Tras el final, ¿es “Juego de tronos” la serie de la década?

Hace una semana, el 20 de mayo, se emitía el esperado capítulo final de “Juego de tronos”, la serie que más riadas de comentarios ha despertado en la última década. Según lo leído en las redes (hasta un millón de firmas se han presentado para que unos guionistas diferentes elaboren “otro final digno”), parecen mayoría los críticos. En nuestro ring, cuatro púgiles bosquejan en un universo de luces y sombras, unos más satisfechos, otros más enfadados. ¿Y tú, amigo lector, qué opinas?

 

Un final coherente, justo, humano… Una blasfemia

Sandra Cañete *

Antes de empezar, voy a ser sincera: el desarrollo de la última temporada de Juego de tronos me parece una blasfemia… Condensar de esa manera todo lo que ha ocurrido, sin dejarnos ver los momentos previos ni posteriores de los personajes, su manera de llevar el dolor o la gloria, sus reflexiones… Durante ocho años hemos estado pendientes de una serie de personajes que notamos tan cercanos… y creo que esa es la clave del éxito de esta saga: la cercanía de los personajes o, más bien, de las personas que salen. Porque no hay estereotipos, no hay buenos y malos, héroes y villanos (con permiso de Cersei), sino personas, con sus luces y sus sombras. Por eso hemos conectado con ellos y nos han tenido tan en vilo.

Esta temporada no hace justicia a lo vivido anteriormente, pero menos aún al final. ¡Un final maravilloso! Coherente, justo, humano… Y por eso no ha gustado mucho. Desde el principio oímos profecías, que hemos interpretado bajo el esquema clásico de las historias: si Jon es el héroe, mata al villano; si Cersei muere a manos de su valonqar, es porque este la asesina… Bueno, Jon es clave ante los caminantes, pues advierte del peligro y consigue la ayuda del ejército de Daenerys, y también salva al mundo de las llamas y la sangre, aunque esa parte no la quisimos ver venir; mientras, Cersei sí muere en las manos de su valonqar… Esto choca, y mucho, porque se sale de todos nuestros esquemas al no contar con la naturaleza humana como gran actor protagonista. Pongámonos en su lugar y pensemos en cómo actuaríamos en sus circunstancias, con sus condicionantes… ¿Tan diferentes seríamos a ellos?

Jon, de linaje real pero desconocido, repudiado por la sociedad… es el héroe al que estamos acostumbrados, el que asume su destino y acaba con cualquier amenaza. Sin embargo, es criado por Ned Stark, un hombre comedido, pausado, que cumple las reglas a rajatabla y se queda en un segundo plano… Y Jon es fiel a esa educación hasta el final, cuando es capaz de sacrificar al amor de su vida por el bien de los Siete Reinos (y del mundo). Para mí, su acto es el de un verdadero héroe, pues pocos tendríamos el valor para apuñalar a la persona amada, anteponer el bien común al nuestro. Aunque nos cueste ver a Daenerys como la villana suprema (ay, las prisas por acabar), pese a los indicios que hemos ido teniendo y a lo que la hemos visto hacer.

Debo reconocer que el nombre de la saga, Canción de hielo y fuego, me hizo pensar en la importancia del bastardo de Invernalia, hijo del fuego (Targaryen) y el hielo (Stark); no me imaginé que la canción versaba sobre las dos grandes amenazas que íbamos a encontrar, los caminantes blancos (hielo) y la Reina Dragón (fuego). Hasta en eso hay coherencia en este final.

Y Bran… ¿Quién mejor que él para “curar” unos reinos que han pasado años derramando sangre? Después de tantas batallas, traiciones… hay un Rey justo, pacífico, que va a preservar la Historia, porque no podemos saber a dónde vamos si no sabemos de dónde venimos, y los habitantes de Poniente necesitan precisamente eso para construir su camino, su futuro… Pues el invierno llegó y se fue… Es tiempo de primavera, de florecer, y encaminarse a otro verano.

* Sandra Cañete es periodista.

Poniente será de aquellos que vienen del barro

Maura Morés *

En Poniente urgía, mucho antes que cualquier otro asunto, que por fin sus habitantes pudieran rezar sólo por las lluvias, hijos sanos y un invierno indulgente. Los creadores de la serie así lo han creído conveniente: se acabó el tablero de ajedrez, se acabaron los pleitos por un trono cubierto con la capa de una maldición. No habrá leones dorados, venados impetuosos o dragones sanguinarios en el salón donde se deciden los destinos de los Siete Reinos, sino la sabiduría templada de un joven que ha buscado la verdad con sus piernas rotas y su corazón encallecido, lejos de los suyos, en un norte boscoso y siniestro, y que ha aprendido con cada golpe a no pedir reconocimiento en virtud de su impresionante epopeya.

Poniente no podía sostener más intrigas familiares subrayadas con sangre y padecimientos sin fin. Poniente será de aquellos que vienen del barro, que no comprenden el lenguaje de la codicia y la malicia, que han forjado su alma en medio de tormentas de desprecio y desconfianza. Se sientan junto a Bran Stark, cuyo propio padre dio por perdido, asociando sus huesos inútiles al olvido de las crónicas, antiguos contrabandistas con humildes cebollas como blasón pero leales al bien; mujeres virago que escogieron la armadura para refugiarse de la crueldad de los hombres que jamás las desearán; patanes más dispuestos a morir por su señor que un caballero de apellido resonante y apostura flamígera, herederos que decepcionaron a sus rozagantes padres porque preferían los libros a la espada…

Y, al lado de Bran, cuya lucidez lo aleja de todas las necedades mundanas, el eterno marginado, el Quasimodo que laceraba la vanidad de un lord obsesionado con la magnificencia de su casa, el hombre que sólo podía sentirse grande cuando su sombra se proyectaba en la pared, que alquilaba amor de guiñol para no pensar en la única mujer a la que no repugnó, y que le arrebató el señor de Lannister, tan convencido de saber dictaminar cuál es la escoria de este mundo según los agujeros de tu techumbre natal. Tyrion. Iracundo, lascivo y, a su pesar, torturado por el rencor, pero al fin juramentado a la virtud.

No será fácil gobernar, mantener a los recién nacidos de cada labriego a salvo de los excesos humanos, dar de comer al hambriento. Pero Juego de tronos nos ha mostrado tímidamente un arreglo equilibrado para un universo desolado y cansado de sangrar por causa de los que miraban el mundo desde sus monturas como un chiquillo contempla a las moscas cuyo dolor no le atañe. Bran ha sufrido pérdidas devastadoras, privaciones, frío, vergüenza. Como no rubricaba gestas bélicas ni vueltas de tuerca magistrales para ascender en la telaraña del poder, cada día de su viaje boreal pasaba desapercibido para nosotros, ávidos de visceralidad. Pero él y Sansa, mil veces vejada, capaz de dejar atrás una ingenuidad casi patológica tras una adolescencia miserable, ocupan dos tronos. Sin atravesar a tiranos con espadas, ni acaudillar hordas, ni deshacerse de reyes nefastos con venenos borgianos.

Están en sus tronos porque Tyrion ha entendido que debe ser así, que, después de tantos años amargos, no debe haber poder para el que lo haya perseguido durante cinco minutos de su vida. Poniente será de los últimos supervivientes, que entenderán mejor que ningún dueño de castillo y estandarte cómo debe y desea sobrevivir un pueblo.

* Maura Morés es escritora.

Las luces y las sombras de Juego de tronos

Javier Moya G.

Firmas en change.org, gente culpando a otros por el nombre que les pusieron a sus propias hijas, sesudos análisis sobre el cambio de personalidad de Danaerys, tuiteros que unos veranos te arreglan la Selección y otros te escriben unos guiones perfectos… Las reacciones al final de Juego de tronos son un reflejo del éxito de la serie. Mirando esas reacciones parece que somos resultadistas hasta para las series. No importa lo que se haya disfrutado de horas y horas de capítulos. Si no nos identificamos al 100 % con el desenlace, es una decepción.

Yo tengo que decir que desde que descubrí la serie allá por 2011 he pasado largas esperas, decepciones, alegrías y, sobre todo, un puñado de buenos momentos. Mi balance es más positivo que negativo, pero como no la pondría en mi Top-5 de series, creo que es de justicia que empiece por las sombras. Todo en televisión, salvo Los Soprano y unas pocas temporadas de Los Simpsons, las tienen.

Lo más indefendible de Juego de tronos es la pérdida de profundidad de la trama a medida que avanzaban las temporadas. Una trama en la que los personajes jugaban un papel crucial y que han ido poco a poco perdiendo protagonismo en favor de la espectacularidad de los efectos especiales (técnica y visualmente perfectos, eso sí). Tampoco me ha convencido el final, aunque admito que podría haber sido peor. Le falta una sutileza que sí existía antes, tanto en las situaciones como en los personajes. Aún así, creo que la octava temporada ha sido bastante mejor que las dos anteriores.

El giro en la personalidad de Danaerys, que es lo que más ampollas ha levantado en la última temporada, me ha sorprendido para bien aunque haya faltado tiempo para no hacerlo parecer tan abrupto. Creo que esa transformación responde a un aspecto en el que sí ha habido coherencia a lo largo de todas las temporadas y que para mí es el punto fuerte de la serie: el difícil equilibrio entre ética y poder. No hay personajes malos y buenos al uso, casi todos son supervivientes en un entorno en el que para sobrevivir hay que mostrar inteligencia y una moral flexible. De hecho, a los que se ha intentado presentar al público como moralmente intachables o bien la realidad les ha cambiado o directamente no han sobrevivido. Por eso me creo la evolución de Danaerys.

La expectación que ha despertado Juego de tronos no se había visto nunca antes con una serie. Eso no la hace ni peor ni mejor, pero sí la convierte en un fenómeno que es un claro reflejo del tiempo que vivimos: la edad de oro de las series.

Juego de tronos, el regalo que nos habría hecho Chaplin hoy

Miguel Ángel Malavia

“Realmente lo siento, pero no aspiro a ser emperador. Eso no es para mí. No pretendo regentar, ni conquistar nada de nada. Me gustaría ayudar en lo posible a cristianos y judíos, negros y blancos. Todos tenemos el deseo de ayudarnos mutuamente. La gente civilizada es así. Queremos vivir de nuestra dicha mutua, no de nuestra mutua desdicha. No queremos despreciarnos y odiarnos mutuamente”. Así comienza uno de los discursos más preñados de humanidad de la Historia: el que nos regaló Charles Chaplin en 1940 con El gran dictador.

Me atrevo a decir que, tras esta obra maestra, Juego de tronos es la que más certeramente nos ha acompañado en el proceso de mostrarnos cómo nace y se manifiesta un tirano (y cómo lo aplaudimos). Sí, claro, hablo de Daenerys Targaryen, ¿Acaso no hemos sido legión los que hemos vibrado cuando sobrevivió a un padre y a un hermano marcados por la barbarie? ¿No nos ha llegado al alma verla salir adelante en un pueblo de salvajes en el que, en vez de terminar ensartada por mil lanzas, se acabó convirtiendo en su caudillo? ¿No nos ha emocionado verla salir de las llamas como la Madre de Dragones?

En un momento central de la serie, ella asegura que el mundo es una rueda en la que las grandes familias se pelean entre sí por el poder (no excluye a la suya), estando unos a veces arriba y otros abajo…, pero con el pueblo siempre sufriendo el yugo opresor. Ella viene para reventar esa rueda y establecer un auténtico Mundo Nuevo. ¿Cómo? Al precio que sea. A sangre y fuego contra los “malos”.

Por algo es la Rompedora de Cadenas. Y por algo fascina a Tyrion Lannister (arquetipo de la inteligencia) y a Jon Nieve (modelo del bien). En el último capítulo, abierta ya la caja de los truenos y con Daenerys habiendo devastado Desembarco del Rey (con su millón de inocentes dentro), movida ante todo por la venganza frente a Cersei (icono de la traición, hija de Maquiavelo, que no del mal absoluto), Tyrion y Jon hablan en la cárcel, antes de que el primero sea enviado al cadalso. Esa es la conversación transcendental: ¿acaso no la vieron antes crucificar a esclavistas, quemar a sus enemigos? Claro, pero eran los “malos”…

El problema es que, quien se cree llamado por lo alto para cumplir un destino que implique a un pueblo, si corta cabezas y es aplaudido, al final acaba cortando todas las cabezas… para que al menos se escuche el aplauso de su último fiel. Eso, ni la idea más bella y redentora del mundo lo salva.

Solo por esta esencia envío yo a la horca (¿seré un titano en potencia?) a quienes dicen que el de Juego de tronos es un mal final… Por no hablar del instante supremo en el que Jon Nieve sacrifica el amor por el deber (una escena que es poesía) y Arya Stark, que llegó a perder su identidad por el odio y la venganza, acaba descubriendo que la vida está por encima de todo y que es mejor bebérsela sumergiéndose en la aventura que degollando enemigos.

Por todos estos regalos, ¡gracias George R. R. Martin!

Un pensamiento en “Tras el final, ¿es “Juego de tronos” la serie de la década?

  1. Buenas a todos
    Muy interesantes vuestros análisis. Me gustaría aportar el mío. Importante decir que cualquier trama o película deja de tener sentido para mí cuando pierde su coherencia interna. Es decir, puedo ver un capítulo de los Teletubbies y considerarlo bueno o malo de acuerdo a su coherencia interna. Lo que no entendería es que, de repente Tinki Winki le sacara los ojos a su compañero Po y le reventara el craneo contra el suelo.
    En fin, GoT ha demostrado ser una serie enorme y finísima, con un universo propio que en las últimas temporadas ha hecho aguas totalmente (creo que por haberse separado de los libros).

    Cuestiones que rompen la coherencia interna de la serie:
    ¿porqué Cersei es reina, si ella no tiene derechos dinásticos? Recordemos que sus hijos son de la casa Baratheon, nunca Lannister, y que ella era reina Consorte. Imaginemos por ejemplo, lo ridículo que sería que nuestra Sofia, la de las monedas de 500 pelas, fuera nombrada reina en una eventual (y desagradable) destrucción del linaje borbónico.

    ¿porqué el personaje Samwell Tarlly no muere a pesar de estar rodeado de enemigos en la batalla contra los muertos y Jorah Mormont, uno de los mejores espadachines sí?
    ¿porqué las ballestas son efectivas contra un dragón a casi un kilómetro de distancia y en el capítulo siguiente no dan pie con bola?
    ¿porqué en el naufragio frente a Kings Landing todos los personajes van a una costa, pero las mismas olas llevan a Missandei a manos de sus enemigos?
    ¿porqué Daenerys quema la ciudad entera y mata a todos sus ciudadanos que no tienen nada que ver con la “tiranía” de Cersei?
    ¿cómo se reproducen los Dodrakis y los unsullies tras la batalla contra el NightKing?

    Muchas dudas que no se pueden responder sin romper la coherencia interna de la serie, que nos había enseñado que era un mundo de realismo mágico con sus reglas propias donde los personajes eran vulnerables, comían, cagaban y follaban. En algún momento de la serie los personajes adquieren superpoderes o comportamientos injustificables que nos alejan de la trama para plantearnos: es esto coherente, o un patinazo del guionista?

    En definitiva, los guiones son como los maquillajes faciales: tienen que embellecer y potenciar los rasgos de una persona, pero sin que nadie lo note.

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