ya se han hecho sobre su persona y su gobierno de la isla han sido de lo más diversas. De las celebraciones del exilio en las calles de Miami al duelo de quienes lo consideran un modelo a seguir. En esta ocasión, debatimos sobre la figura de Fidel Castro. Para unos, un tirano, para otros, un libertador.

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La historia no ha absuelto a Fidel Castro

Miguel Ángel Malavia

Para los que tenemos una concepción positiva de la naturaleza humana, la libertad es un derecho innegociable que, al contrario de contraponerse con otros (me niego a que haya que escoger entre igualdad y libertad), es un motor para construir sociedades auténticamente justas. Por eso siempre aborreceré toda dictadura. Es más, si me ofrecieran un régimen en el que fuera forzoso ser centrista, católico, madridista, taurino y entregado al culto a Scarlett Johansson, lo rechazaría de pleno. ¡Bienvenido sea convivir con rojos, azules, musulmanes, ateos, culés, colchoneros, antitaurinos y, aún si cabe, entregados a la causa de Isabel Pantoja!

Fidel Castro fue un dictador. Como Franco. No se le puede achacar un Holocausto, como a Hitler o Stalin, pero creo que el que los desmanes sean menores cuantitativamente hablando no justifica el autoritarismo. Como el castrismo tampoco se justifica por sus luces, que las tiene: sanidad y educación gratuitas, con médicos cubanos yendo de misiones solidarias allí donde más se les necesita, como cuando Liberia y Sierra Leona se vieron desbordadas por el ébola hace dos años.

Fidel Castro fue un dictador por la propia naturaleza de su régimen: un solo partido, prensa oficialista como la única permitida, ausencia del derecho a la manifestación, presos políticos encarcelados, dos millones de exiliados en Miami, adoctrinamiento en las aulas, represión directa de los homosexuales en los inicios de la Revolución, eliminación de toda manifestación cultural que se considerara por el aparato censor como “influida por el imperialismo” (ay, el jazz), extensión de la práctica guerrillera por media América Latina (más allá del romanticismo que muchos le atribuyen, ¿qué guerrilla no ha cometido las mismas atrocidades que combate y, por si fuera poco, no ha convertido el narcotráfico en su oculto sentido final?), prohibición del hecho religioso durante décadas (la Iglesia ya es tolerada, sobre todo tras los viajes papales a la isla de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, pero durante décadas se vio obligada a vivir en la clandestinidad y muchas órdenes religiosas fueron expulsadas del país)…

Y todo, ¿para qué? ¿Cuba es hoy más justa que con el sátrapa Batista? ¿O acaso la élite castrista no vive enriquecida por la corrupción mientras el pueblo llano se ha igualado, sí, pero en la pobreza globalizada? ¿De verdad una dictadura comunista era el único modo de oponerse a Estados Unidos y su ansia por rodearse de gobiernos títeres? Y, si acaso lo fue en los años 60 o 70, ¿también era indispensable tras la caída del Muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría? Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua evidencian la mentira: viven del discurso antiimperialista mientras venden su país a grandes multinacionales que rapiñan la tierra poblada por sus comunidades ancestrales.

Lo siento, pero jamás un régimen dictatorial ha traído justicia a su pueblo. Espero que Raúl Castro, al fin libre de la memoria obligada, se entregue al pragmatismo y, poco a poco, manteniendo el carácter genuino de los cubanos y lo mejor de la Revolución, dé paso a un Adolfo Suárez que pilote de verdad una transición a la democracia. A su hermano no le ha absuelto la historia. Él aún está a tiempo.

La huella de Castro

Borja Aranda *

El fallecimiento de Fidel Castro supone el adiós de una de las figuras más importantes del siglo XX, así como una de las más polifacéticas y controvertidas, debido tanto a su ideología y programa político como a las luces y sombras de su modelo para Cuba.

Quizá sea más complicado apreciar su figura desde Occidente, pero su impronta es innegable para los movimientos de liberación e independencia tanto en América Latina como en otros continentes.

Si bien parece claro que el sistema de partido único, la situación de los Derechos Humanos y la persecución contra la disidencia centran el debate tras su muerte y pasarán a la historia como sus grandes “puntos negros”, sería excesivamente simplista reducir su figura al hecho de si fue un dictador.

Realmente, si el motivo para la condena a Castro fuera ese, escucharíamos declaraciones igualmente duras a diario contra otras dictaduras del mundo –que no son pocas, siendo muchas de ellas aliadas–, y más a la vista del fracaso del modelo social de muchas de ellas.

Por ello, habría que ir más allá e intentar analizar el impacto de Castro y la Revolución cubana, tanto para la isla como para el panorama internacional, a nivel político, de organización y de desarrollo social en sistemas alejados u opuestos al capitalismo.

Es un debate en torno a modelos políticos y económicos, y Cuba, a pesar de su casi total falta de recursos, por naturaleza y derivados de un bloqueo estadounidense condenado de forma casi unánime a nivel internacional –este año por primera vez con la abstención de EEUU en Naciones Unidas–, ha logrado destacados éxitos.

Por ejemplo, la tasa de alfabetización es del cien por cien, y en junio la OMS validó al país como el primero del mundo en eliminar la transmisión de madre a hijo del VIH y la sífilis.

Además, según UNICEF, Cuba registra una menor mortalidad en menores de cinco años que, por ejemplo, Estados Unidos (153 y 148 de la clasificación, respectivamente), registrando mejores porcentajes de vacunación que su vecino del norte.

Sin embargo, donde se aprecia el avance de Cuba es en la comparación con el resto del Caribe, con mejores datos de alfabetización, mortalidad infantil, inmunización y, por supuesto, seguridad, que países como Haití, República Dominicana, Guatemala, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Honduras o El Salvador.

A nivel internacional, es también innegable el impacto de Castro en los procesos de descolonización en África, a donde mandó soldados, enfermeros, médicos y profesores para impulsar movimientos independentistas en países como Argelia, Guinea Bissau, Angola y Sudáfrica, donde apoyó la lucha contra el apartheid.

No está de más recordar que fueron países occidentales los que respaldaban a las dictaduras y oligarquías del continente, donde Fidel es considerado un libertador. El propio Nelson Mandela le describió como “una fuente de inspiración para todas las personas amantes de la libertad”.

Castro será juzgado por la historia, como todos los líderes que le precedieron y le sucederán, y sería positivo hacer un análisis justo para aprender de aciertos y errores, sin caer en una simplificación excesiva de una de las grandes figuras del siglo pasado.

* Borja Aranda es periodista especializado en mundo árabe e islámico.

No es fácil

Guillermo Llona

“Pronto seré ya como todos los demás”, anunció a sus discípulos en su último discurso. 90 años y el ego intacto. Se ha ido el mesías socialista que, tras tomar el poder en Cuba, aseguró al mundo que no había motivo para tener miedo a la Revolución: “He dicho muy claro que no somos comunistas, ¡muy claro!”. Poco después, con todo ya atado y bien atado, “matizaría”: “Hay que decir que, por encima de todo, ¡somos marxistas-leninistas!”. Venga, ¡pa’ lo que sea, Fidel!

Si venció, fue porque engañó.

Batista había hecho de la isla una Sodoma y Gomorra de cuidado, un despelote que se mantuvo en pie hasta que “llegó el comandante y mandó a parar”. Luego los barbudos empezaron a gritar aquello de “¿elecciones, para qué?”, y se pusieron a dar matarile a los compañeros que se quejaban del giro antidemocrático que estaba tomando la cosa. Muchos de los que lucharon con Fidel, después, traicionados por él, fueron fusilados o pasaron décadas a la sombra en los pudrideros castristas. Así, los cubanos tuvieron que escoger entre meterse la lengua en el culo y bailarle el agua al régimen –los CDR, siempre vigilantes en cada barrio– o el exilio. Y de Guatemala a Guatepeor, “el burdel de los Estados Unidos” se convirtió en la casa de jineteras de todo Occidente.

No, señores nostálgicos del comunismo que no vivieron, la Helms-Burton no tiene la culpa de todos los males que padece la isla ni de lo que los hipócritas de izquierdas llaman “sombras” del castrismo. Está claro que aquí todos tenemos “nuestros hijos de puta” preferidos. Cuéntenles lo de los avances médicos a los presos políticos torturados o a los millones de cubanos que a diario tienen que hacer magia y “resolver” para poder sobrevivir.

En el 95 pude conocer la Cuba en la que mandaba Fidel. Mi padre trabajaba en La Habana como responsable de la ayuda humanitaria de la Unión Europea a un paraíso malnutrido y en “periodo especial”, y fuimos a pasar con él la Semana Santa. Recuerdo aquella belleza decadente, los murales de los jóvenes de la Ujotacé y el cartelón frente a la Sección de Intereses de los EEUU que decía: “Señores imperialistas, ¡no les tenemos absolutamente ningún miedo!”. Eslogan al que los cubanos más chistosos añadían: “Pero les tenemos una envidia…”. Allí, en Cárdenas, provincia de Matanzas, nació mi bisabuela Isabel, fumadora de puros. Era hija de Juan Arechabala y Aldama, mi tatarabuelo, que siendo muy joven dejó su Gordejuela natal y, precisamente en Cárdenas, fundó con su hermano José Industrias Arechabala. La empresa destiló el Ron Havana Club, su producto estrella, hasta que Fidel la nacionalizó/robó y se quedó con el célebre licor. En fin…

Me lo imagino recitando en su lecho de muerte esos versos de Guantanamera: “No me pongan en lo oscuro, a morir como un traidor”. Pues mire, comandante, lo de su absolución… lo veo chungo. Yo no voy a celebrar su muerte, y sinceramente, a su alma le deseo la mejor de las suertes, pero creo que el sitio que le corresponde a usted en la historia está junto al resto de represores verde oliva, de izquierdas y de derechas, siempre cargados de buenísimas razones. ¿Qué siento ahora que se ha marchado? Pues que me vendría de perlas un protocolo para despedir a tiranos, porque, como dicen ustedes en la isla, “esto no es fácil”.

Fidel Castro como metáfora del siglo XX

Javier Moya G.

Ha muerto Fidel Castro. Parece que esta vez de verdad. Con Castro muere el siglo XX con sus contradicciones, sus utopías y sus miserias. No tuvo que pasar ni un minuto desde que su hermano anunciara su fallecimiento para comprender la talla histórica del personaje. Gigante. Especialmente, aunque no sólo, en los países del sur, para los que la revolución cubana fue un ejemplo de lucha contra el imperialismo. Pero como genuino representante de la centuria más compleja de la historia de la Humanidad, en la figura de Castro ni todo es blanco ni todo es negro. Discúlpeseme el lugar común pero es tremendamente difícil encontrar análisis que no caigan en el mero desprecio o la apología a Fidel.

Castro sale muy beneficiado si nos fijamos en quienes fueron sus enemigos en vida y quienes han celebrado con más ahínco su muerte. Esto nos ayuda a entender mejor el legado histórico que deja. Sin embargo, sería demasiado simplista dar por hecho que un dirigente se convierte en bueno automáticamente si los que le odian son una panda de miserables. No caigamos en ese juego del que la izquierda a veces no sabe o no quiere escapar. Serán resquicios de la Guerra Fría.

Porque si bien la Cuba de los Castro es un ejemplo para algunas cosas como su sistema sanitario (del que se benefician más de 60 países), su prácticamente inexistente tasa de analfabetismo o unos niveles de delincuencia con los que el resto de América Central y el Caribe no pueden ni soñar, basta con poner un pie en la isla para darse cuenta de que algunas cosas deberían haber cambiado hace mucho tiempo.

Yo no tengo el cuajo que tienen muchos en estas latitudes de decirles a los cubanos que está bien que ganen unos sueldos de miseria. Que todo sea por la utopía y por resistir al gringo. Que la historia les agradecerá el sacrificio que están haciendo y que para que mi conciencia de occidental de izquierdas siga viva ellos tienen que joderse con un régimen que les restringe libertades básicas. El pueblo cubano dio un ejemplo excepcional en 1959, pero ya va siendo hora de que alguien les pregunte si quieren seguir como están o prefieren caminar por otro lado. No creo que el cambio sea inminente, pero me temo que la suerte de Cuba está echada y su gente va a tener poco que decir.

La cuestión clave es hasta qué punto es posible combinar los logros sociales de la revolución con el sistema capitalista que desde Miami ya se está gestando para repartirse la tarta. Yo soy bastante pesimista y creo que ambas cosas son incompatibles, así que cuando aterrice en Cuba el sacrosanto “libre” mercado la gente morirá sin ser atendida en un hospital y dejará de ser prioritario que los pobres aprendan a leer o a escribir. O sea que estarán igual de jodidos que ahora, pero nos lo podrán contar por Twitter desde sus smartphones. Eso sí, seguro que con más faltas de ortografía.

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Un pensamiento en “El mundo reacciona dividido a la muerte de Fidel Castro

  1. Hablando de los traicionados por Fidel… En un aeropuerto de Nueva York –ahora no recuerdo cuál era– conocí a uno. Era ya bastante mayor, y residía en Miami. Me contó que, después de haber hecho la Revolución con él, Castro lo tuvo preso un par de décadas. Lo acusaron de haber colaborado con la CIA para la invasión de Bahía de Cochinos. Le pregunté si era cierto que había ayudado a la Agencia, y riendo dijo: “¡Ah, no lo sé!”.

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