La pandemia de coronavirus desafía al mundo

La covid-19 ha provocado decenas de miles de muertes y amenaza con causar muchas más. El virus continúa expandiéndose por todo el planeta, y cada país se enfrenta a él de manera diferente. En esta ocasión, nuestros púgiles suben al ring para debatir sobre una de las mayores crisis sanitarias de la historia.

 

Aprendizajes que recordar tras la pandemia

Cristoforo Spinella *

Que nada será igual que antes, todos estamos de acuerdo. Excepto que nadie puede decir cómo cambiarán las cosas realmente. Creemos que seremos capaces de dar valor a lo que importa, ahora que realmente tenemos miedo de perderlo: los seres queridos, por supuesto, aunque al final esto no sea un miedo extraordinario, sino algo con lo que los adultos en algún momento tienen que acostumbrarse a vivir; y la libertad, la forma de vivir como nos gusta (dentro de los límites que nos permiten las leyes ordinarias, la cartera y los compromisos): esta sí que no estamos acostumbrados a imaginarnos perderla.

No sé si se puede ser realmente optimista sobre el mundo por venir. Sin duda, dependerá de todos nosotros, como siempre; y mirando cómo nos hemos manejado hasta ahora, no creo que se pueda esperar gran cosa. Me parece más honesto centrarme en algunas cosas que podremos recordar porque las estamos experimentando de primera mano y por primera vez, así que no vamos a poder culpar a otros o al sistema si las olvidamos. Pienso en la libertad de movimiento: la hemos convertido en un pilar de nuestros derechos, siempre y en cualquier caso; a lo sumo el obstáculo podría ser una cuestión de encontrar un vuelo barato o un medio de transporte adecuado para la ocasión. Sin embargo, para muchos no existía tal derecho antes: visados que como europeos casi nunca necesitamos –como mucho nos obligan a pagar una tarifa y completar algunos formularios–, pero para otros son muros infranqueables; y en ocasiones, ni siquiera son solo muros metafóricos.

Luego pienso en los miedos, aquellos que anteriormente fueron relegados a escenarios de ciencia ficción: que la comida no sea suficiente para todos (obviamente este no es el caso, pero los miedos no son necesariamente racionales), que ya no podamos encontrarnos con nuestros seres queridos o que ya no podamos trabajar, estudiar o simplemente hacer lo que solíamos hacer. Y, por supuesto, pienso primero en la salud: ese derecho al cuidado que siempre hemos dado muy por sentado, al menos en Europa, y que para muchos ni siquiera existía. Sería suficiente recordarnos estas cosas en las que antes no pensábamos y que ahora nos vemos obligados a pensar para que el mundo, que no será como antes, al final no sea peor.

* Cristoforo Spinella es periodista italiano.

Caballo grande

Juan Llona *

Nadie pone en duda que el coronavirus supone un shock planetario de una magnitud tan brutal como de consecuencias inciertas. Tratemos de imaginar el mundo que amanecerá una vez controlado este primer brote. ¿Se habrán transformado nuestros hábitos de consumo más cotidianos? ¿Tendrá consecuencias geopolíticas que reconfiguren el modelo de producción globalizado actual? ¿En qué medida el miedo a un segundo o tercer brote nos atenazará? En definitiva, ¿es un shock con consecuencias permanentes o estas se desvanecerán y volveremos a vivir en un mundo reconstruido siguiendo el patrón de lo conocido?

Las economías desarrolladas tendrán un crecimiento negativo en el año 2020 que se empezaba a estimar hace apenas dos semanas en el entorno del 1 %, y ya ha crecido hasta el rango que va del 3 % al 5 %. Las estadísticas y predicciones macroeconómicas siempre van por detrás de la realidad. Y esto es así por definición: incluso las proyecciones a futuro se basan en evoluciones históricas de episodios similares. Los mercados atienden a otras dinámicas y se ajustan a la información más reciente de una manera mucho más radical. A veces, vociferando profecías agoreras que acaban por autocumplirse, ya que pueden ser los propios mercados financieros lo que acaben provocando situaciones de estrés en la economía. A lo largo de estas semanas las bolsas se han derrumbado entre un 20 % y un 30 %. Una caída sin precedente por la rapidez con la que se ha producido. Lo que los precios de los activos financieros nos indican no es solo la destrucción del valor de todo un trimestre de producción de bienes y servicios en 2020, sino la destrucción del valor de todo un trimestre en 2020 y en todos los años venideros sobre lo que la bolsa tenga opinión. En plata: que el shock será permanente y no tendremos una recuperación rápida cuando las aguas vuelvan a su cauce. ¿Exagerado? No sería la primera vez que el pánico se apodera de los mercados. Sabemos que de la misma manera que las bolsas caen a plomo, pueden subir con parecida fuerza y, sin despeinarse, contarnos una historia muy distinta dentro de un par de meses. Esto es lo que se conoce como “volatilidad elevada”, o lo que es lo mismo, incapacidad absoluta de atinar con el escenario que se abre para los próximos años.

La realidad es que los economistas y agentes financieros tenemos un reto que bien podríamos compartir con filósofos y estadistas. Por el momento una cosa es cierta: la absoluta disponibilidad de los bancos centrales para suministrar toda, absolutamente toda, la liquidez necesaria. Y otra parece que empieza a tomar forma: la mayor laxitud de las autoridades fiscales a la hora de valorar las desviaciones presupuestarias dando alas a mayor gasto público para apuntalar las economías y devolverlas a las sendas por donde transitaban antes de la pandemia. Esto se traduce en déficits más abultados, mayor gasto público y en consecuencia mayor deuda de los estados financiada, de facto, con el respaldo de los bancos centrales. Estos seguirán comprando emisiones de bonos, tanto de gobiernos como de compañías industriales, a través de sus programas de compra de activos que han sido ampliados hasta límites muy generosos y que, en cualquier caso, podrían volver a ser ampliados.

Vamos, que la única respuesta cierta que tenemos sobre la mesa parece ser la de poner una cantidad ingente de dinero en circulación y disparar la ratio de duda sobre PIB de países ya muy endeudados. No sería la primera vez que se recurre a la máquina de imprimir para salir del atolladero en circunstancias dramáticas. Por eso, sin ahondar en experiencias pasadas, la pregunta más importante que debemos hacernos es: ¿en qué nos queremos gastar el dinero de todos? Hasta el momento parece que tenemos garantizado un caballo grande, no nos olvidemos de que lo principal es hacer que ande.

* Juan Llona es gestor de inversiones.

Lo único seguro es la incertidumbre

Javier Moya G.

Llegó la pandemia del coronavirus a Europa y en el primer mundo sentimos algo que ya teníamos olvidado: de un día para otro, éramos vulnerables a las fuerzas de la naturaleza. Vulnerables a la enfermedad, sí; pero también vulnerables al miedo y expuestos a mostrar nuestras pasiones más bajas en una situación tan excepcional. Nos teníamos que enfrentar a una realidad completamente nueva con las herramientas de siempre, con las que se nos bombardea a diario: individualismo, infantilismo y sálvese quien pueda, resumidas en el mantra misterwonderfuliano de “olvídate de los demás, puedes conseguir cualquier cosa por ti mismo”.

Una de las lecciones que deberíamos sacar de esta crisis es que urge una conciencia colectiva fuerte. Que cuando las cosas se ponen feas de verdad (como ninguno de nosotros habíamos experimentado en nuestras vidas) los valores del capitalismo individualista sólo pueden conducirnos al desastre. Lo hemos visto de manera trágica en nuestro sistema de salud público: debilitado por años de recortes y despidos de personal, ahora tiene que hacer frente a la peor pandemia en un siglo con recursos insuficientes. Hasta en Estados Unidos se están planteando el sacrilegio de tratar a enfermos sin seguro en buques militares. Papá Estado al rescate (por enésima vez). La libre competencia sigue a lo suyo: revendiendo material médico al mejor postor y reduciendo costes de producción de mascarillas en sus talleres de Bangladés. “Es el mercado, amigo”. Ya lo dijo el gangster.

Los más afortunados seguimos encerrados en casa sin poder abrazar a nuestras personas queridas, pero con la salud física intacta. Otros siguen con el corazón encogido por la enfermedad de alguien cercano o han perdido a un ser querido sin poder despedirse. En la mayoría de los casos, se da la combinación de las tres situaciones. En medio de este shock generalizado, ya nos advierten de que lo que nos espera es más sufrimiento. Vamos a tener que pagar nuestra penitencia al mercado por tener un cuerpo mortal y vulnerable a la enfermedad. Tendremos que aceptar su castigo en forma de recesión, paro y más pobreza.

Cómo gestionemos la vuelta a la normalidad dependerá de lo que seamos capaces de aprender de esta tragedia. No soy completamente pesimista sobre ello, lo soy un poco más en cuanto a lo que nos pueden durar esas lecciones. Seguramente hasta que pase la amenaza y volvamos a nuestro día a día de ser productivos a toda costa para seguir alimentando a la bestia. Algunos osados se han atrevido a vaticinar el fin del capitalismo, obviando que este volverá a saltarse sus propias normas para sobrevivir. Tampoco creo que una demolición del sistema sea una solución milagrosa porque las consecuencias serían impredecibles, pero sí habrá que replantearse que no podemos seguir viviendo en un modelo económico basado en la ley de la selva.

Lo más urgente entonces será recomponernos, hablar de lo que nos ha pasado y asimilar que las cosas más importantes son aquellas que dábamos por hechas (un abrazo, una comida en familia, unas cañas con amigos para contar las mismas anécdotas de siempre…). Será difícil ahora que hemos experimentado que toda nuestra vida se puede convertir en una película de ciencia-ficción en un unos pocos días sin que tengamos tiempo a digerirlo. Y viviremos con miedo, un miedo del que ya están intentando aprovecharse los patriotas de las fake news y los bulos. Tienen un terreno abonado para extender su discurso: millones de personas asustadas y dependientes de sus redes sociales para consumir información a un ritmo más rápido del que se puede producir. Está en nuestras manos como sociedad no dejar que expandan un nuevo virus.

Porca miseria

Guillermo Llona

“¡El brasileño no se contagia, es capaz de bucear en una alcantarilla y salir sin que le pase nada!”, aseguraba Jair Bolsonaro. En esta crisis sanitaria ha quedado meridiano que gran parte del planeta está gobernada por gilipollas, pero también que hay ejemplos a seguir. Como el de los surcoreanos, más preocupados por no contagiar a sus compatriotas que por contagiarse, o el de los rusos, que tienen claro que las fronteras están para algo y, como hiciese Gandalf, espetaron a tiempo al bicho: “¡No puedes pasar!”. El futuro más allá del coronavirus es incierto, pero podemos dar por seguro que esta pandemia tendrá consecuencias geopolíticas de calado y que los occidentales deberemos cambiar de mentalidad. Ahora mismo, las políticas líquidas se me antojan suicidas.

En España las cifras son inasumibles. Y esta matanza es, en gran parte, culpa del Gobierno central que, desoyendo las advertencias de la OMS y del Centro Europeo para la Prevención y Control de Enfermedades (ECDC), permitió que el covid-19 se propagase en concentraciones multitudinarias como la del 8M. Días antes de la marcha feminista Cristina Almeida soltó: “Iré porque me parece que celebrar esto es mucho más [importante] que enfrentarme al virus. No me importa arriesgarme”. ¿Y qué hay de poner en riesgo la vida de los demás? La vicepresidenta Carmen Calvo también animó a acudir a la manifestación a las mujeres que estuviesen dudando: “¡Les va la vida!”, les informó. En efecto, a más de una se le habrá ido la vida. Ya es desgracia tener en este momento por Ejecutivo a esta panda de “ministras y ministros” que sólo valen para desfilar en la pasarela de la izquierda posmoderna. Porca miseria

Y los vascos nos encontramos entre la espada y la pared. Entre el hatajo de inútiles del Gobierno español y una oposición que ansía acabar con nuestra autonomía, derechos y libertades.

Dicen que ante desafíos como éste aflora lo mejor del ser humano. Pero también se revela lo peor de nuestra sociedad. Los que han “adoptado” un perro sólo para poder darse un paseo; hijoputas que cuando esto pase probablemente abandonarán al pobre animal. El inconsciente que, “para animar el barrio”, transforma su terraza en una discoteca importándole un bledo el duelo de los vecinos que han perdido un ser querido, el dolor de quien lucha contra la enfermedad encerrado en su casa o el cansancio del sanitario que llega reventado. Los delatores que desde el balcón increpan a una madre que ha salido a la calle con su pequeñajo autista. El imbécil que, como si no fuese con él la tragedia de quienes están muriendo solos en los hospitales, las residencias o sus hogares, callejea disfrazado de dinosaurio para que, con un poco de suerte, alguien grabe su ocurrencia y la suba a Facebook. Gitanos celebrando el culto evangélico en plena calle, concentraciones en la aldea del Rocío… Estamos enfermos, y no sólo de coronavirus.

Por cierto, una de las víctimas de esta crisis es la palabra héroe. “Eres un héroe por trabajar desde casa, por hacer los deberes [escolares] todos los días, por cocinar para ti sola”, afirma un anuncio de Mapfre. No es cierto, la inmensa mayoría de nosotros no somos héroes. Y con todo, siguen existiendo, porque nuestros sanitarios están haciendo frente a ese reactor 4, en muchas ocasiones, con equipos de protección improvisados.

Lo que nos susurra el coronavirus: “Recuerda que no eres inmortal”

Miguel Ángel Malavia

No, todo no “va a salir bien”… En el momento en el que escribo esto, más de 12.000 españoles han muerto. Y el coronavirus, que ya ha hecho estragos en Italia y en otros muchos más países, puede llevar el horror a tantísimos rincones del mundo ya de por sí abajados, también en las esquinas olvidadas de nuestro mal llamado Primer Mundo. Y no quiero ni pensar sobre qué puede ocurrir en muchos de los campamentos de refugiados y desplazados repartidos por todo el planeta.

Partiendo de esta desgracia (no hay tristeza más grande que afrontar la muerte de un ser querido sin poder despedirte de él, posponiendo el luto en un paréntesis surrealista), y sin salirme del margen del dolor, quiero quedarme con una utopía, más que una ilusión real: ¿y si, después de una pandemia global que ha puesto patas arriba nuestro modo de vida desde la base, aprendemos algo positivo y reconstruimos desde cero algunas esencias?

Lo primero que esto nos ha recordado (a algunos, de hecho, se lo habrá enseñado) es que somos débiles, frágiles, siempre al borde del abismo. Puesto que vamos a morir todos (algo que algunos también estarán pensando y sintiendo por primera vez en su vida), y es muy posible que lo hagamos antes de lo que imaginamos, es balsámico tener una conciencia clara de ello para, sin caer en la agonía que paraliza, tratar de encarnar la mejor versión de nosotros mismos. Y no dejarlo para mañana, porque es posible que mañana ya no estemos aquí.

Estoy convencido de que esta puede ser una oportunidad para ser mejores, individualmente (cuando has conocido el confinamiento obligatorio, saborearás más la libertad recobrada y lo que desde ella podrás alumbrar) y como sociedad. Si hemos comprobado que en las grandes ciudades hemos recuperado 20 años en los niveles de contaminación y saturación, ¿no nos morimos de ganas por hacer nuestra esa luz y ese aire que ahora nos está vetado y que simplemente ha vuelto a aparecer porque no nos entregamos a un modo de vida insano, acelerado y codicioso?

Ante nosotros se levanta, ni más ni menos, que la posibilidad de vivir una nueva vida. Más reposados, más llenos. Más nosotros mismos, más hondamente humanos. Y esta alternativa llega, como siempre en la historia, desde el dolor. Porque, siempre, lo más bello y esperanzador emerge desde el sufrimiento previo.

Hace menos de un mes, subidos en el auriga triunfal, nos sentíamos falsamente indestructibles. Nos creíamos Dios. Ahora, al habernos susurrado el maldito coronavirus el necesario “recuerda que no eres inmortal”, sabemos la insondable verdad: somos una preciosa pieza de porcelana a punto de romperse. Y lo somos desde que nacimos. Desde esta maravillosa tragedia, ¡a vivir a pleno pulmón!

2 pensamientos en “La pandemia de coronavirus desafía al mundo

  1. Lanzó mi primer derechazo a quien se dé por aludido, con el ánimo de que no sea al aire. Más que nada porque observo que es la técnica seguida por aquellos que se sienten ideológicamente acorralados; soltar una buena hostia para noquear de entrada cualquier argumento contrario.

    En este caso se la lleva el capitalismo, mal de todos los males, padre de nuestras mayores desgracias, fuente de subdesarrollo y de todas las injusticias sociales, y como no, responsable de la pandemia. No cuela ni con vaselina y dedicación.

    Este virus no es fruto de los hábitos capitalistas, y todo parece indicar que procede de un estado socialista que, en décadas, no ha conseguido establecer un sistema de seguridad sanitario a la altura de cualquier país capitalista al uso. Cualquiera de esos que ahora tienen que sufrir las consecuencias letales de sus ocultaciones y mentiras.

    Amigo, veo que te gustan los caballos grandes. Solo te falta hacer que ande. China, desde luego no es buen ejemplo. Puedes seguir soñando, pero procura no pasar la factura del cursillo al prójimo. No deja de asombrarme como, al final, algunos defensores de lo inmaterial recurren con tanta ansia a las arcas del estado para resolver todos los problemas.

    A mí me dan mucho miedo los recortes, mucho. Sobre todo los que socavan la eficiencia, la capacidad de gestión, la disciplina y los valores que permiten maximizar el valor de cada euro invertido. Más que nada porque son los que se cobran vidas a miles.

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    • Por alusiones e intentando zafarme para asestar un contragolpe a la zona blanda. Veo que la primera hostia no ha noqueado, pero sí ha dolido. Y no por acorralamiento, es que me gusta el intercambio en distancia corta. Como lo ideológico no está reñido con lo riguroso, aprovecho el primer toque de campana y la retirada momentánea a mi esquina para felicitar a mi oponente por su ilustrativo y concienzudo artículo en el que seguramente nuestra discrepancia venga en la respuesta a la pregunta que lanza al final.

      Pero el segundo asalto tengo que empezarlo con una defensa que es de ley: no soy tan necio para sólo atribuir consecuencias negativas al sistema capitalista, pues eso sería casi tan inconsciente como sólo reconocer sus bondades. Sería hipócrita negar que buena parte de mi bienestar material proviene de él. Igual que lo es no admitir que el modelo de crecimiento sin límite en el que estamos inmersos es insostenible desde un punto de vista social y ecológico. Y ahí lanzo mi zurda abajo: que un virus de origen animal como este tenga más papeletas de contagiar humanos, está directamente relacionado con la destrucción de ecosistemas naturales y el acorralamiento de especies potencialmente transmisoras. Que el capitalismo neoliberal hace de la destrucción de esos ecosistemas motor de su crecimiento, creo que está fuera de toda duda.

      Lanzo otra esquiva para zafarme del tufillo acusatorio sobre una pretendida simpatía por el régimen chino. Nada más lejos; sin su opacidad ni su desprecio por la vida no estaríamos como estamos. Su sistema sanitario no estaba preparado, como no lo ha estado ninguno en todo el mundo (independientemente de la etiqueta que le quieras poner). Menudo descubrimiento.

      Termino esta letanía de golpes y juego de pies agradeciendo el calificativo de “defensor de lo inmaterial”. Si ya lo era, después de estos días de privación del más básico contacto humano, lo soy aún más. No entiendo como algo peyorativo no basar mi felicidad personal y colectiva en el consumo desenfrenado de bienes de usar y tirar. Por cerrar el círculo, coincido en que la clave será cómo el Estado priorice a la hora de afrontar el castigo que nos viene. De momento, no vamos mal: instituciones e individuos que propugnaban la austeridad como mantra en 2008 asumen que va a hacer falta invertir el dinero de todos para salir de esta. Lástima que sólo aprendamos a base golpes.

      Un saludo.

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