Series para resistir al coronavirus

No desesperen, aquí llega un cargamento repleto de series para luchar contra la Covid-19. Las hay de todo calibre: drama, comedia, documentales, intriga política e incluso vaticana. En esta ocasión, nuestros púgiles ofrecen al lector seriéfilo sus recomendaciones para aguantar la cuarentena y derrotar a la pandemia.

 

Midnight Diner: Tokyo Stories

Ibai Ramos *

Un vehículo se desliza pausadamente por el paisaje nocturno del barrio de Shinjuku cuyos sonidos nos llegan amortiguados y subordinados a una calma balada. Los títulos de crédito de la serie ejercen el influjo de los pequeños rituales que cada cual atesora para sentir que realmente el día ha terminado y está por fin en casa (entiéndase casa en este caso como ese espacio abstracto que tiene su propia burbuja de intimidad más allá del espacio físico de nuestra vivienda).

Los créditos explican también la mecánica del restaurante de medianoche que da título a la serie: un pequeño local a contracorriente, que abre desde la medianoche a las siete de la mañana, con una carta mínima pero la libertad de pedir cualquier plato, que se preparará al momento siempre que el propietario disponga de los ingredientes necesarios.

Cada uno de los capítulos, de poco más de 20 minutos y sin ninguna continuidad apreciable, lleva por título uno de los platos preparados en el local, que sirve para identificar al cliente –habitual o esporádico– que tomará el protagonismo. Cada episodio desarrollará una historia entre lo mundano y lo humano del variopinto grupo de parroquianos de este pequeño local, cuyo lacónico propietario es testigo, custodio y confidente. Como broche final se incluye un pequeño segmento que rompe la cuarta pared haciendo un guiño al espectador y explicando el proceso de elaboración del plato que da título al capítulo.

No hay mucho más. Es una serie de ingredientes sencillos y modestos, como el local en el que transcurre. No hay grandes arcos de personaje ni espectaculares planos secuencia. Son historias desnudas, íntimas; cuya moraleja, si la hay, queda en manos del espectador. Sólo voces modestas que enfrentan su experiencia vital como pueden cuando todos los artificios del día a día se han apagado.

* Ibai Ramos se describe como “un extraño espécimen que acude a las salas de cine, paga una entrada y se sienta en la oscuridad a ver lo que el séptimo arte tiene que ofrecerle”. Sospecha pertenecer “a una especie en vías de extinción”

The Jinx (El gafe)

Juan Llona *

¿Qué puede arrastrar a un millonario neoyorquino, miembro de una de las familias más adineradas de los Estados Unidos, a –presuntamente– malvivir en un cuchitril de la costa tejana y descuartizar a su vecino? ¿Quizá algo que tenga que ver con la desaparición de su mujer muchos años atrás? The Jinx (El gafe) es una serie true crime, documentales que tratan crímenes reales y abordan aspectos como la seguridad jurídica, la presunción de inocencia, las enfermedades mentales, los juicios públicos, la pena de muerte o la influencia extrema de Internet y las redes sociales. Todas estas cuestiones se mezclan en la coctelera de estos documentalistas de manera magistral. Víctimas y verdugos que pueden llegar a ser la misma persona en virtud del ánimo y perspectiva de un jurado protagonizan tramas que te atrapan desde el primer momento.

Además de The Jinx, HBO ofrece en su catálogo otros productos true crime como los largometrajes Beware the Slenderman o la trilogía Paraíso perdido, grabada a lo largo de varias décadas. ¿Pueden dos niñas de 12 años apuñalar a su mejor amiga porque se lo ordenó un personaje ficticio creado en los foros de Internet? ¿Cómo de peligroso podía ser vestir de negro, escuchar Metallica y acercarse al ocultismo en la Arkansas de los años 90? ¿Cómo de peligroso puede llegar a ser toparse con un adolescente ególatra y algo antisocial de estas características? Algunas preguntas tendrán respuesta y otras, sencillamente, no.

Espero que disfrutéis The Jinx y los otros documentales que os he recomendado, y si no lo hacéis, recordad que tendréis que demostrar mi culpabilidad más allá de toda duda razonable.

* Juan Llona es gestor de inversiones.

The Young Pope / The New Pope

Miguel Ángel Malavia

Tras acabar de un tirón The Young Pope y The New Pope, las dos series en las que Sorrentino bucea en las cloacas vaticanas, donde a veces (¡oh, milagro!) se cuela algún halo de santidad, experimento lo mismo que sentí tras la Séptima, la Novena de las canastas merengonas o el Mundial: ya no volveré a gozar ese orgasmo como cuando lo experimenté por primera vez.

Eso sí, cuando transcurra el tiempo del luto, acudiré otra vez a zambullirme en el Dios de Sorrentino: porque el gran protagonista de esta obra de arte, en la que danzan armónicamente imágenes sublimes, una música que estremece, diálogos que hacen pensar a la vez que emocionan y silencios que se clavan como un aguijón en el hígado, no es la corruptela eclesial, sino la búsqueda contorsionada de la fe; es decir, de la creencia sincera en la vida que nunca muere.

Como fiel seguidor de la verdadera fe (esto es, el Profeta del Misterio: Don Miguel de Unamuno), me tocan más el alma agónica y arrastrada los testimonios de quienes han entregado su vida a Dios a partir de la infelicidad, la búsqueda desesperada, el miedo o el sentimiento de inferioridad. Lo siento, pero no encienden mi llama íntima las historias de los grandes y modélicos santos, con sus vidas ejemplares. De hecho, lo que más me fascina de Teresa de Calcuta no es su impagable labor con los últimos (que también), sino saber, por sus diarios, que su vida estuvo marcada por un constante desierto espiritual.

Gracias a Sorrentino por regalarnos a Pío XIII (un brutal Jude Law), un papa ultramontano que lo es porque sus padres hippies le dejaron en el orfanato de niño (incapacitado para amar, sin embargo, su motor final es el amor). Y, en la segunda temporada, a Juan Pablo III (otra interpretación genial de John Malkovich), otro mutilado en el amor (un noble inglés marcado por la temprana muerte de su hermano, hecho del que le culpan sus padres) que dibuja una fe cuya esencia es la poesía.

¿Por qué me gusta el Dios de Sorrentino? Porque me seduce. Porque es deseo.

Baron Noir

Javier Moya G.

Me sentía un poco huérfano de series políticas tras el despropósito de las últimas temporadas de House of Cards, hasta que se cruzó en mi camino esta producción de Canal + Francia, disponible en HBO. La trama no es ninguna novedad: político de ideas progresistas con ambición desmedida y mucho estómago para conseguir sus objetivos. El Frank Underwood de Baron Noir es Phillippe Rickwaert, alcalde de Dunkerque, parlamentario en la Asamblea Nacional y hombre de confianza del candidato socialista a las presidenciales. Sin embargo, Rickwaert consigue poner al espectador en una tesitura de fascinación/odio al más puro estilo Tony Soprano. Sabes que es moralmente despreciable y bastante odioso. Pero algo dentro de ti llega a desear que le salgan las cosas bien.

Aparte de unos personajes bastante bien construidos, Baron Noir tiene un ritmo narrativo rápido y muy interesante porque va al grano. No se permite concesiones a lo anodino. Lo atractivo de esta serie no es (sólo) lo que cuenta, sino cómo lo cuenta. A estas alturas que nos muestren tejemanejes, intercambios de favores y puñaladas traperas en los partidos políticos no es ninguna novedad. Sí lo es que venga de Francia, un país con el que el espectador español se puede identificar más fácilmente y puede encontrar unos paralelismos más claros con el panorama patrio. El clientelismo en regiones en las que un partido socialista lleva gobernando desde que era marxista, la pugna entre el posibilismo y los ideales cuando amenaza la extrema derecha o la corrupción disfrazada de ayuda a los que están al margen del sistema son temas que aquí nos suenan bastante y están muy bien tratados en Baron Noir.

Escribo estas líneas a mitad de la segunda temporada (de momento, hay tres y en Francia ya se especula con una cuarta), pero puedo decir sin duda que Baron Noir ha sido el gran descubrimiento de esta cuarentena.

Fleabag

Guillermo Llona

Aún no hemos encontrado una vacuna contra el coronavirus, pero para combatir la absurda dictadura de la corrección política tenemos como antídoto a Fleabag: “No sería tan feminista si tuviera tetas más grandes”. La protagonista de esta comedia dramática es una joven londinense a la que le gusta hacer el indio y hablar sin cortapisas ni complejos de los cuescos que se tira, de sexo anal –“¡¿tengo el agujero del culo enorme?!”– o de su síndrome premenstrual. Se chotea del mindfulness y hace humor del cáncer de mama y el retraso mental. No tiene límites, suelta todo tipo de burradas: “¡Vamos a ser violadas y a morir! No hay mal que por…”. Y al mismo tiempo, se confiesa ante el espectador, sin rejilla, tête à tête, demoliendo la cuarta pared.

El reparto de esta coproducción de BBC y Amazon es redondo. Me tocó la fibra sensible la relación de Fleabag con su hermana Claire, una obsesivo-compulsiva que organiza clandestinamente la fiesta “sorpresa” de su propio cumple y asegura no haberse echado un pedo en los últimos tres años. También merecen una mención especial los “novios” de Fleabag –sobre todo Harry, patético protagonista de algunas escenas que me hicieron llorar de risa– y otros personajes encantadoramente desagradables como la madrastra –una hippie de esas con “amigo refugiado sirio bisexual”– o el esposo alcohólico de Claire: Martin –ujjj–.

Esta chica escandalosa intenta enterrar algunas carencias con paladas de sexo –cambiando de pareja tanto como de bragas o masturbándose con discursos de Barack Obama–, pero en la serie el amor también juega un papel importante. De hecho, el más importante. Amor de distintos tipos: el honesto y mal disimulado amor fraternal; el amor “prohibido” que Fleabag siente por… Bueno, os recomiendo esta historia –con final sublime– sobre una gamberra que vive riéndose de absolutamente todo. Aunque esconda algún secreto: “Sólo quiero llorar. Todo el tiempo”.

Breaking Bad

Abel Martínez

¿Qué harías si te quedasen seis meses de vida? ¿Los dedicarías a tu familia, emplearías esos meses en lamerte las heridas, o quizá pensarías en cocinar metanfetamina en el desierto de Nuevo México? Esta es la premisa de la que parte la serie de nuestro título, y a partir de ahí se desarrolla una historia de mafiosos modernos, yonquis y policías, con cierto tono de comedia negra (que quizá se vaya perdiendo con el avance de la historia) y unos de los personajes más ricos y complejos que podamos ver en cualquier obra audiovisual.

Pero además de eso, supongo que cada uno ve las cosas como las ve y en el momento que las ve. A mí me ha correspondido ver esta serie cuando llevamos todos cinco semanas encerrados y, o bien por eso (y la introspección que ello conlleva en todos nosotros) o porque cada uno es como es, para mí Breaking Bad nos habla de nuestra naturaleza, de si la conocemos realmente, si conocemos nuestros límites morales y de cómo lo que somos repercute en nuestra familia.

No siempre resulta fácil conocernos y saber cómo somos, y esto que vale para nosotros, también sucede con lo que nos rodea. De todo ello nos habla esta serie: del sufrimiento que se experimenta cuando descubres que no conoces a aquel con el que compartes tu vida, o de la decepción que deriva de descubrir que tu gran amigo resulta que te ha traicionado y ya no será nunca más tu gran amigo.

Siempre he pensado que hay dos formas de estar en el mundo; una plana, donde las cosas son blancas o negras, y otra más matizada, más flexible, que asume que lo complicado no se puede hacer simple; y que todos tenemos muchas motivaciones e intereses, que podemos querer con todo el alma y aun así hacer mucho daño a los que nos rodean, o que a veces no queremos lo suficiente a alguien como para hacer lo que debemos, y no lo que nos conviene. Estas situaciones nos ponen frente al espejo de lo que somos. Los creadores de esta obra son conscientes de todo esto y por ello en esta serie todo es muy real a pesar de que parezca increíble.

The Wire

Borja Palacios

Un whisky con 12 años de maduración o Coca-Cola Light, un puro cubano o Marlboro, chuletón de buey o hamburguesa de Burger King, Eloy de la Iglesia o Almodóvar, Seinfeld o los Morancos, la gloria o el éxito. The Wire es todo eso y mucho más. Antes de que todos nos volviéramos críticos expertos en series de televisión, hubo un pequeño ramillete de ellas que, ante la decadencia crónica del séptimo arte, fueron elegidas para trascender, más allá de modas pasajeras y coyunturales. Una de dichas series es, sin lugar a dudas, The Wire. Si CSI fuera una suave caricia en la mejilla, The Wire sería un puñetazo duro y seco en la boca del estómago, de esos que te dejan sin aliento y noquean, cayendo inmediatamente a la dura y fría lona.

En The Wire los actores no son conocidos ni están de moda. Tampoco hay una clara división entre buenos y malos, tal y como se podría esperar de una serie a priori “de policías”. Los buenos muchas veces son mezquinos y despreciables, y los malos generosos y brillantes. Es una serie seca, el inicio es exasperadamente lento, hay que estar atento a los detalles de las conversaciones, la trama no es explícita en muchas ocasiones, exige y demanda que el espectador esté atento y participe de lo que está sucediendo, no nos trata como imbéciles adocenados. Y cuando acaba te deja un vacío difícil de llenar.

A lo largo de sus cinco temporadas se analiza la corrupción policial, las ineficiencias de la administración, las carencias del sistema educativo y la relación entre el poder y los medios de comunicación. ¿En un serie “de policías”? Pues sí.

Por todo eso y mucho más es mi serie favorita. The Wire, pura y simplemente, disecciona con precisión la naturaleza del ser humano. ¿Te atreves?

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