Elecciones 2019: tras la victoria socialista, llega el segundo asalto

El pasado 28 de abril el PSOE ganó unos comicios en los que conservadores, liberales y la extrema derecha tenían como principal objetivo echar a Pedro Sánchez de La Moncloa. No lo lograron, parece que el líder socialista seguirá al frente del Gobierno, pero PP, Cs y Vox tendrán una nueva oportunidad para ganar cuotas de poder –o por lo menos retener el que hasta ahora han ostentado– en las elecciones europeas, autonómicas y municipales del próximo 26 de mayo.

 

Guste o no

Guillermo Llona

Se rumoreaba que donde sus caballos pisaban no volvía a crecer la hierba, que con ellos llegaría el fin de los tiempos, que eran legión. Pero parece que o en España no hay tanto facha o muchos han preferido no salir del armario. Por ahora. En cualquier caso, y aunque con matices de bluf, en estas pasadas elecciones Vox ha cosechado un éxito.

Pedro Sánchez ha demostrado que, en los tiempos que corren, bicho mediocre nunca muere, y Pablo Casado que es posible suicidarse y sonreír a la vez. Por si en la morgue alguien quiere hacerse un selfie contigo. Lo del Partido Popular es de traca. A ver si nos enteramos: España –la España de hoy, al menos– no es dada a aventuras políticas. Es un país que laurea al candidato más timorato con el programa más gaseoso y que, al mismo tiempo, prefiere el original a la copia y castiga al que cambia fácilmente de ideas. Por eso, después de jugar a ser más ultra que Blas Piñar y acusar a los socialistas de preferir “las manos manchadas de sangre” –ya saben, todo es ETA–, el PP se encuentra hoy en demolición. Cero escaños en el País Vasco, uno en Cataluña. Gracias, Cayetana.

El caso de Ciudadanos también es simpático: con 200.000 votos y nueve escaños menos que los de la gaviota –charrán o lo que carajo sea el bicho ese–, Albert Rivera se ha autoproclamado líder de la oposición y de todas las Rusias. Ahora, para ostentar este título no hace falta tener más asientos en la Carrera de San Jerónimo que el resto de formaciones no gobernantes, basta con tener determinada “actitud”. Vaya morro.

Pablo Iglesias, por su parte, ha esquivado las tijeras de la parca. Dicen que en la noche electoral, en cuanto regresó al castillo de Galapagar, pidió al servicio que nadie le molestase –ni siquiera la reina– y se encerró en el salón del trono. Y allí, en soledad, recordó. Recordó todas las traiciones, todas las cabezas que tuvo que mandar cortar, toda la sangre. Y lloró. Y con el rostro bañado en lágrimas, se dijo: “¡Prevalezco!”.

En fin, que el 28 de abril ha teñido de rojo Soe todo el Reino. ¿Todo? ¡No! Dos aldeas pobladas por irreductibles vascos y catalanes resisten. Los muy traidores… Guste o no, España es “asín”.

España, ese país de centro

Miguel Ángel Malavia

Llevo años defendiendo a capa y espada que España es un país más de centro de lo que nosotros mismos pensamos (la furia odiadora de las redes sociales no recoge en absoluto nuestra plural realidad). Mientras la ola xenófoba ha calado desde incluso antes de la crisis en países como Francia o Italia, atrapando las olas de la bilis, ya a partir de 2008, a Reino Unido o Alemania (lo de Polonia o Hungría es caso aparte), aquí sonaba estrambótico el trasnochado lema “los españoles, primero”.

En los últimos meses, como consecuencia sobre todo del tsunami catalán y de la incomparecencia de un PP maniatado por el desnudo de las corruptelas de muchos de sus históricos pata negra, nos han metido el miedo en el cuerpo con un Santiago Abascal que agitaba a la ultraderecha escondida en el armario al grito de “¡Santiago y cierra, España!”.

Pero no, como hemos comprobado el 28-A, el techo de los nostálgicos de la España nacional-católica está en los dos millones de votantes… Es mucho (y respetable), no lo dudo. Pero el PP, en sus momentos de victoria, ha llegado a los once millones de votantes. Así que apelo a la normalidad y a la tranquilidad.

Y, desde aquí, me permito dar un consejo a los dirigentes populares: volved al Aznar que ganó las elecciones desde el centro y gobernó su mejor legislatura cuando tuvo que pactar con otros. Dejad a un lado al Aznar que dilapidó su legado en una mayoría absoluta en la que olvidó escuchar a los españoles y, sobre todo, al líder retirado que, desde su pedestal de oro, se convirtió en una voz granítica que ha criticado una actitud (la del diálogo) que a él mismo le hizo fuerte.

En definitiva, menos Aznar y más Rajoy. Menos Pablo Casado y más Soraya Sáenz de Santamaría. O aún mejor: ¿y por qué no un PP liderado por Andrea Levy y Borja Sémper? Observad, más allá de las lentes ideológicas, cómo desarrollan su campaña en estas autonómicas y municipales… Son personas valiosas, que construyen sociedad, que no ven en el otro a un enemigo a batir.

Por mucho que desde ciertos altavoces mediáticos se clame contra “la derecha sin valores”, la realidad es que “los principios” básicos de esta ya anidan en la Constitución de 1978. La misma que, aunque no lo admitan, odian y quieren derribar los populistas zurdos y diestros. Solo se trata de defender nuestra Carta Magna y vivir para servir. Eso es lo que valora la mayoría silenciosa de los españoles, que, mirando algo más a la derecha o a la izquierda, son de centro.

Lo hicimos tras el 28-A y lo haremos tras el 26-M. Resistiremos. ¡Centristas del mundo, uníos!

De recompensas, fantasmas y muros

Javier Moya G.

Octubre de 2016. Pedro Sánchez deja de ser secretario general del PSOE después de anunciar que no se abstendría en la investidura de Mariano Rajoy y que intentaría un acuerdo de gobierno con Podemos. El poder económico y financiero respiraba aliviado ante el éxito de su operación. En ese momento, se planteaba la incógnita de cuál sería la recompensa prometida al aparato de Ferraz por hacer presidente a Rajoy. Abril de 2019. Sánchez “El Renacido” gana las elecciones y apaliza a sus rivales a derecha e izquierda. Ningún análisis de los varios factores que explican esta victoria (la flor de Pedro Sánchez es épica, todo ha jugado a su favor) debe pasar por alto el hecho de que las élites han apostado claramente por el PSOE. Los socialistas han tenido diez meses para hacer su campaña electoral con lo que mejor saben hacer: mucho efectismo y pocos cambios reales.

La victoria del 28-A también se explica en parte por la movilización de buena parte del electorado progresista ante la amenaza de la extrema derecha. Muchos medios que habían dado la espalda al PSOE desde la época de Zapatero han puesto bastante empeño en azuzar el fantasma de Vox para aglutinar el voto útil en el PSOE y para ahondar en la división de la derecha. No creo que sea casualidad.

Sea cual sea la causa, la alta participación contra el proyecto troglodítico de los de Abbas Khal y quienes les normalizan pactando con ellos fueron un motivo para sonreír la noche del 28. Porque si algo han demostrado estas elecciones es que hay tres diques que a la extrema derecha casposa le va a costar mucho derribar. El primero es el feminismo. Es un alivio que Vox haya puesto a las feministas como su principal enemigo porque si existe actualmente un movimiento social fuerte y con una capacidad de movilización asombrosa, ese es el feminismo. El segundo, por mucho que le pese a cierta izquierda posmoderna, son los barrios de gente trabajadora. El pinchazo de Vox entre las clases populares ha sido digno de mención. Como lo ha sido en País Vasco, Cataluña y Galicia, tercer muro infranqueable para los caminantes rojigualdas. El debate territorial va a ser clave en esta legislatura y habrá que ver cómo se soluciona, pero si algo han dejado claro vascos y catalanes es que prefieren diálogo a naftalina.

En pocos días se decidirá la suerte de los ayuntamientos, de muchas comunidades autónomas y del Parlamento Europeo. Veremos si al PSOE le vale con la inercia del 28-A y cómo se gestiona la macedonia de siglas y liderazgos en la izquierda. Porque en todos los muros hay grietas que amenazan con convertirse en boquetes.

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