El momento del feminismo

El caso Weinstein, La Manada, los asesinatos machistas, el “techo de cristal”, la discriminación salarial por sexos… Las mujeres han dicho basta, y movimientos como #MeToo o la huelga del pasado 8 de marzo reflejan el brío de la revolución feminista. En esta ocasión, cuatro púgiles suben al ring de Cuadrilátero 33 para debatir sobre el estado actual de la lucha por los derechos de la mujer.

 

Eduquemos en un feminismo que llame a la colaboración

Maura Morés *

Actualmente, la filosofía feminista que ha imperado en la palestra desde la revolución ideológica de finales de los años 60 ha alcanzado un cenit en sus intenciones primigenias, al menos en Occidente. Por lo tanto, como sucede con todo pensamiento ya implantado, sería razonable que se examinara a sí mismo para diagnosticarse el punto débil que empieza a erosionar su crédito.

Creo obligatorio que hombres y mujeres del mundo que ahora habitamos tengan como objetivo primordial entre su formación humana un hondo conocimiento del feminismo, de las injusticias que lo engendraron y de lo espinoso que fue su camino a favor de unos derechos humanos equitativos. Durante milenios y con independencia de a qué sociedad nos remitamos, el hombre asumió que sus características físicas, la exterioridad de su aparato reproductor y su nulo involucramiento en la gestación de la descendencia lo eximían sin excepciones de un mayor grado de implicación en el mantenimiento del refugio familiar: su papel era el de guardián, pero sus actos protectores no trascendían el umbral del hogar.

Eso trajo consigo que cualquier conflicto armado o político fuera dirimido y protagonizado por los varones, que los trabajos físicos y civiles les fueran atribuidos a ellos y que su papel activo e invasor en el acto sexual –que además conlleva una abrumadora facilidad para alcanzar el clímax, lo que propicia y multiplica el deseo– le permitiera gobernar el cuerpo de la mujer; ante tal panorama, resulta evidente que toda estructura de poder necesitara del sometimiento de un sexo gravemente impedido por sus circunstancias biológicas. Se definen así los destinos vitales para cada ser humano atendiendo a su sexo, y el fascismo italiano lo sigue subrayando en pleno siglo XX: “La guerra es para el macho como el parto para la hembra”.

Está claro que la dignificación de la mujer dentro del matrimonio romano-cristiano –primero como domina del hogar, fuente de vida y centro de la familia, y después como imagen terrena de la Virgen María– no mejoró esta situación, porque se valorizaba al sexo femenino en cuanto a su capacidad para gestar, restando honorabilidad a las estériles y a las solteras.

Se consideró que el ámbito de la mujer no era el espacio público hasta la irrupción del feminismo sufragista, que demostró que se podían asumir las responsabilidades ciudadanas que detentaban los hombres –más allá de actividades laborales que, para colmo, no se retribuían con ecuanimidad– sin que se derrumbara por ello la estructura familiar necesaria para la educación afectiva de los futuros adultos. A mi parecer, este es el punto de inflexión desde el que se tendría que haber partido en exclusiva. Pero la ideología marxista llegó para contaminar una causa razonable: Engels propuso con éxito sustituir el concepto de colaboración entre hombre y mujer para garantizar la igualdad cívica –una solidaridad que proviene de sólido, unido– por el de enfrentamiento.

Adujo que el matrimonio monógamo era una cepa más de la lucha de clases y que la mujer debía revolverse contra el hombre tal y como el obrero se sublevaría contra su patrón. Así, a lo largo del siglo XX se iría solidificando entre el feminismo académico la convicción de que la maternidad es una modalidad de esclavitud. Al no atender a la particularidad del individuo, el hombre, marcado por nacimiento, sería parte de una estructura machista cuidadosamente amparada y la mujer nacería del mismo modo damnificada por ello, con independencia de cuáles fueran sus decisiones personales y sus relaciones con los hombres de su entorno.

Es evidente que, superados los escollos del acceso a la educación y a la vida laboral y convertido el matrimonio o sus equivalentes en una opción no forzosa, este feminismo de corte marxista recurre cada vez a planteamientos más irreales y deudores del pasado para seguir respirando. Diría que me siento incapaz de asumirlo como ideología propia, teniendo en cuenta además que es terriblemente excluyente y descalificador con cualquier opción filosófica o religiosa divergente.

Lo ideal sería que, mirando al siglo XXI y no a la sociedad de la revolución industrial, se educara a los ciudadanos de hoy en un feminismo que llame a la colaboración y comprensión y no a la discrepancia, que acepte nuestras diferencias antropológicas y llame a la razón y a la voluntad para limarlas puntualmente y no a la deconstrucción sin paliativos de la naturaleza humana –un hombre no debe dejar de ser hombre para poder convivir con la mujer sin conflictos–, y que posibilite que fluctúen paralelos los deseos maternales con la realización intelectual y una actividad plena en la sociedad civil, al contrario de lo que desgraciadamente ocurrió durante toda nuestra historia.

* Maura Morés es escritora.

¿Por qué no convence el feminismo? (En busca de la Clara Campoamor del siglo XXI)

Miguel Ángel Malavia

Yo, como San Unamuno, quiero que las cosas en las que creo convenzan aunque tarden más en vencer. Y, desgraciadamente, compruebo que el nombre del feminismo actual está en manos de una minoría gritona que solo quiere conquistar, hasta el punto de encuadrar directamente a la otra mitad de la humanidad en el Eje del Mal, el “heteropatriarcado”, como si todos los hombres fuéramos cómplices (y no posibles aliados) de tal monstruosidad histórica.

Para decirlo más claro, hoy, cuando hablamos de feminismo, a muchos (sé que injustamente) se nos vienen a la mente las imágenes de las Femen, en pelota picada, con las tetas pintadas con el lema “en mi coño mando yo” y zarandeando entre insultos a Rouco Varela antes de entrar en una iglesia. Y no es que me escandalicen unos pechos al aire…, pero, en un tema de la importancia de este, echo de menos a una Clara Campoamor del siglo XXI elevando desde su tribuna un impecable monumento a la justicia. Jamás tuvo que gritar ni insultar para que sus palabras estallaran como truenos y, de un modo efectivo, nuestra sociedad avanzara algunos centímetros (pocos, insuficientes).

Porque no hay ninguna duda de que la causa de la mujer es una de las más urgentes que se pueden enarbolar hoy. En muchas partes del mundo (en todas, en mayor o menor grado según los ámbitos), a ellas es a las que se mata y se viola, a ellas es a las que se impide ir la escuela, a ellas es a las que se niega el poder vestirse como realmente quieren, a ellas es a las que se les resquebraja una carrera profesional en caso de querer ser madres, a ellas es a las que se les paga menos, a ellas es a las que se les cierran muchas esferas de poder en el mundo político, académico o religioso…

¿Soy feminista? Por supuesto. De hecho, yo le preguntaría a cualquiera que no se diga así: “¿Y cómo te permites no serlo?”. Porque no hablo de complejas concepciones teóricas… Es que, sencillamente, es evidente que el género humano está conformado por hombres y por mujeres y que el recorrido histórico en su conjunto, en absolutamente todos los tiempos, ha estado marcado por una monumental tara: las mujeres, por debajo de los hombres.

Un consejo: creemos (hombres y mujeres) un Movimiento Feminista Integral. Acudamos a todos los foros (a todos los pueblos y ciudades) y expliquemos la acuciante necesidad de esta causa. Que hasta las mujeres más machistas (que las hay, y muchas) se queden sin argumentos ni prejuicios, aceptando que esta es una reivindicación sana y libre de dogmatismos.

Ah, y encontremos una voz que lo defienda con pasión y verdad, con entrañas de bondad. Mi propuesta: la tengo bien cerca… Aquí mismo, en este debate. Maura Morés. Ella puede ser la Clara Campoamor del siglo XXI. Léanla y lo comprobarán.

Feminismo actual: retos y ¿respuestas?

Esther Martín *

El pasado 8 de marzo, fuimos testigos de la impresionante movilización de las mujeres en la jornada de huelga convocada por el movimiento feminista. La participación superó todas las expectativas, y mujeres muy diversas tomaron las calles para denunciar la situación de discriminación que sufrimos en los ámbitos social, laboral, cultural, político y económico.

Lo cierto es que las cifras de la desigualdad no han variado desde entonces. A pesar de contar con una Ley para la Igualdad Efectiva de Mujeres y Hombres observamos que sobre todo en el ámbito de lo privado permanece la brecha salarial entre mujeres y hombres, la precariedad laboral se ceba en nosotras y la mayoría de reducciones de jornada por guarda legal o cuidado de familiares, son asumidas por las mujeres en detrimento de salarios, cotizaciones y desarrollo profesional. Se nos impide el acceso a puestos de responsabilidad. La mayoría de puestos directivos son ocupados por hombres, mientras muchas mujeres sobrecualificadas ocupan puestos de subordinación dentro de las empresas. La renuncia al desarrollo profesional al tener que elegir maternidad o carrera profesional nos penaliza. Percibimos menores salarios, lo que supone menores cotizaciones y posteriormente pensiones de menor cuantía, condenando a las mujeres a la pobreza al terminar su vida laboral.

Prácticamente todos los días conocemos nuevos casos de violencia machista, asesinatos, agresiones, violaciones, acoso… En el Estado español 952 asesinadas por violencia machista desde el 2003 hasta ahora (28 en lo que llevamos de año). La sangría no para, y sabemos que la cifra de asesinadas por parejas o ex-parejas seguirá aumentando cada día. Ante la ineficacia demostrada por las instituciones en la protección de las victimas, sólo cabe la autodefensa feminista, salir a la calle, denunciar y exponer a los agresores. El origen de esta violencia se encuentra en esta sociedad androcéntrica, patriarcal y capitalista donde las instituciones son eminentemente patriarcales y como tales actúan.

El principal reto al que se enfrenta el movimiento feminista en la actualidad es la eliminación de todas las formas de discriminación por razón de género, especialmente las que afectan a las mujeres que sufren una doble o triple discriminación, además de por ser mujer, por razones de raza y/o religión, así como la que sufren otros colectivos como el LGTBIQ.

Pero, ¿qué podemos hacer para revertir la situación actual?

Evidentemente la legislación actual y las campañas institucionales no son suficientes, es prioritario implicar a toda la sociedad, comenzando con la formación en materia de igualdad a los profesionales en áreas como justicia, sanidad y educación. Educar y formar a la ciudadanía desde la infancia en actitudes no machistas, tanto en casa como en los centros educativos, en los medios de comunicación y en la calle. Hay que prestar mucha atención al lenguaje que utilizamos y a nuestras actitudes, que a veces sin pretenderlo son sexistas. Hay que evitar educar de forma diferente a niñas y a niños. Es imprescindible aplicar la perspectiva de género en todos los ámbitos, utilizar un lenguaje inclusivo e introducir en los currículos educativos mujeres que puedan servir de referente en ciencias, arte, literatura, historia, política, deporte, etc.

Debemos contar con los hombres para lograr este cambio social, ya que es esencial que estos tomen conciencia de su situación de privilegio. Para ello es clave el respeto, la tolerancia y la empatía hacia compañeras, madres, parejas, hijas, amigas… y estar dispuestos a renunciar a estos privilegios y ceder el espacio que nos pertenece y que se nos ha negado en favor de la igualdad de derechos. Hasta que esto no ocurra la transformación social no será posible.

* Esther Martín forma parte del grupo feminista durangués Batukandra.

La revolución feminista será sensata o no será

Guillermo Llona

Si no recuerdo mal, fue en el programa Ganbara, de Radio Euskadi. En la tertulia hablaban sobre el conocido como “techo de cristal”, y tomó la palabra Laura Mintegi. En opinión de quien fuera candidata a lehendakari por EH Bildu, para romper el susodicho “techo” se hacía necesario poner en marcha el sistema de cuotas, sí, pero incluso esa medida resultaba insuficiente. Su argumento: había configurado algo así como un grupo de investigación en la Universidad del País Vasco –cuyo Departamento de Didáctica de la Lengua y la Literatura dirige– y ésta había tumbado su propuesta porque Mintegi había seleccionado muchas más profesoras que profesores, y una norma interna fijaba para ese tipo de casos la paridad entre sexos. Así que, se quejaba, se vio obligada a sustituir a algunas de sus colegas por hombres menos idóneos. No era su intención, pero puso el mejor ejemplo que yo haya oído hasta ahora contra el fifty-fifty por imperativo legal.

Por desgracia, la de la paridad es sólo una de las muchas ideas felices que ha alumbrado lo peor del feminismo militante. Otra, el “lenguaje inclusivo”. Yo lo veo así: o se hace caso a las académicas de la RAE –todas machistas recalcitrantes, claro– que suscribieron el informe de su colega Ignacio Bosque titulado Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer –que, entre otras cosas, explica muy bien por qué “el masculino plural como fórmula de género no marcado engloba a ambos sexos”–, o se siguen las recomendaciones de este seudofeminismo analfabeto. Yo prefiero no maltratar el castellano y mandar al carajo la neolengua que nos quieren imponer.

Más genialidades que dan miedo a las personas normales y se la soplan al machista: la propuesta del Gobierno español para que cualquier acto sexual sin un “sí expreso” se considere agresión –a ver cómo te acuestas con una eslovaca monolingüe–, que el color negro sustituya al rojo y el blanco en los Sanfermines y la guinda, el manifiesto Nosotras criamos, nosotras teorizamos. Aquí, mi selección de perlas: “La heterosexualidad no es una pulsión, es una ideología. […] Lo que [los hombres] no tenéis, y nunca tendréis por vuestra fisonomía, es nuestra legitimidad. […] Lo que es o no es política patriarcal no lo decidís vosotros, lo decidimos nosotras”. ¿Epatados, eh? Pues aún me parece más inquietante que desde el feminismo razonable muy pocos critiquen estos intentos de ingeniería social.

¿Y saben qué? Tengo para mí que detrás de estas ocurrencias, diseñadas en laboratorios bien aislados de la realidad, se ocultan razones mucho más mundanas. Sospecho que, en muchos casos, la cosa tiene más que ver con el pesebrismo y la necesidad de justificar un puestito funcionarial –en la universidad, el ayuntamiento…– que con la defensa sincera de un ideal noble. Me da que mucha gente está viviendo de la pegatina.

Por otra parte, el miedo a la reacción de las jemeres lilas y sus palmeros es tal, que hasta la periodista María Gómez, que cubrió el pasado Mundial de fútbol, pidió perdón por haber “cosificado” a los jugadores del combinado marroquí con estas palabras: “¡Yo quiero dormir con el enemigo! ¡Los pibones están en la selección de Marruecos! ¿Pero cómo son todos tan guapos? Alguien tendrá que consolarlos, alguien tendrá que invitarlos a un zumo”. Así está la cosa, prohibido contar que se te hace el chocho calimocho.

¡Pero no se defenestren! Esos grupos intolerantes, ágrafos y de tics totalitarios son minoría. La mayor parte del feminismo –ésa que por desgracia hace menos ruido– lucha por los derechos de las mujeres desde la sensatez. Y estoy seguro de que gracias a este feminismo, y no al esperpéntico, conseguiremos acabar con el maltrato que sufren muchas dentro y fuera del hogar, con la cultura de la agresión sexual gratuita, los feminicidios y la discriminación salarial por sexo. Lograremos que, en una sociedad con más licenciadas que licenciados, a ninguna mujer le quite un puesto de trabajo un hombre menos apto para ocuparlo.

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